
Por: P.A. Ángel Domínguez Catzín *
En 2026, México volverá a recibir al mundo. Durante unas semanas, millones de miradas estarán puestas en nuestros estadios, nuestras ciudades y nuestra capacidad de organización. Pero antes de que ruede el balón, habrá una prueba silenciosa que comenzará mucho antes: en el aterrizaje.
Porque la primera impresión de una ciudad no ocurre en el estadio. Ocurre en el trayecto entre el aeropuerto y el destino final.
El Mundial será una gran vitrina internacional, pero también un espejo. Nos permitirá mostrar lo mejor de México, aunque también pondrá frente a nosotros una pregunta inevitable: ¿están nuestras ciudades realmente preparadas para integrar su infraestructura aeroportuaria con la movilidad urbana, la planeación territorial y la experiencia cotidiana de quienes las visitan?
Durante años, muchos gobiernos locales han visto al aeropuerto como una infraestructura distante, esencialmente federal, ajena a la agenda municipal. Ese enfoque ya no alcanza. La OCDE ha señalado que la conectividad aérea es un factor clave para la competitividad de ciudades, regiones y países, porque facilita comercio, inversión, productividad, turismo e interacción global. En otras palabras: un aeropuerto no es solamente una terminal aérea; es un activo estratégico de desarrollo.

Foto: Sectur.
El reto aparece cuando ese activo no está plenamente integrado a la ciudad.
La Zona Metropolitana del Valle de México lo ilustra con claridad. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México moviliza decenas de millones de pasajeros cada año y enfrenta condiciones de alta saturación. Al mismo tiempo, el sistema aeroportuario metropolitano depende cada vez más de la coordinación entre el AICM, el AIFA y Toluca. El problema, entonces, ya no puede leerse únicamente desde la aviación. Es también un problema urbano, territorial y metropolitano.
La pregunta central no es solo cuántos vuelos puede recibir una ciudad, sino qué tan fácil, seguro y predecible resulta para una persona moverse desde el aeropuerto hasta su hotel, una zona turística, un centro de negocios o un estadio. En un evento como el Mundial, esa experiencia será parte de la evaluación internacional sobre México.
La experiencia de otras ciudades ofrece lecciones importantes. Un estudio del Banco Mundial sobre la conectividad al aeropuerto de Delhi mostró un riesgo frecuente: mientras las autoridades aeroportuarias se concentraban en ampliar terminales y capacidad operativa, las agencias de transporte urbano atendían por separado la congestión general de la ciudad. El resultado fue que el acceso al aeropuerto quedó sin una visión integral. El cuello de botella no desapareció; simplemente se trasladó de la pista al territorio.
Ese es precisamente el punto que debemos evitar.
En México, no se trata de reabrir debates del pasado ni de reducir la conversación a pistas, slots o terminales. Se trata de entender que la integración aeroportuaria también depende de vialidades, transporte público, CETRAM, banquetas, señalética, seguridad, accesibilidad peatonal, ordenamiento territorial y coordinación institucional. El éxito de un aeropuerto no se define únicamente dentro de sus instalaciones, sino en su relación con la ciudad que lo rodea.
Ahí los gobiernos locales tienen un papel mucho más relevante del que tradicionalmente se les ha reconocido. Aunque la operación aeroportuaria tenga componentes federales y técnicos, la experiencia urbana del pasajero ocurre en territorio municipal y metropolitano. La llegada, el traslado, la seguridad del entorno, la conexión con transporte público, el orden vial y la calidad del espacio urbano son tareas donde los municipios inciden directamente.
Por eso, el Mundial 2026 debe verse como una oportunidad para acelerar una agenda pendiente: integrar los aeropuertos a la planeación de nuestras ciudades. Esto implica, al menos, tres prioridades.
La primera: incorporar a los aeropuertos dentro de los planes de desarrollo urbano y económico, no tratarlos como islas de infraestructura. La segunda: fortalecer la conectividad multimodal entre aeropuertos, estadios, hoteles, centros turísticos y zonas de actividad económica. La tercera: construir mecanismos permanentes de coordinación metropolitana entre municipios, estados, federación y operadores.
El Mundial durará unas semanas. Pero las decisiones que tomemos alrededor de movilidad, conectividad y planeación urbana pueden marcar el desarrollo de nuestras ciudades por décadas.
En 2026, México no solo será evaluado por la calidad de sus estadios o la calidez de su gente. También será evaluado por la capacidad de sus ciudades para funcionar como sistemas integrados.
Y en ese examen, los aeropuertos serán la primera puerta, la primera impresión y quizá la primera gran calificación.
*El autor es piloto aviador, líder institucional y promotor de proyectos estratégicos. Ha presidido el Colegio de Pilotos Aviadores de México y participa activamente en política aeronáutica, educación superior, representación laboral y construcción de liderazgo público. El artículo se desarrolló con la colaboración del Consejo Nacional de Desarrollo Urbano (CONARED).
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