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Cuando los cuentos terminan, las realidades afloran

Por: Felipe Reyes Barragán

Los números con que empezó el presidente, 74% de arranque, ahora han bajado al menos entre 9 y 10 puntos […] los factores, mas allá de los estacionales, podrían ir mas allá, ser de fondo más que de forma.

Pensaba este título mientras revisaba las encuestas que distintas casas y empresas han dado a conocer en los últimos días y, también, mientras leía los comentarios de quienes están a favor, de quienes están en contra y de quienes, los más, queremos los cambios; queremos los hechos no las historias ni las fantasías que en estos últimos meses parecen ser el tema central de toda estrategia política de la actual administración federal.

Comencemos por lo primero: la popularidad de AMLO. Es innegable que el presidente comenzó su sexenio con un alto índice de aprobación, a su persona, claro, pero que le permitió, durante los primeros meses, abanderar causas y establecer acciones que no fueron populares pero que en el día a día lo mantuvieron en las marquesinas y titulares de casi todos los medios.

Su amplio bono democrático le ayudó, hasta ahora, a  permanecer inmune a las críticas y al cambio de opinión, ahora, en mayo, vemos que los números con que empezó el presidente, 74% de arranque, ahora han bajado al menos entre 9 y 10 puntos, una caída que parece normal en todo inicio de gobierno, aunque  en este caso, los factores, mas allá de los estacionales, podrían ir mas allá, ser de fondo más que de forma. Es decir, ahora la ciudadanía cuestiona los resultados, las acciones, los hechos del gobierno en sus primeros 5 meses, donde el tema de las reformas educativa y laboral, la guardia nacional y el creciente, sí, creciente aumento en la delincuencia parecen empezar a mellar en el blindaje social que AMLO tiene, aunque también hay que reconocer que para los encuestados los atributos de la personalidad del presidente se mantienen intactos como la imagen de  honestidad, sencillez y responsabilidad.

Pero hay un tema de fondo que se ha convertido ya en un problema, y es la constante, por no decir diaria, polarización presidencial, donde “protege” a quien lo alaba, y “ataca” a quien disienta de él, con razón o sin ella. Ya lo decía el NY Times: “el nuevo México que afirma estar construyendo (AMLO) se parece mucho al viejo México que juró dejar atrás”.

Vemos entonces, en la narrativa cotidiana un uso excesivo de las parábolas y  del uso del término “cambio”, aunque esto parezca solo estar en los discursos  y no en las realidades, donde las cosas no parecen haber cambiado como lo ve el presidente  y su equipo.

Sin embargo, gran parte del apoyo del ciudadano es real porque también es cierto que AMLO ha sido un presidente cercano a aquellos sectores que históricamente han sido descuidados por pasadas administraciones, y que a diferencia de estas, ahora otorga mayores recursos, muchas veces a fondo perdido,  y becas y apoyos para todo aquel  que lo pida.

¿Qué debería entonces pasar?  Entre los hechos reales y los hechos “alternativos” el presidente y la sociedad deben, cada uno en su ámbito, preservar las instituciones, escuchar las voces de aquellos que opinan diferente y sobre todo, construir un México real, donde la “posverdad”, el circo “mediático” y el simple relativismo no marquen las agendas y por lo tanto, no sean los cimientos de las realidades.

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