¿Por qué México debe invertir en la primera infancia para mejorar la Seguridad Humana?

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Es presidenta de la Organización No Gubernamental Y Quién Habla por Mí AC. Estudió ciencia política en el Tecnológico de Monterrey y se ha dedicado al fortalecimiento de políticas públicas, proyectos y legislación en materia de Derechos Humanos, especialmente en temas de seguridad, género y de protección de derechos de niñas, niños y adolescentes.

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“Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro” Graham Greene

Los conceptos infancia y seguridad parecieran estar en dos campos sistémicos totalmente distintos, sin embargo la realidad es que están radicalmente relacionados y deben estarlo en las políticas de estado de cualquier país que aspire al desarrollo sostenible; ya que de la efectiva interacción de estos conceptos depende el desarrollo de los Estados-Nacionales. Sobre todo dicha importancia radica en la inversión durante los primeros años de vida, es decir la primera infancia que va de los 0 a los 5 años. Si se procura un piso parejo para los niños y niñas durante esta etapa se les otorgan herramientas biopsicosociales que impactarán el resto de su vida beneficiándoles a ellos(as), a sus comunidades y al Estado.

El desarrollo biológico durante los primeros años de vida depende de la calidad de la estipulación que el niño o niña recibe de su entorno: familia, comunidad más cercana y sociedad en su conjunto que interactúan cotidianamente con ellos(as). El desarrollo en la primera infancia, a su vez, es un determinante de la salud, el bienestar y la capacidad de aprendizaje durante toda la vida de un ser humano. La conjunción de estos datos señala al desarrollo en la primera infancia como un determinante social de la seguridad humana y por ende de la seguridad nacional que comprende como componente la permanencia del campo de poder social.

En México la cantidad que se invierte en garantizar el bienestar de la primera infancia es la más baja con respecto al resto de los países miembro de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) hasta 2015 en México la población de entre 0 y 5 años de edad era de 12,713 millones, lo que equivale al 10.6% de la población total de nuestro país. De este número, 51% son niños y 49% son niñas.

Según el estudio “Los invisibles. Las niñas y los niños de 0 a 6 años: Estado de la Educación en México 2014”, elaborado por la ONG Mexicanos Primero en 2009, el gasto acumulado en los menores de 6 años fue de 6 mil 589 dólares por niño en México, mientras que países como Chile, Polonia o Corea del Sur gastaron el doble y triple. Dicho estudio arroja también los siguientes datos:

  • El 18% de los niños y niñas menores de un año son “literalmente invisibles” pues no cuentan con registro de nacimiento. Por entidad, en Chiapas ese porcentaje es de 44%, en Guerrero de 40%, en Morelos y Oaxaca de 26% y en Veracruz de 23%.
    • 16% de los niños y niñas menores de 5 años vive en condiciones de hacinamiento.
    • 38% de los niños y niñas menores de 2 años tiene anemia.
    • 13.6% de los niños y niñas menores de cinco años presenta desnutrición crónica.
    • 56% de los niños y niñas menores de 5 años vive en pobreza.
    • 50% de las mamás con bebés recién nacidos no completaron la secundaria.
    • Cada dos días muere por homicidio/maltrato infantil un niño o niña menor de 4 años.

Es real que el grado de seguridad y de cohesión social de los vecindarios, barrios y comunidades, así como la atención que se dedique a los niños y niñas, son factores importantes para el desarrollo en la primera infancia y el fortalecimiento del tejido social; por lo que los datos anteriores son poco esperanzadores para nuestro país indicando un riesgo permanente y latente para el desarrollo nacional.

No está de más mencionar que los determinantes sociales en la salud, el relativo al desarrollo en la primera infancia es el que los dirigentes económicos de las sociedades entienden con más facilidad, pero un mejor desarrollo en la primera infancia no sólo significa una mejora de la salud, sino también la existencia de una sociedad más productiva y la reducción de los costos tanto en la justicia penal como en otros componentes de la red de seguridad social, además de cimentar las bases para una ciudadanía adulta más saludable e integra como ser biopsicosocial.

Las instituciones fiscales y monetarias a nivel nacional e internacional de manera urgente deben reconocer que la inversión destinada a mejorar el desarrollo en la primera infancia es una inversión para todas las áreas del país y, por consiguiente, han de incorporarlo en sus políticas de Estado como una de las principales estrategias para el desarrollo nacional.

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