El nuevo México urbano y sus desafíos

 

Más de 90 millones de mexicanos viven en ciudades, el esquema del país rural se pierde y da como resultado un profundo impacto económico

 

Miguel Carbonell1. Un país que ya cambió.

Mientras estábamos pensando en otras cosas, México se transformó radicalmente ante nuestros ojos. Hoy habitamos un país que no es el mismo que hace 10, 15 o 20 años. La transformación más profunda no ha tenido que ver con la educación, la política o los partidos, sino con la forma de vivir que tenemos los mexicanos.

 

Los datos son muy elocuentes y vale la pena tomarlos en cuenta. Comencemos con algo muy evidente para quien haya recorrido el territorio nacional o una parte de él: ya no somos un país rural, sino plenamente urbano: más de 90 millones de mexicanos viven en ciudades.

De hecho, en el conjunto de las 93 ciudades que tienen más de 100 mil habitantes en la actualidad, se genera 88 por ciento del producto interno bruto (PIB) total del país. Nuestra riqueza como país depende de lo que se hace y se produce en las ciudades.

 

El proceso de tránsito de ser un país rural a uno urbano tiene un profundo impacto económico, ya que se calcula que cuando se incrementa en 10 por ciento la proporción de habitantes en zonas urbanas, el PIB puede llegar a crecer hasta 30 por ciento. En otras palabras: a mayor población urbana, mayor generación de riqueza y mayor crecimiento.

Ahora bien, las personas que viven en las ciudades requieren cada vez de más espacios públicos y privados, lo cual no siempre es fácil (ni barato) de conseguir. En los últimos 30 años la población urbana se duplicó en México, pero en ese mismo lapso, la superficie total que ocupan las ciudades se multiplicó por seis: las urbes ocupan un territorio cada vez mayor dentro del conjunto del país.

 

Parte del problema del espacio tiene que ver con el desperdicio o el uso poco intensivo del suelo urbano. Según datos de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), en el territorio nacional hay casi 85 mil hectáreas de predios interurbanos que están vacíos o que son baldíos; además, de las 110 mil hectáreas que se consideran reservas territoriales hoy en día, 59 por ciento (es decir, casi 65 mil hectáreas) están dentro de las actuales manchas urbanas, pero todavía no se han utilizado para ofrecer vivienda a las familias que la necesitan con urgencia.

 

Se estima que entre el 2000 y el 2010 el número de zonas metropolitanas en México pasó de 55 a 59. Parece que son pocas (solamente 4), pero hay que considerar que la población en esas áreas creció de 54 a 63 millones de personas. Eso significa en términos comparativos que en menos de 10 años México tuvo que ofrecer servicios públicos urbanos a una población equivalente a la que habita en toda Suecia o en toda República Dominicana, para darnos una idea del tamaño del desafío que estamos enfrentando. Antes de llegar al 2020, habrá que dar esos servicios a otros seis millones de personas, lo que equivale a ofrecer servicios públicos a toda la población de El Salvador o de Nicaragua, en menos de siete años.

 

Para el año 2030 se calcula que vivirán en las ciudades mexicanas más de 103 millones de personas: el esfuerzo para atender sus necesidades más básicas será titánico.

 

La transformación del territorio le ha dado un nuevo rostro al país. En los últimos 30 años casi un millón cuatrocientas mil hectáreas han cambiado de ser suelo forestal, agrícola y vegetal a tener un uso urbano. Todo esto ha tenido evidentes repercusiones ecológicas, como no podría ser de otra manera. Se calcula que entre 40 y 75 por ciento de la emisión de gases de efecto invernadero proviene de nuestras ciudades y zonas metropolitanas.

 

Ahora bien, un dato interesante es que millones de mexicanos habitan en viviendas que requieren de urgentes mejoras y reformas. Según información proporcionada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) correspondiente a 2012, de los 30.8 millones de viviendas particulares que hay en México, 2.9 millones requieren ser reemplazadas debido a las características de sus materiales, espacios e instalaciones; y otros 12.3 millones necesitan ser ampliadas o mejoradas. Es decir, no tenemos que pensar solamente en la oferta futura de vivienda nueva, sino en impedir que la que hoy existe se convierta en un riesgo objetivo para sus habitantes. De hecho, para los próximos 20 años necesitaremos atender una demanda a nivel nacional de casi 11 millones de soluciones de vivienda, según el Consejo Nacional de Población.

 

¿Tendremos la inteligencia, los recursos y la energía para hacer frente a los desafíos que presenta el nuevo rostro de México? ¿Podremos generar entornos urbanos de calidad para las familias mexicanas o seguiremos condenados a ciudades-dormitorio, lejanas de las fuentes de empleo y de las principales vías de comunicación? ¿Cómo haremos para atender las crecientes necesidades de agua potable, saneamiento básico, suelo para urbanizar y transporte?

 

No va a ser fácil hacer frente a todo esto, pero no hay alternativa: se requiere de un proceso intenso de cambio social, político, jurídico, ecológico e incluso mental. Mientras antes comencemos, mucho mejor.

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