Los municipios como solución

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El autor es doctor en Sociología, actualmente es consultor y docente en El Colegio de México.

A juzgar por los diagnósticos y esfuerzos de reformas de las últimas décadas, uno bien podría concluir que los ayuntamientos mexicanos son un inconveniente. En el discurso de las reformas estructurales, el municipio no se concibe como parte de la solución de los problemas públicos, por el contrario, encarnan más que cualquier otro nivel de gobierno los problemas que nos aquejan: pobreza y desigualdad, corrupción rampante, violaciones a los derechos humanos, malos servicios públicos y el deterioro de la calidad de la convivencia social. El diagnóstico es bien conocido: los municipios son ineficaces, débiles y corruptibles. De ahí que los esfuerzos de reforma se han abocado a aumentar las obligaciones, concentrar las políticas, crear candados legales y administrativos, así como a mejorar los sistemas de control.

La tesis detrás de muchas reformas es que, dado que lo local es un problema, entonces no puede ser parte de la solución. Por tanto, las soluciones a los problemas públicos se diseñan mejor en el Congreso de la Unión o en el Gobierno Federal y se traducen en reformas a la Constitución y en políticas y sistemas nacionales coordinados desde el centro. Hay una contradicción en esa forma de problematizar a los municipios: mientras que son el nivel de gobierno más cercano a la sociedad, son al mismo tiempo incapaces de responder a las necesidades y demandas sociales. Pero, ¿por qué habría de ser así? En principio, los gobiernos locales tienen más incentivos para responder a los ciudadanos, para mantener mejores organizaciones públicas y para encontrar nuevas soluciones a los problemas locales. ¿A qué responde entonces el desdén por lo municipal?

Parte de la respuesta se encuentra en que, en efecto, muchos gobiernos municipales han sido penetrados por lógicas e intereses contrarios al interés público; pero también se debe a esa tesis que distancia los problemas de los remedios.

Es necesario explorar nuevos enfoques de reforma que conciban a los ayuntamientos como partícipes de las soluciones a los problemas públicos. Es falso que sean todos incapaces. En lo local sí existe potencial de innovación y de dar a las políticas públicas matices que son difíciles de asir desde la lógica del centro.

Pero pensar en los municipios como una oportunidad es ciertamente insuficiente. Hacen falta al menos otros dos elementos para completar una tesis alternativa de reforma: hay que crear mecanismos para empoderar a los gobiernos municipales y se deben aminorar asimetrías donde las haya. En el primer caso, tenemos que revertir la lógica de control ex ante, por una lógica de autonomía y de control ex post. Es decir, habríamos de imaginar mecanismos que permitan a los municipios experimentar y diseñar nuevas opciones de política que respondan a condiciones locales tanto como a metas comunes.

Para aminorar las asimetrías, debemos resarcir insuficiencias en los sistemas de profesionalización y de rendición de cuentas, así como consolidar las buenas prácticas y sistemas donde los haya.

Pensar en lo local como solución, implica invertir el discurso reformador y comenzar a asumir la diversidad de los gobiernos locales como fuente de oportunidad. Hay evidencia alentadora de municipios y políticas locales ejemplares. Valdría la pena reconsiderar estas tesis y pensar en los municipios ya no como estorbo, sino como el lugar donde podrían surgir nuevas soluciones a esos problemas que aún nos agobian.

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