Septiembre es de la Ciudad de México

Para el equipo de la Autoridad del Espacio Público

En ese 1985, cada cual ayudó sin pensar en las selfies, sin intentar atrapar la inmortalidad moviendo piedras, cargando alimentos o levantando el puño para hacer silencio.

Aún pueden verse las banderas nacionales, ondeando en muchos lugares de la Ciudad de México. El poeta T. S. Eliot, escribió en The Waste Land:

“April is the cruellest month, breding

lilacs out of the dead land, mixing

memory and desire, stirring

dull roots whit spring rain”[1]

Septiembre inicia, en las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México, con el despliegue de colores, con la salsa de Nogada en el paladar al comer los chiles, con el mensaje institucional: “el mes de la patria”. Continúa con la ceremonia que cada año se realiza a las 7:19 de la mañana el día 19.

No es Abril, Septiembre parece ser el más cruel para la Ciudad de México.

Una noche de 1864, del mismo mes cruel, en la hacienda de San Juan de la Noria Pedriceña, el perseguido Benito Juárez –quizá no acartonado como lo reconstruyó la historia oficial-, encomendó a Guillermo Prieto averiguar cuál era el motivo del escándalo que se escuchaba en el patio del sitio que les servía de refugio.

Era el 15 de septiembre. Con un zarape de Saltillo, verde-blanco-rojo, frente a una mesa desvencijada y –dicen- sin una pata, Benito Juárez pronunció el grito continuando el que, en Dolores, Hidalgo pronunció para la Independencia de México.

Guillermo Prieto escribió: La patria es sentirnos y hacernos dueños, amplios y grandes con nuestro cielo y nuestros campos, con nuestras montañas y nuestros lagos…” También, hubiera escrito el poeta, con el pico y la pala con la que una joven, este 19 de septiembre, rompía lozas.

Una presencia inagotable, las jóvenes de aquí para allá, vestidas con botas y pantalones de mezclilla, con cascos y con guantes o sin ellos. Enojadas porque la autoridad había llegado después, desplazándolas, de una labor que iniciaron al saber la caída de los edificios, de las viviendas.

En el Centro Histórico el regreso a clases en las escuelas primarias esta precedido de la aparición de comerciantes vendiendo banderas y artículos patrios. Un viejo libro de la educación primaria mostraba un Quiosco lleno de papeles de colores, los niños corriendo alrededor, los vendedores con elotes, con buñuelos.

En la mañana de 1985, los más de mil inmuebles derribados eran superiores a la masa movilizada, a las miles de manos tratando de salvar la ineficiencia gubernamental. No había redes sociales, no había medios instantáneos. Cada cuál descubría el drama.

En ese 1985, cada cual ayudó sin pensar en las selfies, sin intentar atrapar la inmortalidad moviendo piedras, cargando alimentos o levantando el puño para hacer silencio.

En un Déjà vu, en las colonias afectadas, los hijos o quizá los nietos que alguna vez escucharon la leyenda de sus padres sobre 1985, salieron a la calle y dejaron atrás la visión simplista de una juventud sin compromiso.

Advirtiendo los versos de Jaime Gil de Biedman en Noche triste de octubre, 1959

“…Adelantaron

las lluvias, y el Gobierno

reunido en consejo de ministros,

no se sabe si estudia a estas horas

el subsidio de paro

o el derecho al despido

o si sencillamente,

aislado en un océano,

se limita a esperar que la tormenta pase

y llegue el día, el día en que, por fin,

las cosas dejen de venir mal dadas”.

… salieron a la calle a tomar el espacio público y hacerlo suyo, a hacer suya la etapa del salvamento y la solidaridad.

Es absolutamente seguro que nunca volveremos a ver la Ciudad perdida en 1985 como lo adelantara José Emilio Pacheco. Y en este 2017, en este Septiembre de 2017, varias calles dejarán de tener un rostro conocido.

No volveremos a ese espacio donde compartiste horas, una oficina, un departamento, porque ahora están “afectados”. Hay que mirar con nuevos ojos la oportunidad de andar por la calle y reconstruir el futuro.

Es completamente seguro que nunca vuelva a ver a las voluntarias y brigadistas que a nuestro costado trabajaron retirando escombros; botas y pala asumidas, trabajaron  incansablemente. Son los rostros de esta Ciudad de México.

Hoy, 25 de septiembre, El Heraldo de México plasma en su portada una de las fotografías que definen y definirán nuestro siglo. Más que nunca son ellas, las mujeres, las que demostraron los valores que tenemos en México. No es la primera vez -ni la última- que lo hacen.

Para esa mal definida generación de Milennials, generación Y o “ninis”, la Ciudad es el territorio conquistado. Las palabras de Guillermo Prieto tendrán un significado real, aún sin conocerlas.

Un 26 y 27 de septiembre, de 2014, también descubrimos que existía Ayotzinapa, en Guerrero, y que las secuelas para buscar a los activistas asesinados serían una mancha para todo el sistema político mexicano. También eran Milennials con un escenario diferente, con condiciones y vida diferente.

¿Tienen las instituciones, nuestro Estado, nuestro sistema, la capacidad para entender a esta generación, a la que viene? ¿Tenemos el edificio institucional para construir los roles que nos permitan que esa espontanea solidaridad se transforme en certidumbre cotidiana?

En cada inmueble derruido, el rechazo de muchos jóvenes a la autoridad parecía un elemento preexistente. Por conducto de las redes sociales, y sus fake news, las acciones de las autoridades fueron cuestionadas. Y fueron también los medios de comunicación quienes demostraron incapacidad para dejar a tras el raiting y ser puntuales comunicadores de hechos.

Parece que al iniciar en Septiembre nuestra Independencia, el mes quedó marcado. Quizá solamente es una teoría conspirativa sin sentido, una coincidencia de los arcanos. Lo cierto es que Septiembre será el mes donde la leyenda de los Niños Héroes se conjugue con los estudiantes de Ayotzinapa, con los héroes de 1985 y con los “Ninis” y “Mileninials” de este 2017.

Cada 15 de septiembre estará acompañado por la sorpresa, por la memoria de los que faltan, por el recuerdo de los que estuvieron en este 2017 al lado. La Ciudad de México seguirá respondiendo. Septiembre es el mes más cruel para la Ciudad de México, pero también el más glorioso, mezcla de recuerdos y anhelos en el polvo que se disipa.

[1] “Abril es el mes más cruel: engendra

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos y anhelos, despierta

inertes raíces con lluvias primaverales”.

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