Desde la Urna

El proceso electoral actual presenta claroscuros que recuerdan las luchas y los debates de los años ochenta del siglo pasado. Antes de la creación del Instituto Federal Electoral (IFE), el reto consistía en vigilar los comicios e impedir la repetición de prácticas que otorgaban ventajas al Partido Revolucionario Institucional (PRI). Era una época en la que la oposición presionaba con fuerza en la entonces Comisión Federal Electoral para construir mejores condiciones de equidad en la competencia partidista. A pesar de múltiples reformas electorales democratizadoras en México, persistían las protestas contra la hegemonía priísta y sus triunfos, que le garantizaban el gobierno de todo el país. Apenas en 1989, Ernesto Ruffo logró ganar la primera gubernatura para el Partido Acción Nacional (PAN) en Baja California.

En aquel entonces, no recuerdo que utilizáramos la expresión “elección de Estado”. Dábamos por hecho que la Secretaría de Gobernación haría lo necesario para que el PRI mantuviera el poder. Lo que pasó fue simple: el abuso de su condición de gobierno, la constante manipulación de las decisiones electorales, las estrategias para evitar perder plazas como Chihuahua en 1986 y el ostentoso financiamiento ilícito a las candidaturas del entonces oficialismo erosionaron el sistema. La Secretaría de Gobernación corregía las fallas, atendía la crisis y, sobre todo, negociaba para que los resultados transitaran adecuadamente. Esa dinámica terminó en 1988, después de la polémica elección presidencial. En 1990 surgiría el IFE.

Esta historia viene a cuento porque, al inicio del proceso electoral actual, resurgieron debates en los que la oposición acusa al gobierno de preparar una “elección de Estado”; también insiste en la inequidad de la competencia y reclama a la autoridad electoral su omisión al tomar decisiones que generen confianza y credibilidad en la elección. Hoy, las acusaciones ya no señalan a la Secretaría de Gobernación, sino que centran la atención en el Instituto Nacional Electoral (INE).

A nadie le conviene que la ciudadanía dude de la autoridad electoral ni cuestione la independencia y autonomía del INE. El oficialismo se fortalecería con un triunfo limpio, claro y confiable. Si las elecciones se construyen entre todos, mediante decisiones colegiadas, quien pierda, sea quien fuere, no tendría más opción que reconocer su derrota. Quien gane obtendría no solo la fuerza de la mayoría, sino también la credibilidad de su triunfo.

Las críticas de la oposición a la limpieza, la equidad y la credibilidad de la elección no son gratuitas. Aunque cumpla la ley, el INE no ha generado certeza ni confianza en el proceso. Hoy, la autoridad electoral carga con intervenciones gubernamentales que no se detuvieron en 2024; con las elecciones del acordeón en 2025, que tampoco fueron sancionadas; y con decisiones equivocadas que el Tribunal Electoral tuvo que corregir, como la de las “boletas planchadas”. Todo ello genera dudas similares a las que prevalecían en los años ochenta. El problema es que se ha extendido la percepción de que el INE está capturado por el oficialismo. Si es así, mala tarde para nuestra democracia. Si no lo es, el desempeño de Guadalupe Taddei Zavala y de la mayoría de los consejeros ha dado motivos para pensar que hemos perdido al INE. La confianza no se recuperará con discursos.

Hoy ya no es suficiente presumir que el Servicio Profesional Electoral sabe cómo organizar la elección. Nada más faltaba que no fuera así, después de más de 30 años de experiencia y de los buenos resultados que siempre ha dado. El éxito de la elección depende ahora de establecer políticas que refuercen la confianza y garanticen la imparcialidad. Ante nuevas realidades, como las precampañas adelantadas, el INE debe actuar con anticipación para garantizar certeza, equidad y credibilidad. No hacerlo alimentará la percepción de parcialidad a favor del oficialismo. Por eso, como en los años ochenta, es necesario volver a vigilar la elección.

Profesor Investigador de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey.
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