Elecciones: asunto aritmético

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Sobre los autores: Tonatiuh Suárez-Meaney es Mto, en Urbanismo. Lic. en Asentamientos Humanos, Criminologìa-Criminalística. y estudiante de matemáticas. Responsable de Análisis Espacial (Unidad Gits-IG-UNAM), y coordinador de modelación (Geoestrategias). Profesor de geoestadística (UAEMEX); Andrés Barranco es Geógrafo y Becario de Maestría en Geografía del Instituto de Geografía de la UNAM, ha trabajado el tema de geografía electoral y transporte.

Los colores que pintan, por así decirlo, el mapa político, se mueven de donde estaban, regresan, compiten y lo más curioso, van entre ellos tejiendo con sus alianzas los tapetes más diversos.

Las elecciones siempre han sorprendido. A algunos pensadores, en la historia de las ideas, como Étienne de La Boétie, les sorprendido el simple hecho de que la gente eligiera a sus gobernadores, cuando la única democracia en ese mundo recién salido de la edad media, era la inglesa; él consideraba que ser gobernado iba contra los principios de libertad por lo que la democracia era una contradicción. A pesar de las precisiones de Rousseau sobre la necesidad de un contrato social que sacrificara libertades a cambio de seguridad, muchas ideologías han mostrado argumentos de la “irracionalidad” de confiar las decisiones más importantes a un puñado de personas.

Así, no causa tanta sorpresa que los pueblos hayan elegido a tantos “locos”, que a la vista de foráneos, solo electores también “locos” pudieron haber elegido, como a Hitler o Lukachenko, por citar dos ejemplos. Entonces no debería sorprendernos, aunque sí lo hace, que la constitución del estado norteamericano de Kentuky les prive del derecho a voto a los “privados de razón”:

“the following persons are excepted and shall not have the right to vote.”(…) “3. Idiots and insane persons.” (http://www.lrc.ky.gov/lrcpubs/ib59.pdf)

Según las definiciones más estrictas de locura, si se hubiera cumplido esta ley, nadie hubiera votado por Trump ni en ese ni en ninguno de los otros tres estados norteamericanos que guardan la misma prohibición, impidiéndole la presidencia. Las legislaciones norteamericanas, aceptan a tal grado la posibilidad del “voto irracional” que algunas establecen la posibilidad de arrepentirse corrigiendo más tarde el sufragio, en caso de haberlo hecho antes del día de elecciones (http://www.businessinsider.com/how-can-you-change-your-vote-trump-clinton-early-voting-2016-11).

Prohibición al loco y rectificación, son ejemplos clásicos de lagunas legales en un país sobre reglamentado, pero no sólo EU tiene cosas electorales “locas”. México no es un buen ejemplo de racionalidad electoral.

Cambio de color

En México, que fue aburridamente monocromático durante decenios, el mapa electoral comenzó a tomar esa forma de mejicanidad policromática que se ha reconocido en su gastronomía, alfarería y artesanía textil, que combina colores primarios cautivando a los turistas. Los partidos fueron eligiendo colores primarios como emblema hasta que se agotaron, luego los siguientes partidos en nacer, tomaron los colores secundarios que quedaban, como si el color fuera la forma más esencial de representación única. Los colores que pintan, por así decirlo, el mapa político, se mueven de donde estaban, regresan, compiten y lo más curioso, van entre ellos tejiendo con sus alianzas los tapetes más diversos.

Los mapas inferiores mostrados en la figura 1 representan al país y sus estados, mismos que a pesar de estar un poco distorsionados, pueden distinguirse. El color con que se pinta cada estado, significa el partido que es dueño de la mayoría en la cámara de diputados según representación de mayoría relativa. Observar esta variable cómo hacemos, para diputados en lugar de usar resultados presidenciales, senatoriales o de gobernadores, nos permite:

  1. Enfocarnos en los efectos locales que regionales de las preferencias
  2. Aislar el efecto de los candidatos carismáticos famosos que usan los partidos casi siempre para cámara alta y puestos de ejecutivo que pueden tener repentinamente una gran aceptación sin importar su partido
  3. Analizar en periodos de 3 años que son más cortos que los demás
  4. Apreciar un corte de tiempo que coincide en todos los estados.

Apreciamos que en 2006 el país se dividía muy equitativamente entre las tres principales opciones que conformaban lo que solía llamarse tripartidismo. Pero en 2009 al PRI, la recarga de tres años de poder le alcanza para arrasar y apenas 12 estados quedan gobernados por las otras dos principales opciones. En 2012 el PAN se recupera, pero el PRD empeora y solo tiene la mayoría en 3 estados, aunque uno de ellos es el entonces DF, segundo en población. En 2015 el mosaico tricolor desaparece y aparecen actores con gran relevancia local, Movimiento Ciudadano gana la mayoría en Jalisco, el Partido Verde en Chiapas, Morena en la CDMX dejando al PRD casi en bancarrota. El PRI mantiene cierta hegemonía y el PAN se mantiene como un partido fuerte.

Figura 1. Mapas de densidad modulada

La distorsión que tienen estos mapas contiene información.  Imaginemos un territorio que pudiera hacerse pequeño o grande dependiendo de la proporción de votos que tuviera la mayoría más grande. Si representamos esa proporción, cada estado va perdiendo su forma conocida. Está técnica se llama densidad modulada. El tamaño del estado representará la proporción del que tiene la mayoría más grande de las que hemos hablado para cada uno de los años.

En la tabla 1 vemos que a diferencia de la variable “ganador”, que pueden cambiar radicalmente, las proporciones se mantienen relativamente constantes excepto quizá para 2015 con los partidos emergentes. Por ejemplo, el caso más interesante es Guerrero, que en 2012 la mayoría la tiene el PRD con 32%, en 2015 se mantiene el 32% pero ahora no es del PRD sino del PRI.

Los datos son los que representan los mapas. Se aprecia cómo hay estados leales (no cambian de color). Para el PAN que es el partido que goza de mayor lealtad tiene cinco estados leales (no ha ganado desde 2006 otro), mientras que el PRI Aguascalientes, Baja California, Guanajuato, Querétaro y SLP. Para el PRI, Durango, Hidalgo, Quintana Roo y Sinaloa. En estos estados es más difícil que otro partido, aunque ocurrirá tarde o temprano. El PRD no ha logrado lealtad por más de 3 periodos.

Salvo el caso de Chiapas, ningún estado ha tenido el turno de ganador más de dos partidos, casi siempre la lucha es entre dos, que pueden irse alternando como en el caso de Puebla y Coahulia. En cada caso, los terceros partidos, por lo general no “producen gobierno” sino que complican la elección.

Tabla 1. Ganador y su proporción.

Así qué el PRD y PAN tienen mucho en común, han sido consumidos por el mismo oponente. Y es común que dos víctimas de un “depredador” común se alíen para luchar contra su “enemigo”.

Podemos apreciar a partir de las últimas cuatro columnas de la tabla 1 que los tamaños de las mayorías van disminuyendo aunque lentamente. Esto se resume en la tabla 2, en 2006 había tres estados que tenían mayoría superior al 50% y 32 superiores a 33% (un tercio). En 2012 ya no hay estados con mayoría superior al 50%. Y es notable como cada vez menos hay estados con mayorías superiores a un tercio. Se va fragmentando el número de grupos (partidos) y los estados con mayorías fueres, son cada vez menores, aunque la proporción de la mayoría vaya descendiendo y vacilando lentamente. Una prueba visual de esto es que los mapas deformados por el tamaño de su mayoría los podemos reconocer perfectamente.

Tabla 2.

  Número de elecciones con mayoría
>= 50% >= 33%
2006 3 32
2009 3 27
2012 0 19
2015 0 17

Por eso hemos visto últimamente alianzas sorpresivas que los analistas juraban que fracasarían: el PAN aliado con su histórico “enemigo” PRD. Morena, un partido cuya base no se caracteriza por cuestiones de fe, aliado con un partido de corte religioso. Y hacia dentro, Gabriela Cuevas hablando maravillas de AMLO a quien le hizo pasar corajes durante el desafuero. Todos van perdiendo el miedo, o hasta el asco que pudieron tener contra sus adversarios, porque el juego se vuelve aritmético más que ideológico. La oferta se multiplica y dejan de existir las reglas de elección.

En teoría en un proceso de elección podría haber tantos candidatos como ciudadanos: “…un candidato en cada hijo te dio”. No así en un proceso de “opción” en el cual solo habría dos posibilidades. Estas elecciones atomizan la decisión y se enfrentan al “coco” de la teoría de las decisiones: cuando aparecen muchas minorías. Históricamente ya varios pensadores han tratado el asunto. Toqueville propuso que si los votantes ponderaban sus decisiones, incluso las minorías podrían alcanzar decisiones que solo para estas fueran importantes, pero muy importantes; una idea muy similar al llamado Demeny Voting que pondera a los votantes según el número de hijos. Condorcet comprobó con sus conocidas reflexiones que las votaciones entre grupos no son transitivas, es decir que si A gana a B y B a C, C puede ganar a A. Arrow fue más allá, demostrando que en un sistema con más de dos partidos, es imposible crear una regla que permita que el ganador siempre represente a la mayoría. Lo vemos en las encuestas, que si hay más de dos candidatos, puede ser que el candidato A, gane por preferencia (por quien votará) y al mismo tiempo pierda por rechazo (por quien no votaría). Es decir, puede ganar el candidato más odiado. Los terceros contrincantes suelen ser tan débiles que no modifican los supuestos básicos de las elecciones.

Normalmente todo esto lo conocen los estrategas y han usado a los llamados nichie parties, -a quienes Diego Fernández bautizó como la chiquillada- para completar sus juegos aritméticos. En la época en la que era válido hablar de un espectro geométrico electoral (izquierda derecha) aparecían mucho de estos partidos, fragmentado lo que era llamado “izquierda” cuyo término hoy en día se encuentra comprometido, aun aceptando con Bobbio que las ideologías están solo en crisis y no han muerto. En muchos países, incluso europeos, ocurrió que si había un partido de izquierda con fuertes preferencias (digamos el 60%), podía aparecer otro de izquierda dividiéndose entre ambos la votación (digamos 30% y 30%). Así que podía ganar la postura más rechazada incluso con un margen bajo (digamos 35%).  Si en vez de dos aparecen, tres, cuatro o más partillos, el triunfo del otro partido podría parecer más aplastador.

Lo inédito en las próximas elecciones presidenciales mejicanas, es que el candidato de lo que se considera hoy “izquierda”, es quien resulta ganador de la división de la supuesta derecha. En este panorama, quien ganará será el mejor aritmético, el que sepa que segmentos agregar a su canasta, y que segmentos sacar. Ya muy poco hará la oferta ideológica o económica, aun cuando las campañas se centren en descalificaciones de esa especie, lo que está en juego son las combinaciones de los actores.

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