
@RoCienfuegos
Nada de lo que está ocurriendo estos días en la vida pública de México es nuevo, aunque parezca. Por ello, hay que verlo como el resultado de decisiones, intereses y, déjenme decirlo así, apetitos largamente incubados por los hombres, y ahora también mujeres, en el poder. Lo grave y aún dramático para México y una inmensa mayoría de mexicanos, es que las cosas están empeorando para la república, así el poder en turno insista en que México está mejor que nunca como consecuencia de un movimiento político que ascendió al mando nacional hace casi ocho años con Andrés Manuel López Obrador como fundador y eje del mismo. Veamos.
Con la excepción del billón de pesos, un monto casi inimaginable para muchos mexicanos, que hoy se reparten entre millones de ciudadanas y ciudadanos de este país, – una fortuna útil para tejer un antifaz en millones de rostros, aunque inútil para detonar desarrollo- poco hay para festejar o reconocer de ese movimiento político que alguna vez fue postulado como la esperanza de México, o el que habría de encauzar una transformación profunda del país con el propósito de abrir un horizonte nacional diferente y mejor, claro, al conocido hasta diciembre de hace casi ocho años.
Hay una conjunción de elementos o factores que se están entrelazando con una velocidad vertiginosa para atenazar a México y ponerlo en una encrucijada de su historia, una más de otras que han caracterizado el devenir nacional. Se conjugan factores domésticos, pero también externos, con lo que la coyuntura del país se torna especialmente preocupante, no sé hasta qué grado para los responsables en primer término de la conducción nacional, pero agobiante para la población en general que resiente de manera cotidiana los latigazos de una situación compleja y dura.

Foto: Cámara de Diputados / Archivo.
El primero de estos flagelos, sin duda alguna, es el contexto de criminalidad que agobia al país entero, y que resulta cada vez más grave, así quiera minimizarse o en su caso, presentarlo como un escenario con índices a la baja y menos funesto. Se entiende el esfuerzo gubernamental para que se perciba menos lacerante y aún disminuido gracias a la renuncia de aquella política, inverosímil pero letal, de ´´abrazos y no balazos´´.
Se entienden los empeños de cualquier gobierno por provocar una mejoría de la percepción pública sobre este fenómeno, más aún si el propio gobierno impulsa acciones distintas y urgentes para contenerlo y eventualmente reducirlo. Pero entre crímenes atroces, desapariciones e impunidad, el objetivo naufraga, y de eso tenemos evidencia diaria porque la sufrimos las y los ciudadanos de a pie, los peatones rigurosos.
Se añade otro fenómeno, el del narcotráfico. Uno que está a flor de la piel nacional y que fue de manera persistente solapado, disimulado o minimizado por el gobierno que presuntamente entregó la estafeta en octubre del 2024. Este asunto, que no es nuevo como bien sabemos en México, está haciendo eclosión en los últimos meses y de manera particular durante las semanas más recientes.
Así hay que ver las solicitudes y acusaciones presentadas por el gobierno de Estados Unidos hace poco menos de un mes contra diez mexicanos del estado de Sinaloa, entre ellos nada menos que un gobernador, un presidente municipal y hasta un senador de la República, sin dejar de mencionar a los dos funcionarios de ese gobierno estatal, -Seguridad y Finanzas- dos posiciones clave sin duda, que mejor decidieron ponerse bajo la jurisdicción estadounidense, antes que enfrentar su suerte en México.
El par de entregas pone a la luz la gravedad del caso y hace naufragar el discurso de la inexistencia de pruebas sobre las acusaciones. Abre además escenarios para el poder todavía más complejos e inciertos, que socavan por sí solos la gobernabilidad y aún la soberanía del país, al tornarlas más precaria en un caso y menos defendible en el otro.

Foto: Gobierno de Sinaloa.
Las decisiones provenientes de la ciudad bañada por el río Potomac, están cimbrando a México y en particular a su gobierno, así éstas quieran verse como parte de tensiones casi normales o habituales entre ambos países. Ojalá fueran eso, simples tensiones pasajeras o resolubles de manera discursiva. Sería mejor para México.
Otros elementos asociados a un legado que el gobierno de turno busca resolver, se vinculan con la economía mexicana, la cual registra un muy precario desarrollo y crecimiento hace más de siete años, con tasas de avance por debajo incluso de los ya raquíticos índices del satanizado periodo neoliberal, visto ahora como malhadado. Una economía sin crecimiento mínimamente aceptable y más necesario conforme discurre el calendario nacional, ahoga a la inmensa mayoría mexicana. De promesas no pasaron aquellas de que al final del sexenio pasado, el país estaría creciendo a tasas de cuatro por ciento anual para acelerar hasta al seis por ciento en 2024, último año de la gestión anterior, que dejó como saldo un promedio sexenal de menos de uno por ciento.
La inflación, otro termómetro del éxito o fracaso de cualquier gestión económica gubernamental, es otro vector que complica el contexto mexicano. Conocido como el impuesto que más lastima a los segmentos poblacionales pobres, México sigue aguijoneado por esta carga tributaria.
Y ni hablar de asuntos como las obras emblemáticas del gobierno de López Obrador, que no hace falta referir, salvo para recordar la destrucción de la Selva Maya. Todas ellas asociadas con promesas burladas, pero costosas, al menos hasta ahora. ¿Y la crisis del sector salud?, así como el desmantelamiento de diversas instituciones y la sobrerrepresentación del poder legislativo para hacer de la constitución un documento a modo para el poder de turno.
Hay que añadir el desmantelamiento de la diplomacia con el nombramiento de personas en cargos para los que no están preparadas, pero útiles para satisfacer propósitos políticos personales o grupales, si acaso.
Hay otras expresiones de la crisis nacional, que por supuesto se niega de manera cotidiana, y se encubre con una sonrisa angelical.
Todos estos temas, parte de una lista cada vez más extensa, forman la herencia de López Obrador. De otra forma, no estaría presente una crisis multifacética que trata de enfrentar lo mejor que puede la doctora Sheinbaum.
Hay que decirlo claro, si el anterior hubiera sido un gobierno mínimamente aceptable, México no estaría atravesando por lo que esta pasando hoy. Hay que añadir la falta de justicia y de estado de derecho en México, como consecuencia de una elección amañada de jueces, ministros y magistrados para hacerse de un poder judicial también coloreado de guinda.
Todo esto sin contar los juicios que se ventilan en las cortes de Estados Unidos de delincuentes mexicanos y el fenómeno del huachicol, aún latente y sin resolver aun cuando López Obrador lo declaró -falsamente, claro- superado.
Todos estos elementos y otros, como las defensas ideológicas de sistemas inviables, conforman una crisis que esperamos los mexicanos de buena fe, no lleven a un desencuadernamiento del país, y por supuesto quienes no queremos ni deseamos un golpe aún mayor de lo que hemos resentido estos últimos años, y como nos dejó dicho Baltazar Gracián, los hechos están a la vista de quien los quiera ver, más allá de la libertad de opinar. @RoCienfuegos1
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