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La tentación de los profetas

Hace aproximadamente quince años, las formas políticas aún continuaban manifestándose. Saludarse o despedirse incluía el “estamos en contacto” y el fuerte abrazo con palmaditas. Sin embargo, desde hace unos diez, esto se va modificando. En la mayoría de los partidos políticos fue creciendo el “¡Qué Dios te bendiga!”.

Desde la izquierda hasta la derecha, nuestro espectro político ha integrado a Pastores en la actividad pública. No es que la misma política se transforme en un asunto religioso, es que una parte de quienes hacen política utilizan los decires de la religión y las sectas para conformar un espíritu solidario, una cofradía que convierte al “¡Dios te bendiga!” en identidad.

¿Conviene a la política mezclarse con el sentido religioso? De entrada creo que no. La política la hacemos las personas, imperfectas, con errores y aciertos, vamos del blanco al negro frente a diversas situaciones, abordamos el ensayo acierto-error y cambiamos; la religión es inmutable, blanco o negro, perfecta de acuerdo con los mandamientos, cerrada en cuento a la crítica y a los hechos que la contradicen.

México necesita líderes que replanten y concreten al Estado que sigue a la transición democrática. Y esos dudo que prosperen basados en la visión del Deber Ser. Este país necesita ver al Ser que somos. Partir de lo que somos, de lo que hay, resulta más adecuado para tener y concretar metas reales.

Las religiones, las sectas, plantean pureza. Son aspiracionales y proféticas. No demandan críticos, demandan creyentes.

La religión en la que se quiere convertir a la política –ahí están los profetas, visiblemente- busca modificar las aptitudes humanas en aptitudes espirituales; la imperfección humana en virtud espiritual. Yo soy bueno y los demás malos sino me apoyan.

Escribe Josefina Vázquez Mota en su tuiter:

“Al #Edomex le urgen paz, orden y justicia. ¡La seguridad es lo primero en lo que vamos a trabajar! Vamos por #MásQueUnCambio

No se busca un mejor gobierno, eficiente y eficaz, con legitimidad y con obligación para la seguridad ciudadana; necesitamos “paz y orden”. Dichas virtudes son inexistentes en el mundo global, depredador y veloz del siglo XXI.

Al pedirle a Josefina Vázquez Mota que no le haga el trabajo sucio al Partido Revolucionario Institucional, Delfina Gómez, señala:

“Trato de entenderla pero no la justificó. Yo la perdono” (El Universal, 19/04/17)

Perdonar es un acto magnánimo, no de debate o visión política. Sin llegar al púlpito, la candidata ya “perdona”.

Y los actos de fe se transforman en frases “positivas” que no se concretarán en un gobierno con persones reales. O lo que es lo mismo, discurso vacío y demagógico, como el de Alfredo del Mazo:

“Más de un camino te puede llevar al éxito, no dejes que alguien viva tu vida por ti.”

“Quiero un Estado de México donde los niños puedan realizar sus sueños.”

Los dichos son actos “voluntariosos” que ellas y ellos, los candidatos y futuros gobernadores, realizarán por sí solos. No cuenta la voluntad de los demás, tampoco la participación de los ciudadanos, menos aún las posibilidades reales de instituciones limitadas económicamente. Cuenta la fe y el espíritu en la personalidad. “¡Qué Dios te bendiga!”

Antes de hacer más eficiente el transporte o incrementar las unidades, la voluntad individual de Juan Zepeda le indica que debe:

“Bajar el precio del transporte público, que los estudiantes sólo paguen la mitad del pasaje.”, o propone:

“Construir 50 escuelas de nivel medio superior en el Estado de México. Construir DIEZ campus de nivel superior con la UAEMéx, institución pública que ha demostrado a nivel internacional su capacidad. Beca para todos los estudiantes egresados para que cuando salgan tengan trabajo.”

Los actos de fe o buenas intenciones elevan la esperanza de los ciudadanos, pero también prevén el piso donde sucumbirá un gobierno –de ganarlo- cuando se enfrente con el presupuesto y la liquides para hacer esas magnas obras.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define profeta como:

“1. m. y f. Persona que posee el don de profecía.

  1. m. y f. Persona que, por señales o cálculos hechos previamente, conjetura y predice acontecimientos futuros”.

En la política hay alianzas estratégicas, intereses personales y colectivos, mentiras y verdades. Las profecías dependen más de estrategias y no actos de fe.

Sí, claro, habrá quien desprecie esa visión de la política, donde hay errores y aciertos, mentirosos y confiables. Hay que recordar: la política la hacemos los seres humanos, no ídolos inmaculados; no somos héroes de Carlyle, tampoco Santos; no somos la predicción  del futuro, somos los hechos reales que construyen ese futuro.

El mejor ejercicio para “creer” en los candidatos, es decir qué, por qué, cuándo y cómo realizarán las acciones de llegar al gobierno. Eso, actualmente, frente a lo que vemos en el estado de México, si es un acto de fe ¡Qué Dios nos bendiga!

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