La ciudad debe ser de la ciudadanía

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Es el actual alcalde del distrito de San Isidro y candidato a la Alcaldía de Lima (Perú). Es Presidente de la Red Iberoamericana de Municipios por los ODS de la Unión Iberoamericana de Municipalistas (UIM). Es abogado de profesión, egresado de la Pontificia Universidad Católica del Perú, con Maestrías en Derecho en el King’s College London de Inglaterra y en la Universidad de Pennsylvania. Entre el 2006 al 2008 se desempeñó como Gerente de Asesoría Jurídica en el Ministerio de Economía y Finanzas. Durante el 2009 tuvo el cargo de Superintendente de la Superintendencia Nacional de Administración Tributaria del Perú (SUNAT). También es reconocido por ser un gran activista ciclista.

El siglo XX transcurrió en medio de un crecimiento desmedido de las ciudades. Los avances industriales y tecnológicos, sumados a los incrementos de población, trajeron como consecuencia un tipo de gestión que se enfocaba más en las megaobras, la construcción de ciudades-autopista. El factor humano pasó a un segundo plano. Por ende, la calidad de los espacios públicos -y con ellos la calidad de vida de los ciudadanos- fue disminuyendo paulatinamente.

Esta visión enfocada en el automóvil también fue la que primó en la mayoría de grandes ciudades de América Latina. De eso podemos dar fe tanto en Lima como en Ciudad de México, donde la congestión vehicular y la contaminación comenzaron, progresivamente, a convertirse en los problemas más apremiantes para la ciudadanía. Frente a ello, aumentar vías eliminando espacios públicos y calles caminables fue considerado, hasta bien entrado el nuevo siglo, la mejor manera de solucionar estos inconvenientes.

Sin embargo, no fueron pocos los pensadores, arquitectos y urbanistas que se dieron cuenta de que la dirección que estábamos tomando no era la correcta. El ejemplo de Copenhague, por mencionar un caso icónico, que en 40 años pasó de ser una ciudad para los autos a una casi enteramente peatonal y ciclista, llegó a oídos del mundo gracias a los textos y las ideas del arquitecto danés Jan Gehl.

Durante mis estudios en el extranjero, tuve la suerte de experimentar de primera mano estás nuevas formas de hacer ciudad. Entregar el espacio público a los ciudadanos, multiplicar las áreas verdes, promover la caminabilidad y la movilidad alternativa, esos eran los verdaderos signos de modernidad. Y cuando decidí que el camino de la gestión pública era la mejor manera que tenía para ayudar a mi país, no tuve ninguna duda de ofrecer eso a mis conciudadanos. La consecución de un lugar moderno y sostenible para vivir.

El caso de San Isidro

El distrito de San Isidro es uno de los de más privilegiados de Lima, pues no solo alberga a una mayoría de personas de las clases sociales más acomodadas, sino que se ha posicionado como el centro financiero indiscutible de la capital peruana. Ahí ubican su sede las más importantes empresas nacionales y extranjeras.

A pesar de este bienestar económico, era una ciudad que había quedado detenida en el tiempo. Por desidia de sus propios ciudadanos, pero sobre todo de sus gobernantes. Como lo hemos mencionado, su centro financiero es el más importante del país, y eso genera que cerca de 800 mil personas circulen por sus calles día a día.

Esto significa que también llegan miles de vehículos diariamente, congestionando las vías y contaminando. Además, gracias a los años de terror que vivió el Perú, la gran cantidad de parques y áreas verdes con los que cuenta el distrito estaban enrejados. Solo podían ser observados desde afuera como si fueran museos. Y los sanisidrinos nos habíamos acostumbrado a esto, viviendo en una burbuja de falsa calidad de vida, que se terminaría por romper en cualquier momento. Estábamos enquistados en el pasado y había que dar de una vez el salto a la modernidad que exigen estos nuevos tiempos. La ciudad había sido tomada por los automóviles, la contaminación y la inseguridad. Teníamos que devolvérsela a sus legítimos dueños: los ciudadanos.

Mínima intervención, máximo impacto

Con esas condiciones llegué a la alcaldía en el año 2015, dispuesto a hacer lo necesario, con firmeza y voluntad, para que se den esos cambios que por tanto tiempo habían sido pospuestos. Comenzamos con intervenciones sencillas, pero tratando que tengan el máximo impacto en la calidad de vida de la  ciudadania.

Se eliminaron áreas de estacionamiento público, desincentivando el uso del auto, y fueron convertidos en parklets, espacios modernos con bancas, áreas verdes y hasta zonas Wifi. Así, con una inversión muy pequeña, se invitó a las personas a retomar el espacio público. De la misma forma, con solo algunas manos de pintura, se recuperaron las pocas ciclovías existentes y se trabajaron nuevas rutas ciclistas, tejiendo una red que interconectara al distrito. Comenzamos equipando la ciudad para todos, sin necesidad de desembolsar grandes cantidades de dinero. El inicio fue a escala micro, pero fue provechoso. Sirvió, entre otras cosas, para comenzar el camino a la recuperación total de la ciudad para las personas, con pequeños experimentos que sirvieron de termómetro y ensayo.

El siguiente paso tenía que ser más grande y pasamos a trabajar en proyectos a escala media. Abrimos los parques y los equipamos también. Cuando llegamos a la alcaldía, solo 2 de ellos tenían juegos infantiles. Hoy ya son 18 y la lista de espera es larga, pues todos los vecinos quieren que sus hijos tengan un lugar para jugar seguros cerca de casa.

También pusimos los ojos en el deporte e implementamos minigimnasios en zonas estratégicas, circuitos de la ciudad por donde hay mucha afluencia de corredores. Ahora, luego de su rutina de jogging, pueden completar el ejercicio diario usando modernas máquinas gratuitas, aprovechando al máximo el espacio público. No podíamos olvidarnos de las mascotas y también instalamos zonas exclusivas para ellas en algunos parques. Los llamamos Diverticanes y hoy son punto de encuentro de vecinos, que llevan a correr y jugar ahí a sus perros.

Poco a poco, utilizando escasos recursos, logramos lo que nos planteábamos. Que el público deje de ver la calle como un lugar ajeno, extraño e inseguro, para que se convierta en cambio en un lugar de reunión y comunidad. Teníamos que ir ahora por las intervenciones macro, aquellas obras que, por su magnitud e impacto, terminarían de cimentar nuestra propuesta de una ciudad para las personas.

Calles residenciales y plazas recuperadas

Y entre esos proyectos, que aunque más grandes continúan con la idea de una mínima intervención para un máximo impacto, están nuestras obras emblemáticas. Primero, la calle Libertadores. Antes una vía de desfogue, por donde más de 3 mil autos circulaban diariamente a toda velocidad, y un carril era usado como estacionamiento durante todo el día. Hoy es una “zona 30”, de tráfico calmo. Con un diseño sinuoso y moderno, y una amplia ciclovía. Su estado actual invita al paseo y le ha devuelto la tranquilidad a sus residentes. Del mismo modo, la calle Burgos ha sido transformada en una “zona 30”, y los hijos de sus residentes hoy juegan en ella con total seguridad.

Plaza 31, por su parte, era antes un aparcamiento público para más de 80 vehículos. Y en las noches era un lugar para beber alcohol, oscuro e inseguro. La convertimos en un nuevo parque, con más de 500 m2 de áreas verdes, donde los niños corretean felices y los adultos mayores se solazan. El pedido de los vecinos de la zona era sobre todo seguridad. Luego pidieron un gimnasio, que ya se construyó e inauguró. Cuando la ciudad cambia, las necesidades también.

Y aunque nuestra gestión está llegando a su final, no nos detenemos y seguimos devolviendo la ciudad a las personas. Se han inaugurado dos plazas recuperadas, Bollar y Aldana, con una historia parecida a Plaza 31 y seguiremos trabajando para darle prioridad, y la corona al ciudadano. Porque él es el rey de la ciudad. Y esta debe ser suya. Siempre y para siempre.

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