Relación Gobierno-Vecinos: El futuro

Hay vecinos a los cuales uno nunca llega a ver o a conocer; hay otros que siempre están presentes, los encontramos al salir y al llegar a casa; hay los hoscos, los alegres, los amigables, los que abusan. Aquel viejo concepto del vecino, que habitaba una vecindad, se ha ampliado y diversificado.

En la Ciudad de México la presencia de los vecinos se incrementa paulatinamente en los temas públicos. Hay mayor participación, lo que no significa necesariamente que haya aumentado la calidad de ésta.

La de “vecino” es una figura que no tiene una definición jurídica muy clara. Desde la Ley de Participación Ciudadana, aún del Distrito Federal, podemos deducirlo:

Artículo 8.- Se consideran vecinos de la colonia a los habitantes que residan por más de seis meses en la colonia, pueblo, barrio, fraccionamiento o unidad habitacional que conformen esa división territorial.

La calidad de vecino de la colonia se pierde por dejar de residir en esta por más de seis meses, excepto por motivo del desempeño de cargos públicos, de representación popular o comisiones de servicio que les encomiende la federación o el Gobierno del Distrito Federal fuera de su territorio.

De tal forma que uno puede ser vecino mientras tenga su credencial de elector o algún documento que acredite la residencia, aunque no se viva ahí. (De hecho, las delegaciones expiden una constancia de residencia).

Esa simpleza para comprobar la residencia permite que en procesos electorales algunos candidatos a puestos de elección popular acrediten su calidad de “vecino” aunque no vivan físicamente ahí.

En los últimos años, el término “vecinocracia” se ha vuelto tema común en las discusiones urbanas y de la política pública.

Como lo ha señalado Luis Zambrano en la revista Nexos, el término “vecinocracia” también es usado como el de Not in My BackYard (No en Mi Traspatio), donde se “…mezcla deliberadamente a los vecinos irracionales con los vecinos que no encuentran lógica en el diseño o la implementación de algún proyecto.”[1]

No voy a llevar a cabo una discusión teórica sobre el concepto. Lo que me interesa es ver cómo, a partir de los resultados que vengan luego del proceso electoral de este mes de julio de 2018, las acciones y definiciones de los vecinos se modificarán.

La revisión empírica de las manifestaciones o movimientos de vecinos opositores a las principales obras del gobierno de la Ciudad de México nos permitirían observar muchos de ellos tienen una estrecha relación con partidos o movimientos políticos.

Es decir, estos movimientos opositores no son de vecinos comunes, sino son parte de algo que podemos denominar “vecinos militantes”. Su agenda está integrada a la agenda que tienen algunos partidos políticos. Por ejemplo, la intención de ir contra todo lo que suene o parezca una privatización o beneficio para “intereses privados”.

No estoy juzgando sus intenciones. Estoy describiendo una realidad que fue palpable.

La democracia representativa permite que, con el respaldo del voto mayoritario -aún cuando sea uno o dos votos la diferencia-, el ganador tome las decisiones y lleve a cabo los proyectos propuestos.

Es evidente que la democracia representativa debe conjugar, en las acciones territoriales, en la relación con los ciudadanos, algunos instrumentos de la democracia directa para generar los mejores consensos en las acciones de gobierno.

La democracia determina quién, cómo y de qué forma se ejerce el poder público, lo que no omite el diálogo permanente con los gobernados y es ésta la que debe limitar, junto a las instituciones de gobierno, al poder público.

El principio de la mayoría otorga a los gobiernos la facultad para instrumentar políticas públicas, realizar obras y proponer modificaciones a leyes y a instituciones ¿Porqué debería un gobierno consultar permanentemente a los ciudadanos cuando existe una Asamblea Legislativa -en el caso de la Ciudad de México- donde también existe una representación popular?

Quizá la respuesta más rápida y evidente es que los ciudadanos tienen una gran desconfianza en sus instituciones y en quienes están al frente de ella. Por lo tanto, deben vigilar permanentemente a la autoridad para que no haya abusos.

Frente a los resultados que pueda traer el proceso electoral, hay candidatos que no han mencionado -de alguna forma- si debemos modificar el modelo a través del cual el gobierno está comunicando y generando gobernabilidad con las políticas públicas que implementa.

La participación de los ciudadanos es esencial para construir la gobernabilidad en la Ciudad. No existen vecinos buenos o malos, creo que cada cuál tiene intereses definidos: unos influir para que las políticas no afecten el entorno en el que viven; otros, tienen una agenda política que llevan al terreno vecinal.

La Ley de Participación Ciudadana con la que la autoridad trabaja es obsoleta y ha demostrado que sus figuras, las de representación son inoperantes: sus integrantes viven en constante confrontación porque son de planillas diferentes; la presidencia y algunos de sus miembros se convierten en “caciques” que hablan de “su colonia”; algunos integrantes confunden intereses y opiniones personales con las de sus vecinos.

Hay Comités que no convocan a reuniones ni llevan un aseado proceso interno; no informan ni rinden cuentas; y, algunos, nacieron cuestionados por el origen del apoyo que los hizo ganar.

La voz de los candidatos a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México es una constante repetición para pedir que los ciudadanos -o los electores- les den la confianza de su voto. Sin embargo, poco escuchamos de sus propuestas para modificar o redireccionar los instrumentos a través de los cuáles se genere la participación.

El término “vecinocracia”, lamentablemente se volvió peyorativo para señalar a un grupo de vecinos que participan y que cuestionan constantemente a la autoridad; y, por otra parte, a aquellos “militantes” que llevan a la arena vecinal la agenda y confrontación de los partidos o movimientos políticos.

La Ciudad de México requiere una puesta al día en las formas de relación entre autoridades y ciudadanos. En ella no hay buenos o malos; deber haber, simplemente, una necesaria búsqueda para generar gobernabilidad.

[1] https://labrujula.nexos.com.mx/?p=463

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