Mujeres, mercado, poder y supremacía (Parte 1)

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Por Juan Danell Sánchez

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La equidad de género, aunque prefiero el término igualdad humana, por sistema está proscrita y así permanecerá mientras la sociedad se reproduzca por las leyes del mercado en un mundo donde todo y todos somos concebidos como mercancías a las que se les asigna un valor de cambio y un valor de uso, y en el que la pugna por el poder y la acumulación de la riqueza son el motor del desarrollo. En este esquema, el dominio y la supremacía son los objetivos fundamentales a conseguir.

Para el capital, hombres y mujeres sólo somos eso, una mercancía; sí, la más preciada e importante en el mercado, por ser la única que puede transformar la naturaleza con su capacidad de trabajo, ya sea físico o intelectual, pues el ser humano lo mismo convierte el barro en vasijas o esculturas y del hierro hace herramientas, que de la apreciación y observación de la naturaleza desarrolla la tecnología para fabricar máquinas que le permitan acelerar la explotación de las materias primas que se encuentran en ésta, y que también son mercancías.

Se debe entender que las mercancías por ningún motivo pueden ser iguales, aunque pertenezcan a un mismo género dentro las ramas de producción o sean resultados de un mismo proceso, cada una de ellas lleva su sello propio para ingresar al mercado y competir gracias a él. Sin competencia el mercado sencillamente no existe, la ley de la oferta y la demanda deja de tener sentido y por lo tanto desaparece.

La fabricación de camisas, por citar un ejemplo, aunque todas tienen el mismo valor de uso ―es decir, que sirven para lo mismo― provienen de diferentes fabricantes o marcas y cada uno de ellos reclama para sí la mayor ganancia al vender su producto. Esto es lo que le da movimiento al mercado y a la sociedad.

Para el caso de las mercancías, hombre y mujer provienen de la misma especie, con características particulares que los diferencian del resto de las especies y, por lo tanto, de las otras mercancías, aunque sí tienen una diferencia entre ellas: su anatomía y su biología, que es la que permite su reproducción. Hasta ahí, el resto de las características son las mismas y esto se puede resumir en que son seres pensantes, creativos y los únicos, insisto, capaces de transformar a la naturaleza.

Pero la sola diferencia biológica ha bastado para que el sistema del desarrollo de la sociedad moderna, cimentada en el mercado, en el intercambio de mercancías con la finalidad de acumular riqueza y poder, haya establecido esa relación discriminatoria y desventajosa para las mujeres, ya que a través de ésta ―a la que se le pudiera nombrar estrategia histórica para devaluar y someter la mercancía más valiosa, que es la fuerza de trabajo, de la que los únicos dueños son hombres y mujeres por igual― puede mantener los márgenes de ganancia, o plusvalía, en el intercambio de mercancías.

Sólo de esta forma los dueños del mercado ―léase las grandes empresas multinacionales― pueden mantener el control, conservar el poder, acumular mayor riqueza y aspirar a la supremacía.

Mantener y alimentar la confrontación perenne entre hombres y mujeres es lo que ha permitido la reproducción de este sistema. Al mantener dividida a la humanidad exacerbando las diferencias biológicas de una especie, la virtud del raciocinio, la inteligencia y el ser pensante, se han sometido y han dado paso a una raza humana convertida  en dóciles corderos que se enfrentan entre sí en busca de lo que ilusoriamente llaman “igualdad”, y pierden de vista lo que realmente significa la igualdad, es decir, acabar con los esquemas de explotación irracional y equilibrar la reproducción humana en armonía con la naturaleza, sin importar el género al cual se pertenece.

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