Renuncia de EPN no es, desafortunadamente, una decisión ciudadana

Como preludio al día de la Independencia, grupos de ciudadanos convocaron a una manifestación para el 15 de septiembre bajo la idea del #RenunciaEPN. Calificada por unos y otros como exitosa o fracaso, la decisión sobre su demanda no radica en su fuerza o capacidad de convocatoria. Nuestro sistema evidencia hasta dónde puede llegar la movilización cuando las instituciones carecen de respuestas jurídicas a las nuevas realidades.

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Foto: Proceso

Entre 1911 y 2016, México ha tenido 29 titulares del Ejecutivo federal (69 en toda la historia). Sin contar a Porfirio Díaz y a Victoriano Huerta, seis de los 29 renunciaron a su encargo (Francisco I. Madero –obligado-, Pedro Lascuráin, Francisco S. Carvajal, Eulalio Gutiérrez, Francisco Lagos Cházaro y Pascual Ortiz Rubio).

Venustiano Carranza fue asesinado como Presidente en funciones y Álvaro Obregón cuando ya era Presidente electo. Entre 1928 y 1934 tuvimos un presidente interino y uno sustituto (éste tras la renuncia de Ortiz Rubio). Las circunstancias de las renuncias tuvieron que ver con el movimiento revolucionario y con la transición entre un país en revolución y la institucionalización de ésta.

La ausente credibilidad sobre el Presidente de la República en el 2016 –promovida todos los días como un deporte nacional- parece justificar el #RenunciaPeña pero no es suficiente. Ningún poder establecido, a menos que atente contra él mismo, podría aceptar el equívoco y la renuncia.

¿Puede un Presidente de la República renunciar a un cargo de elección popular?

De acuerdo con diversos especialistas, podrían definirse seis casos básicos por los cuales pudiera faltar el Presidente de la República: porque no tome posesión; no se haya calificado la elección llegado el día de tomar protesta; por impedimento físico o mental; por prisión, desaparición o deceso y por abandono o renuncia.

Es el sexto caso el que tiene que ver con una decisión personal (abandono o renuncia).

La Constitución Política de 1857 definió en el Artículo 81 que “El cargo de Presidente de la Unión sólo es renunciable por causa grave, calificada por el Congreso, ante quien se presentará la renuncia.”

Retomado el punto en 1917, el artículo 86 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos señala: “El cargo de Presidente de la República sólo es renunciable por causa grave, que calificará el Congreso de la Unión, ante el que se presentará la renuncia”.

La baja popularidad, la recepción de Donald Trump, el bajo crecimiento de la economía, el incremento de la pobreza, los errores discursivos o de protocolo, la Casa Blanca, el gobierno de los “mireyes”, Nochixtlán, Tlatlaya o Iguala, son motivos que pueden generar dudas, cuestionamientos, pérdida de la confianza, erosión del poder presidencial, rencor, “memes”, hastags, pero no “causas graves” para su renuncia.

Es cierto, la afirmación anterior suena insalubre, pero es jurídicamente correcta. La búsqueda de las causas graves para que el Presidente de la República renuncie en este país pueden venir de dos vertientes: su estado de salud o la ingobernabilidad generada por sus acciones.

La justificación para la renuncia de presidentes como Francisco I. Madero o Pascual Ortiz Rubio fueron circunstancias especiales de ingobernabilidad y casi guerra civil.

En el primer caso, las rebeliones iniciadas por militares liderados por Félix Díaz que dieron resultado a cientos de muertos, la intervención del embajador Wilson y la ausencia de apoyo de fuerzas revolucionarias como las de Emiliano Zapata o Pascual Orozco, generaron –el 19 de febrero de 1913- la renuncia. “En vista de los acontecimientos que se han desarrollado ayer acá en la Nación, y para mayor tranquilidad de ella, hacemos formal renuncia de nuestros cargos de Presidente y vicepresidente, respectivamente, para los que fuimos elegidos. Protestamos lo necesario”.

En el caso de Pascual Ortiz Rubio, la terrible presencia de Plutarco Elías Calles hizo ingobernable al país.

El sistema político sobre el cual descansa la figura presidencial impide, afortunadamente, las decisiones unipersonales, dado que su llegada al poder tiene que ver con una plataforma política apoyada por una coalición o por un sólo partido político. En el caso del actual presidente de la República, es el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Verde Ecologista de México quienes obtuvieron los votos para que Enrique Peña Nieto (EPN) ocupe, desde diciembre del 2012, la titularidad del Ejecutivo Federal.

Imaginemos los dos escenarios básicos sobre los cuales el actual Presidente de la República presente su renuncia:

  1. La plataforma política que lo impulsó (PRI-PVEM) decidió que de permanecer EPN en el ejercicio del Ejecutivo generaría una gran crisis de gobernabilidad. La decisión significaría una aceptación tácita de su incapacidad de gobernar, la renuncia al poder, y la posibilidad de convertirse en la base para la transición para nuevas reglas y un nuevo poder en el escenario de 2018.

Dada la composición del Congreso de la Unión (Senado: 55, PRI; 38, PAN; 19, PRD; PVEM, 7; PT, 7 y sin grupo 2 / Diputados: PRI, 208; PAN, 109; PRD, 60; PVEM, 42; MORENA, 36; MC, 24; NA, 11; ES, 9 e independiente 1), PRI y PVEM solamente tendrían que conseguir 3 votos para lograr la “mayoría absoluta” (315), que determina el 84 de la CPEUM, y validar la “causa grave” para aceptar la renuncia.

2. El actual Presidente decide que su renuncia generaría credibilidad para el sistema y con ello salvar parte de la fuerza de la plataforma política, una decisión unipersonal que reduciría el poder de su plataforma, por lo que PRI y PVEM tendrían que utilizar todas sus capacidades para evitar que la oposición aproveche la mayoría y valide la “causa grave”.

El #RenunciaEPN puede ser una decisión unipersonal o de grupo político, pero al final es una decisión del Congreso de la Unión, una decisión donde –nos guste o no- los ciudadanos no se sienten representados. En otras palabras, una decisión tomada fuera de la supuesta ciudadanía que impulsa el #RenunciaEPN.

La marcha por el #RenunciaEPN pudo ser vistosa, mediáticamente impactante, pero al final limitada porque la respuesta no está en la renuncia, la respuesta para “el mal gobierno” se encuentra en la exigencia de establecer la REVOCACIÓN DEL MANDATO. Y esa es otra historia, una historia que debe escribirse y debe utilizarse.

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