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México-China: Ilusión en desPEÑAdero

[author] [author_image timthumb=’on’]https://www.alcaldesdemexico.com/wp-content/uploads/2015/01/Norma-Perez-Vences.fw_.png[/author_image] [author_info]nperez@alcaldesdemexico.com

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Mexico-ChinaDe un tiempo para acá, en México pasa lo que el Presidente de la República no hubiera querido jamás, y lo que le gustaría que ocurriera, simplemente no pasa. Aquí un ejemplo de esto último.

Desde que inició su mandato, Enrique Peña Nieto dio muestras de simpatía hacia China. Como evidencia, en sólo dos años los mandatarios de ambos países se han reunido cuatro veces, número sin precedente en 40 años de relaciones bilaterales. La intención era atraer a México buena parte de los capitales que China invierte copiosamente alrededor del mundo y que en los dos o tres años recientes ascendieron a 80 mil millones de dólares (mdd).

Las condiciones para intensificar la relación de negocios MéxicoChina parecían estar dadas apenas hace un año, es decir, había —tal vez la sigue habiendo— una clara voluntad política de parte del mandatario mexicano; apertura para que extranjeros inviertan en sectores de nuestro país antes impensados como energía y telecomunicaciones, y había el interés manifiesto del gobierno chino por aumentar exponencialmente los exiguos 350 mdd que hasta ahora ha canalizado a nuestro país en inversión extranjera directa (IED) y que representa menos de 0.1 por ciento del total.

Veamos qué ha pasado con cada una de esas condiciones que hasta hace poco tiempo auguraban a México como el principal destino de inversión china en Latinoamérica, y que hacían que Enrique Peña se frotara las manos en espera de la llegada de grandes volúmenes de capitales, que serían un puntal en su estrategia de crecimiento para el país.

En cuanto a la voluntad política, en enero de 2013 ambos paí- ses entraron a una nueva etapa cualitativa de relación. En los años previos se había vivido el peor momento bilateral, por la tensión derivada de sucesos como la visita del Dalai Lama a México, acusaciones políticas mutuas y, sobre todo, porque el país

asiático se ha apoderado poco a poco de mercados que antes pertenecían a las exportaciones mexicanas. Pero hace dos años todo cambió, EPN buscó tejer lazos con China más allá de las importaciones y exportaciones que ambos intercambian y que, por cierto, es tan vasta como desigual para México, pues en 2013 la proporción fue de 10 a 1 (por cada 10 artículos que importamos de China, exportamos 1 hacia a ese destino).

Sin omitir esa desproporción, China es hoy el segundo socio comercial de México, después de Estados Unidos, y para el presidente Peña era momento de llevar esa relación al terreno de las inversiones, utilizando como atractivo para ello el papel estratégico de México dentro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el punto de acceso que el país puede representar hacia el resto de Latinoamérica y los grandes potenciales que ofrece México en sectores como energías renovables, minería, tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y construcción, además de las reformas estructurales, que ahora permiten a externos invertir en sectores como el energético y las telecomunicaciones, y en los cuales empresas chinas mostraron gran interés de inmediato.

La primera visita entre los nuevos buenos amigos corrió a cargo del mandatario mexicano, quien viajó por primera vez a lejanas tierras a principios de 2013. Xi Jinping, su homólogo chino, devolvió la cortesía a mediados del mismo año, para luego volverse a encontrar en septiembre siguiente, en San Petersburgo.

Transcurrió un año, y en noviembre de 2014, Enrique Peña volvió a China, esta vez rodeado de un entorno adverso: habían pasado unos cuantos días desde que se había revocado la licitación para construir el tren ligero México-Queré- taro, en la cual una de las empresas que integraban el grupo ganador era China Railway Construction.

En esa ocasión, el presidente mexicano tuvo que comerse en silencio el reclamo de su homólogo chino, quien pidió respeto para las empresas que intentan abrir mercado en México. Es claro que el mandatario oriental no entendía ―ni entiende― cómo primero se invita efusivamente a las empresas de su país a invertir y cuando deciden hacerlo, se les obstaculiza la posibilidad.

La licitación fallida del tren era sólo un caso. Lo que Peña realmente llevaba a cuestas en su visita era la falta de una estrategia nacional orientada a captar los capitales chinos interesados en venir a México y a atender apropiadamente a los que ya están aquí.

La visión global de captar inversiones a gran escala provenientes de aquel país, no ha permeado en los mandos medios del Gobierno Federal. Me dice Enrique Dussel, coordinador del Centro de Estudios China-México (Cechimex) de la UNAM, que ni la Secretaría de Economía (SE), ni el Banco Mexicano de Comercio Exterior (Bancomext), ni ProMéxico le han dado un tratamiento estratégico a la relación bilateral, por lo que hasta ahora su crecimiento ha quedado sólo como una buena intención del Presidente.

Entre 2013 y 2014 se han concretado pocas inversiones chinas en México, mientras que los casos fallidos han sido frecuentes; entre los más sonoros está Dragon Mart, que prometía una inversión por 200 mdd; un proyecto en Cabo Pulmo, en el cual se canalizarían 3,600 mdd, y el tren ligero México-Querétaro, que implicaba capitales por arriba de 50 mil mdp.

La responsabilidad del fracaso parece estar del lado mexicano. Negligencia para articular una política institucional, desconocimiento del intríngulis de la economía china y de su cultura de negocios, y hasta racismo han dificultado el plan del Presidente. Ingenuamente se ha creído que la IED se puede promover en China de la misma forma que en Europa, Estados Unidos o Japón. Error. China requiere un esfuerzo de especialización que involucre a gobierno, sector privado y academia; deben crearse grupos de trabajo trans e intersecretariales para solucionar problemáticas específicas, incluso de empresas que ya invierten aquí, como Huawei, que tiene poco tiempo en México y ha crecido rápidamente.

Hace falta una estrategia de corto, mediano y largo plazos que responda a preguntas como ¿qué es lo que México espera de China? ¿En qué sectores? ¿Cómo construir una relación sustentable en lo económico, político y ambiental? Y a partir de ello, calendarizar proyectos específicos.

Por otro lado, las instituciones deben preguntarse si conocen realmente la cultura china de negocios. ¿Se han asegurado de entender las necesidades de las empresas chinas, en términos de capital humano y normatividad? Esos son dos factores que a los inversionistas asiáticos se les están dificultando, y hay que sumar la complejidad del idioma.

Para una estancia exitosa, las empresas chinas necesitan apoyo en recursos humanos, en desarrollo de proveeduría y en conducción para integrarse al TLC. Tienen requerimientos muy específicos, a los cuales México está haciendo caso omiso, por lo que algunas ya consideran seriamente si continúan aquí. En la balanza de esas decisiones pesa mucho el ambiente de negocios, y es muy sintomático que a la fecha China invierta más en Panamá, con quien no tiene relaciones diplomáticas, que en nuestro país.

En las circunstancias actuales, la relación México-China, por decir lo menos, es caótica; no hay coordinación entre sector público y privado y no hay una mesa de trabajo para compartir experiencias. Cada secretaría de estado va a China y hace un planteamiento distinto y parcial atendiendo sólo a su interés, y ante China podemos aparecer como un país muy sui géneris, donde: el mandatario está interesado, pero su equipo no habla entre sí. Ciertamente, desde el sector privado hay esfuerzos aislados por tender puentes con inversionistas chinos atraídos por las reformas. La consultora Deloitte, por ejemplo, reforzó desde hace un par de años la división Chinese Services Group con especialistas que hablan chino, inglés y español. Amy Liang, gerente del área, comenta que tienen a muchos interesados preguntando todo sobre las licitaciones, y para ella y el resto del equipo el principal reto ha sido explicar la normatividad mexicana.

De los pocos proyectos más abultados que se han concretado y conocido en este lapso, está el de la empresa Risen Energy, que después de tres años de negociaciones construirá en Durango una planta de energía solar que representa una inversión por 600 mdd. Monto considerable, pero muy lejos de las expectativas iniciales.

Nada está escrito y aún restan cuatro años a este gobierno, pero por ahora grupos empresariales opositores, e incluso de opinión pública, han sido más eficaces que la intención de Enrique Peña Nieto, quien no ha sabido articular en todas las capas de su gobierno el plan maestro que le permita ampliar con fuerza la inversión de China en México.

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