Independencia o no, Cataluña quiere paz

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Un crudo ejemplo de cómo el entorno político estimula o frena la economía en una localidad es Cataluña. Siendo una de las comunidades autónomas más prósperas de España, en un tiempo récord perdió el sex apeal que por años ejerció ante capitales internos y externos.

De ser un pilar para las finanzas, los negocios y el turismo españoles, en cuatro meses casi 2,500 empresas asentadas principalmente en Barcelona —ciudad principal de Cataluña—, algunas incluso de origen catalán, mudaron su sede corporativa a otros sitios de España y Europa; el turismo cayó más de 30 por ciento y las finanzas locales se vieron seriamente comprometidas.

El añejo impulso independentista de una parte de la población, que por décadas se mantuvo en un porcentaje bajo, de pronto creció exponencialmente hasta llegar a convertirse en el derrotero de un 50 por ciento de los catalanes, según estimaciones.

La mitad que hoy se inclina por el No, culpa a las autoridades de la inestable situación que se vive; a las locales encabezadas por Carles Puigdemont, por actuar fuera de la ley al convocar a un referéndum unilateral el 1o de octubre pasado, y hacerlo justo en una coyuntura en la que Cataluña lidera el ranking de funcionarios españoles enviados a juicio por corrupción (303 en 15 meses), de manera que un movimiento independentista se convirtió en un conveniente distractor. Y a las nacionales, encabezadas por Mariano Rajoy, por haber dejado crecer el conflicto a través de los años y haber contribuido a exacerbar los ánimos en la coyuntura, al enviar fuerzas policiacas a Cataluña el 1o de octubre y trasladar el tratamiento con líderes catalanes del terreno político al penal.

Quienes integran la otra mitad, la que se inclina por el sí, se muestran decididos a impulsar y defender la independencia, convencidos de que la merecen por ser una comunidad cuya riqueza económica y cultural aporta más al país, que el país a ellos.

La división entre catalanes se percibe en todas las esferas de su cotidianidad y la muestran sin inhibiciones con banderas en sus ventanas, donde lo mismo cuelga un estandarte del Estado español, que uno a rayas amarillas y rojas representativo de Cataluña, o uno a rayas con triángulo azul y estrella blanca, distintivo de la Cataluña independiente.

A pesar de ello, ambos bandos tienen una visión en común. Resulte lo que resulte de las votaciones del próximo 21 de diciembre para elegir al nuevo presidente de Cataluña, unos y otros quieren una vida en paz y próspera. Aún tienen frescas las heridas de la Guerra Civil y confían en dirimir sus diferencias pacíficamente, respetando el resultado de las urnas.

La declaración de la Unión Europea de que no reconoce a Cataluña como país, sumada al conciliador anuncio de Mariano Rajoy de que el gobierno español otorgará incentivos fiscales a las empresas para que vuelvan a territorio catalán después del 21 de diciembre, hacen prever que una actitud moderada por encima de una rijosa, se impondrá finalmente. Es lo que esperamos.

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