Apoyan su desarrollo con dólares.

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El autor es coordinador General del Colectivo Ciudadanos por Municipios Transparentes (Cimtra).

Fermín Luna ha vivido 36 años en Estados Unidos. Desde que emigró de su natal Fresnillo ha trabajado en el campo, hasta llegar a ser presidente de la Federación de Zacatecanos en el Norte de California.

Como él, miles de mexicanos que viven en el vecino país envían dinero a sus familiares, bien para el sustento diario, construir una casa o para algún negocio. Sin embargo, en los últimos años, con la disminución de empleos para extranjeros indocumentados, el endurecimiento de la política migratoria estadounidense y el aumento en el número de deportaciones, el dinero que hacen llegar los connacionales a México cada vez se reducen más.

Según datos del Banco de México (Banxico), el flujo de capital hacia México fue de 21 mil 596.60 millones de dólares (mdd) al cierre de 2013, lo que representa una caída de 3.7 por ciento respecto de los 22 mil 438.32 mdd que en 2012 enviaron al país los mexicanos en el exterior.

A este fenómeno se suma la creciente llegada de mexicanos deportados de Estados Unidos, lo que no ha sido tomado en cuenta por las autoridades. “Los migrantes llegan sin dinero, con la ropa que traen puesta, sin ninguna identificación y sin una bolsa de trabajo disponible que les permita activarse económicamente”, asegura Itzel Fabiola García Muñoz, jefa del departamento de Atención a Migrantes del municipio de Fresnillo, Zacatecas.

La funcionaria explica que los recursos que se envían desde el país de las barras y las estrellas se invierten principalmente en infraestructura, carreteras, trabajos de pavimentación y remodelación de escuelas, entre otras obras, pero con la baja en las remesas se ve afectada la inversión en estos rubros. “El migrante tiene la idea de dar algo a su lugar de origen, pero si ya no puede mandar dinero, esto no es posible”, apunta.

INVERSIÓN CONJUNTA.

Ante esta situación, una posibilidad que tienen los municipios migrantes para darle un nuevo impulso a su desarrollo consiste en aprovechar su vocación económica, mediante el impulso de proyectos productivos con recursos enviados por los connacionales y de programas de los tres órdenes de gobierno.

Fermín Luna es dueño de dos invernaderos de hectárea y media cada uno, en los que laboran hasta 30 personas —según la temporada— en la producción de calabaza y pepino. “Hace apenas seis años que me di cuenta del potencial que representa invertir en mi tierra”, asegura.

El pequeño empresario estima que gracias a negocios como el suyo, menos gente tiene la necesidad de migrar, lo que favorece el crecimiento de las comunidades. “Ya no sólo se envían remesas para arreglar las iglesias, los caminos o llevar agua, ahora representan una posibilidad de crecimiento para quienes regresan o aquellos que no desean irse de su tierra”, comenta.

La mayoría de los pequeños empresarios se apoyan en el programa 3X1 para Migrantes, el cual apoya proyectos productivos, Estadistica DESARROLLO CON DÓLAREStanto comunitarios como individuales. Fermín explica que el uso de los recursos federales, estatales, municipales y de los mexicanos en el exterior ha permitido que los paisanos contribuyan a mejorar las condiciones de vida en sus localidades, además de que les brinda la confianza necesaria para invertir.

No obstante, la de Fermín no es el común de las historias, apunta Héctor Rodríguez Ramírez, coordinador del doctorado en Política Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) campus Monterrey. Asegura que los casos de migrantes que invierten en sus lugares de origen aún son los menos. El dinero que la gran mayoría envía a sus familiares sirve exclusivamente para el consumo familiar, y en el mejor de los casos, es destinadao al mejoramiento de las viviendas o de un negocio pequeño.

Los connacionales que apuestan por proyectos de emprendedurismo son, por lo general, aquellos que salieron de estados con una larga tradición migrante, como Zacatecas, Guanajuato, Nayarit o Michoacán; caso contrario de las entidades donde las condiciones de vida son más precarias, como las del sureste del país.

NO TODOS PROSPERAN.

Arturo Santiago Luna es originario de San Miguel Etla, Oaxaca. En marzo pasado recibió recursos para poner en marcha una panadería, porque en su comunidad “la mayoría de las personas se dedican a este oficio, aunque su negocio estaría enfocado a la elaboración de pan tradicional, ya que los otros panaderos se dedican a la bizcochería”, explica.

Hoy día, Santiago Luna depende del envío de remesas que recibe por parte de familiares que radican en Estados Unidos, sin embargo busca ser autosuficiente a través de su negocio. “Me interesa preservar nuestras tradiciones, pero para eso necesito contar con la maquinaria necesaria para producir este tipo de pan, ya que mi trabajo es artesanal y basado en un horno de leña”, afirma.

Héctor Rodríguez estima que, en promedio, llegan a cada familia entre 230 y 280 dólares mensuales, lo que alcanza exclusivamente para cubrir las necesidades básicas de las personas, sin margen para invertir, orillando a estos hogares a buscar programas sociales para aminorar la falta de recursos, como Oportunidades, Procampo o el Seguro Popular.

El académico explica que en la medida en que llega menos dinero al país, se eleva el número de familias que buscan solventar sus carencias con otras opciones de ingreso, por lo que se adhieren a los programas de “apalancamiento” como una opción.

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