Entre lo ciudadano y lo populista

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El autor es abogado y activista. Ha escrito los libros Manual del poder ciudadano y De la protesta a la participación ciudadana. @ulrichrichterm

En un contexto de crisis económica y rechazo a la autoridad resulta difícil establecer una línea divisoria entre dirigentes con arrastre social y tiranos en potencia

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FOTO: DREAMSTIME

Ante los nuevos movimientos sociales que le han dado dinamismo a la política y que han sido encabezados por la ciudadanía, y la crisis de la política que está en todas las latitudes del globo terráqueo, surgen nuevos actores políticos y otros que ya están, sufren de este sismo.

Entramos frente a un tema muy escabroso en el que algunas miradas y comentarios en la opinión pública se enfocan a señalar que es populista aquel que le da prioridad al ciudadano, aquel que lo toma en cuenta, aquel que lo consulta, y se trata de satanizar cualquier acción de gobierno con el bautismo de populismo.

Comparto la opinión de Jorge Buendía Hgewisch de que el populismo es difícil de definir “porque incluye diversas fórmulas híbridas y paradójicas, tanto de izquierda como de derecha. El viejo corporativismo estatal del PRI fue populista tanto como el aprismo, el peronismo o el varguismo; recientemente el menemismo, el fujimorismo o el neocardenismo. Nadie duda que en Latinoamérica haya un regreso del populismo con el ‘chavismo’ y el triunfo de Evo Morales (Bolivia) y Rafael Correa (Ecuador)”.

Al respecto, un editorial del diario El Universal señala: “¿Qué entender por ‘populismo’? En el contexto político se refiere al acto de engañar a la gente, haciéndole creer que algún dirigente u organización lucha en favor del bien común cuando, en realidad, no es así”.

HEGEMONÍA Y DEMOCRACIA

Bajo esta concepción, bastantes gobernantes se ubican en la presente hipótesis puesto que hoy la mayoría de los ciudadanos se sienten defraudados por las promesas de los candidatos que promovieron o impulsaron los partidos políticos, de ahí que ahora sean una opción las candidaturas independientes.

A este debate se ha sumado el presidente Enrique Peña Nieto, quien en dos ocasiones ya se ha referido a los populistas, la primera de ellas en su mensaje a la Nación el pasado 2 de septiembre donde etiquetó como demagógico e intolerante al que apuesta a salidas mágicas para el país, y la segunda ocasión ni más ni menos que en el pleno de la Asamblea de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

El investigador y académico mexicano Francisco Valdés Ugalde expresa: “A partir de las experiencias históricas, lo esencial del populismo es la supresión de la política y de la deliberación democrática. La primera es invocada como ‘política’ para el pueblo (ojo, no del pueblo, sino sólo para el ‘pueblo’ reconocido por el líder). Y la segunda es admitida siempre y cuando no interfieran la oposición y la crítica del proyecto hegemónico que se impone. Hegemonía y democracia son mutuamente excluyentes. Por más que se insista en lo contrario, no se puede tapar el sol con un dedo. El populismo es resultado de condiciones de atraso que llaman a los ofendidos a movilizarse en contra del orden existente. La aspiración legítima de cambio es conducida, y por eso es propiamente populista, en contra de los equilibrios representativos de la democracia, suprimiendo la política como ‘gobierno por discusión’ (Mill). El pueblo pierde la posibilidad de discutir libremente su destino amenazado por las hordas del ‘conductor’… La peor amenaza está a la vista con Donald Trump, populistas sí los hay”.

Esto nos lleva a varias reflexiones que pueden llegar a confundir entre las tendencias a favor de la ciudadanía y el populismo. Actualmente cobran mayor presencia los gobiernos con tendencia ciudadana, mismos que podrían calificarse de populistas, pero no debemos de caer en esos extremos, ya que si nos ceñimos al principio que rige nuestra soberanía, es popular. A final de cuentas debemos distinguir entre la era del ciudadano y el populismo.

Es importante discernir en este tema la tecnocracia y el populismo, para ello Benito Arruñada refiere que “para un populista, el mercado es el responsable único de la crisis y pretende salir de ella aumentando el control político de la economía. Como cree que la voluntad política se impone a las restricciones económicas, no sólo quiere corregir los fallos del mercado, sino suplantarlo.

“El populista se limita a cultivar el resentimiento. El tecnócrata critica al gobernante por no regular bien la economía. Le acusa de servir el interés privado de la élite, de la cual, como el populista, no sólo excluye a la masa sino también a sí mismo. En su análisis, compara un mercado imperfecto, poblado de empresarios egoístas y decisores desinformados, con una regulación que presupone circunstancias opuestas: en particular, un regulador benevolente y sabio, capaz de corregir los fallos del mercado y mejorar su funcionamiento”.

Lo anterior debe ser analizado puntualmente en el quehacer político. A veces “vende” el papel de confrontar a la ciudadanía, se ha hecho una práctica negativa que llega a las campañas políticas, pero el liderazgo político o ciudadano debe también de ponderar este punto y prevalecer lo constructivo, pues de suyo la sociedad mexicana está muy polarizada.

Crisis económica y rechazo social son el caldo de cultivo ideal para el populismo, de acuerdo con la historia. El gran problema es que resulta difícil establecer una línea divisoria entre dirigentes con arrastre social y tiranos en potencia.

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