¿Por qué al mundo no le gustan los transgénicos?

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El gran problema de los transgénicos no son que existan, sino que dejan en desventaja a los pequeños agricultores. Si la demanda creciera, los costos deberían ser accesibles para todos, pero en 3 décadas, eso aún no es una realidad.1

Los alimentos transgénicos vienen de la investigación y la naturaleza, son producidos a partir de una semilla que los científicos modifican genéticamente, a partir de esa base, los investigadores buscan crear super alimentos, que tengan propiedades de otros y que crezcan a gran escala, siendo resistentes al  clima y evitando problemas que la siembra normalmente tiene: sequias, inundaciones, plagas, etc.

A favor podemos decir que al cultivar semillas modificadas genéticamente para el sector agrícola, se requiere un menor uso de agroquímicos como pesticidas, dado que estas semillas se convierten en cultivos biogenéticamente resistentes a las plagas, por lo que baja el uso de insecticidas en el campo, como lo es en cultivos como el algodón, maíz y sorgo.

Según expertos como el Ingeniero Luis Herrera Estrella, director del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad, los transgénicos permiten eficientes producciones y bajos costos al cosechar, además ayudan al medio ambiente y eliminan riesgos de intoxicación de los agricultores que trabajan la tierra en el mundo, ya que las semillas no necesitan agentes

Empresas como Monsanto, Syngenta, DuPont, Dow, Bayer, y BASF  llevan varias décadas en el negocio de la química para la agricultura, modificando la manera de cultivar en todo el mundo. Según datos de diversas organizaciones dedicadas a cuidar el medio ambiente, Monsanto tiene el 80% del mercado de las plantas transgénicas, seguida por Aventis con el 7%, Syngenta (antes Novartis) con el 5%, BASF con el 5% y DuPont con el 3%. Estas empresas también producen el 60% de los plaguicidas y el 23% de las semillas comerciales.

La empresa Monsanto ha contribuido con la ciencia con exitosos resultados, como con la decodificación de la genética del arroz que compartió con científicos de todo el mundo. Actualmente mantiene su emporio principalmente en la producción de herbicidas y de semillas genéticamente modificadas.

Hasta aquí, no parece haber problema, suena como una empresa exitosa, que trabaja y al mismo tiempo comparte con el mundo investigaciones importantes, pero tiene tres enormes desventajas: el monopolio, su producto está bajo el escrutinio público y por supuesto, al mundo no le gustan los transgénicos.

¿Por qué al mundo no le gustan los transgénicos? Por su accidentada historia, porque el avance tan enorme que ha tenido está industria da miedo y otro miedo más, los efectos secundarios.

Primer golpe: Agente naranja

2Todavía hay estragos nada sutiles de lo que los herbicidas pueden hacer en grandes cantidades, para empezar ya han pasado 40 años y los efectos del Agente Naranja son devastadores.

El Agente Naranja es una mezcla al 50-50 de dos herbicidas comunes,  utilizado por los militares estadounidenses como parte de su programa de guerra química en la operación Ranch Hand, durante la Guerra de Vietnam que terminó en 1971, y dada la gravedad de los efectos secundarios varias compañías involucradas mandaron cartas aclaratorias y un tribunal determinó que si el químico usado en la guerra fue culpa del ejercito pero no de las empresas que proveyeron al mismo.  El poderoso 6 estuvo entre esas empresas.

Realidades sobre el tema

En un principio todo era un terreno oscuro y asustaba por sus límites, hoy en día los transgénicos siguen desarrollo y gracias a ellos se han triplicado las cosechas de maíz, lo cual ha ayudado en gran medida a combatir el hambre en poblaciones en constante crecimiento con escasez y sequía, porque las cosechas son altamente resistentes a los climas extremos.

Algo que sí está comprobado, es que los pesticidas comunes y que rondan el mercado por el bajo costo, son dañinos para la salud, la biotecnología alimentaria ha logrado disminuir considerablemente el uso de pesticidas químicos y con ello la toxicidad de alimentos tratados con ellos.

La soja, el arroz y el maíz, y otras semillas en proceso de salir al mercado, han marcado un antes y un después en alimentos. Los alimentos genéticamente modificados ya se cosechan con las vitaminas y minerales integrados, y los desarrollos científicos permiten que el cuerpo absorba mejores nutrientes.

Esto no nos debe dar miedo, es como si nos reusáramos a usar la tecnología en las telecomunicaciones por miedo a la radiación, pensar que son tan malos es falta de información. Es un hecho que vivimos con más radiación ocasionada naturalmente por el sol, que por las telecomunicaciones.

El gran problema de los transgénicos no son que existan, sino que dejan en desventaja a los pequeños agricultores.  La aplicación de esta tecnología permite prácticas agrícolas sustentables y la producción de materiales con recursos renovables. Si la demanda creciera, los costos deberían ser accesibles para todos, pero en 3 décadas, eso aún no es una realidad.

Los transgénicos reducen la pérdida hasta un 30% durante su distribución y venta, de manera que se puede ampliar la vida poscosecha de los productos

El uso de organismos transgénicos debe hacerse a partir de un riguroso análisis de los riesgos que puedan representar para la salud humana, el medio ambiente y la biodiversidad. Con respecto al medio ambiente representan riesgos porque son productos completamente nuevos en la naturaleza, que no han pasado por la prueba natural de la evolución y porque son resultado de una técnica muy reciente.

Algunos de los posibles riesgos son: que puedan afectar a insectos benéficos; que las toxinas activas puedan acumularse y desarrollarse de manera dañina y persistir en los suelos; que puedan surgir plagas de insectos resistentes a los pesticidas y que pueda desarrollar organismos patógenos, aumentando los preocupantes problemas de salud pública derivados del aumento de resistencia de determinadas bacterias a los antibióticos.

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México: El camino recorrido

El campo sufre. Económicamente hablando, es uno de los más golpeados por las crisis y ha sido excluido por el modelo económico del país,  a pesar de ser uno de los sustentos más importantes. El campo y sus habitantes no sólo no han mejorado, sino que han retrocedido, dejando a los campesinos en condiciones de pobreza comparables a las de países con economías de menor tamaño que la nuestra.

Se ha perdido el tiempo en cuestión de transgénicos, los recursos legales interpuestos contra el uso de semillas genéticamente modificadas y la falta de permisos de las autoridades no han permitido incorporar el uso de la biotecnología en los procesos productivos del campo, por lo que es necesario su impulso para elevar la productividad de este sector.

El gobierno no ayuda porque no da la información precisa. Uno de los casos más sonados es la cancelación de la consulta a las comunidades indígenas, eludiendo su responsabilidad y  otorgando permisos sin los estudios pertinentes. La Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural y Pesca (Sagarpa) ignoró completamente a  las comunidades de los 45 municipios de 6 entidades, que no fueron consultadas sobre el tema, no se realizaron los estudios de impacto ambiental correspondientes y los transgénicos de la empresa contaminaron el polen, afectando a la población de abejas en México.

En información el pueblo está en desventaja, la información más difundida no es la objetiva, mostrando los beneficios y los contras, es aquella que viene de los grupos ambientalistas, que si bien, es una interpretación de la realidad es muy cerrada, fatalista y poco deja a la crítica defenderse.

Desde 2013, 11 juicios de amparo, nueve que presentaron las corporaciones y dos que presentó el gobierno federal por medio de la Sagarpa y la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), resoluciones favorables en otros 11 juicios de amparo que combatían la medida precautoria contra la siembra de maíz transgénico.  Es decir que por medio de la ley, y no por un debate  público, como debería ser, los personajes en contra han parado el desarrollo de estos alimentos.

El debate por el maíz transgénico en México destaca debido al maíz nativo, el cual ha sido identificado como un eje central para la seguridad alimentaria del país por ser básico, ya que el 53 por ciento de la ingesta calórica y el 39 por ciento de la proteínica de la dieta nacional provienen del consumo del maíz, pero sobre todo a la cultura y las tradiciones.

El doctor Antonio Turret, presidente de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (UCCS) ha manifestado los riesgos científicos en torno a los transgénicos “México es el centro de origen y el principal reservorio genético que tiene la especie de maíz en el mundo, en el país hay suficiente variabilidad en los maíces nativos, para enfrentar los cambios climáticos hacia la historia y prehistoria, ya que estos maíces y sus ancestros ya se han enfrentado a esos cambios y sabemos que en la memoria genética de los maíces nativos de México están los principios necesarios para protegernos frente a los cambios que vienen por la variación del clima, por eso es necesario defenderlos e impedir que se adueñen de nuestra diversidad y vendérnosla a nosotros mismos, pero contaminada.”

El territorio latinoamericano, pero sobre todo de México, es cuna del maíz. La base de la cultura culinaria se originó hace varios miles de años por la acción de sus pobladores, y de la mano de ellos, enlazado con su cultura, se fue diversificando, adaptándose a distintas condiciones ambientales, así como a sistemas agrícolas muy variados, al punto de que se le cultiva prácticamente en todo el país y hoy día es la base de la alimentación de la población mexicana.

México se cierra a los transgénicos por su cultura. Esto no quiere decir que no sean buenos, pero se debe empezar a dar a conocer las verdades de estos alimentos, desde su historia. La tecnología no va a parar, y tenemos que encontrar maneras sostenibles de alimentar a la población mundial, que aún tiene gente que se muere de hambre, niños que en desnutrición y pueblos que necesitan opciones. El camino es la información y por supuesto, la inversión de los gobiernos, no sólo para hacer ciencia, sino también para estudiar posibilidades.

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