Seguir viendo

Singladura: Crear riqueza

Por Roberto Cienfuegos J.

El punto clave consiste en cambiar el paradigma conceptual en las mentes mexicanas, al menos en la mayoría de ellas.

El fenómeno del desempleo está creciendo en México bajo el gobierno de López Obrador, aún él tenga sus propias cifras, claro. El punto sin embargo en este texto es hablar en ese ambiente de agudo desempleo por los miles de despidos a partir del inicio de esta administración y de la cautela del mundo empresarial por las dudas que genera la conducción económica nacional, sobre la urgencia de que los mexicanos comencemos a imaginar ideas, formas y proyectos para crear riqueza. Esto antes de que colapse el techo laboral como consecuencia directa del aletargamiento económico, vinculado a la duda, la sospecha, la desconfianza o, simple y llanamente, la prudencia.

En este sentido, Venezuela nos brinda un espejo oportuno sobre los riesgos económicos que está registrando México en estos momentos de achicamiento o, para decirlo en términos del jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, de “cachetadita” económica en relación al decrecimiento de 0.2 puntos porcentuales registrado el primer trimestre del año.

Al matizar, Romo dijo sin embargo que “el objetivo está en 4 por ciento promedio”. Algo de lo que –agregó- “no hay duda” porque “lo que importa es la tendencia”. Cabe en ese apunte del funcionario renunciable, un margen nada desdeñable si uno intuye que “el objetivo” o “la tendencia” están en cuatro por ciento.

La experiencia de Taiwán, que citaré más adelante, también abona en este comentario.

Retomemos “el objetivo” señalado líneas arriba: crear riqueza. El punto clave consiste en cambiar el paradigma conceptual en las mentes mexicanas, al menos en la mayoría de ellas.

Cito el caso de Venezuela porque es comparable con la experiencia mexicana cuando a lo largo de muchas décadas hemos concebido a México como “el cuerno de la abundancia”, conforme una descripción hecha por Alexander von Humboldt, llegado en 1803 a la entonces llamada Nueva España.

El barón de Humboldt refirió a México como “el cuerno de la abundancia” por su morfología, pero sobre todo por constituir un territorio geográficamente rico en flora, fauna y materias primas.

Desde entonces, la mayoría, sino todos los mexicanos, damos por hecho que México tiene una riqueza que prácticamente se desparrama y/o está en espera de que alguien, quien sea, la tome. Nada más equivocado.

Lo mismo o algo bastante similar ha ocurrido en Venezuela durante muchos años. Se le hizo creer al país, a los venezolanos pues, que les sobraba riqueza, que eran ricos y que bastaba con disfrutarla. Pero lo cierto es que Venezuela es un país que sólo tiene un alto potencial de riqueza a partir de sus abundantes reservas petroleras, y la enorme cantidad de minerales como oro, hierro, bauxita, diamantes y otros.

Carece sin embargo Venezuela de infraestructura física y aún humana, intelectual y sobre todo política suficiente para aprovechar su riqueza. México está en condiciones un tanto menos deplorables en este ámbito, pero también urge que se detone la inversión para infraestructura de todo tipo. Por eso es lamentable, por ejemplo, que se haya cancelado la construcción de un aeropuerto anunciado como uno de clase mundial y se hayan sepultado millones de pesos como si el país tuviera recursos infinitos para el despilfarro. Digo esto al margen, aclaro, de las condiciones técnicas, ambientales y aún geológicas que pudieran eventualmente justificar semejante cancelación. Pero es claro que esta determinación de gobierno envió un mensaje a la comunidad económica nacional e internacional altamente costoso, incluso mayor que el monto sepultado.

Un amigo mío, diplomático taiwanés, me dijo un día que su país sólo se convirtió en uno de los  tigres asiáticos cuando todos sus compatriotas, o la mayoría al menos, se dieron cuenta de que lo único que tenían disponible era el cerebro de cada uno de los habitantes de ese archipiélago, situado frente a las costas de la gran China continental. No tenemos recursos naturales, agregó mi amigo. Lo único “natural” es el cerebro de unos 30 millones de taiwaneses en unos 36 mil kilómetros cuadrados. Hoy, al cabo de una tarea de cinco décadas, constituyen un país desarrollado, que mantiene su independencia de la China comunista y que se dan el lujo de tener un sistema de misiles apuntando a las costillas chinas. Ese es el tipo de infraestructura que México y otros países latinoamericanos requieren.

Una vez más retomo el punto. En Venezuela, políticos descuidados o demagogos se encargaron de introducir la creencia de que el país era (es) inmensamente rico. También muchos de esos políticos asumieron y difundieron con absoluta convicción, por ignorancia o interés, que la corrupción constituye el problema nacional número uno. Pero no lo es, no al menos del todo y muicho menos el único.

Moisés Naim, un ex ministro de Fomento durante la segunda presidencia de Pérez, escribió un texto esclarecedor sobre el fenómeno Venezuela en el número 82 de Estudios de Política Exterior, edición julio-agosto de 2001.

Por su relevancia para comprender el caso Venezuela, y también a México, en cierto paralelismo, cito a Naim, un reputado intelectual y escritor venezolano.

Naim aclara que aun y cuando Venezuela registró “ocasionales y efímeros golpes de suerte” por los altos precios del crudo, el declive secular de los ingresos petroleros, combinados con las crecientes necesidades de una población en aumento y el fracaso en el desarrollo de otras actividades económicas, hicieron al petróleo insuficiente para hacer rico al país.

En 1974, recordó Naim, el petróleo contribuyó con 1.450 dólares per cápita a los ingresos del gobierno y representó más del ochenta por cien de los ingresos totales del Estado. Veinte años después, contribuía sólo con doscientos dólares per cápita y representaba menos del cuarenta por cien del total de los ingresos fiscales.

Expone que en las últimas dos décadas, la pobreza, no la riqueza, ha sido la característica que mejor define a Venezuela. Hoy, el 68 por cien de los venezolanos vive por debajo de los umbrales de la pobreza.

Refiere igualmente un fenómeno propio de Venezuela, pero también de casi toda América Latina, México incluido por supuesto.

“Venezuela carece de las infraestructuras humanas y físicas necesarias para ser un país rico; sus recursos petroleros y mineros han resultado ser más un obstáculo que una ventaja en la creación de las condiciones que podrían conducir a un futuro próspero y estable”, explica Naim.

Esta situación, también extensiva a México, “es una confirmación inequívoca de la regla general según la cual la abundancia de recursos naturales induce al parasitismo y asfixia al desarrollo”.

Naim cita la tesis del escritor uruguayo Eduardo Galeano cuando señaló que “la pobreza de América Latina se debe a su riqueza de recursos naturales”.

La realidad políticamente explosiva, apunta, es que el noventa por cien de los venezolanos continúa creyendo que vive en un país rico, y que el único problema nacional -¡por favor! es la corrupción.

Un tema que ha resultado una bandera de políticos mañosos y aún demagogos, más interesados en su ascenso al poder que en combatir el fenómeno, es la corrupción, señalada con insistencia como “la causa principal de los problemas económicos y sociales de Venezuela”. También en México se ha creído este argumento. Cierto, la corrupción en México explica muchas cosas, pero resulta falsa la combinación de que el país está como está por la corrupción. Sí, la corrupción y muchos factores más complejos, pero que ignoran muchos políticos de manera deliberada o ignorante para satisfacer sus propios fines.

Retomemos los conceptos y palabras de Naim: “Ésta es otra de las creencias profundamente arraigada en la mayoría de los venezolanos. Si el país es rico y su riqueza pertenece al Estado pero la población es pobre, entonces alguien debe haberla robado. Ese “alguien” es obviamente “los políticos” y los “ricos”, deduce Naim.

Añade que con base en ese razonamiento, inexacto, “la corrupción se convierte en un tema central de la psicología nacional y la desconfianza en el gobierno en una actitud omnipresente y justificada”.

“El corolario es la creencia de que una pequeña elite se ha apropiado indebidamente de la riqueza del país a expensas de los pobres”, razona Naim.

“En consecuencia, el mantra –repetido incansablemente, pero rara vez sometido a examen– es que en Venezuela la corrupción es el principal, si no el único, obstáculo al desarrollo. Una vez que se elimine la corrupción, cree la población, la riqueza –que ya está ahí– se difundirá casi instantáneamente y sin mayor esfuerzo”, indica. ¿Nos dice algo este razonamiento hoy día a los mexicanos? Pregunto.

Paradójicamente, dice Naim, “la obsesión nacional con la corrupción también la ha hecho más aceptable socialmente debido a la presunción de que “todos participan en ella y de que reina la impunidad”.

Además, “a menudo se justifica la corrupción como el único medio de apropiarse de la legítima parte que a uno le corresponde de la riqueza nacional; una porción que, de cualquier modo, sería robada por otros”.

El efecto es que “la condena moral de la corrupción haya fracasado rotundamente en reducirla. Aun así, esas denuncias siguen siendo el único instrumento del que los líderes y los votantes del país parecen disponer para solucionar el problema”, expone.

Peor todavía, añade Naim, “la idea de que la corrupción es el principal culpable de los problemas nacionales está en el origen de la inestabilidad política y económica de Venezuela. El debate nacional sobre el alivio de la pobreza se reduce a centrarlo en la erradicación de la corrupción, prestándose sólo una escasa atención a las políticas e instituciones necesarias para crear nueva riqueza y mejorar la gestión del país. La condena moral y las promesas de conducta ética encuentran mayor apoyo y son más fácilmente aceptadas que cualquier otro tipo de propuesta política”.

Por tanto, la percepción “de honestidad se convierte así en la única credencial relevante para el reclutamiento y designación de los líderes; la presunción de honradez se superpone a cualquier preocupación sobre la carencia de calificaciones o competencias técnicas en el nombramiento de los funcionarios. Las propuestas para crear otras fuentes de riqueza o para reformar políticas que estimulan la corrupción reciben poca atención o, simplemente, son arrolladas por las cruzadas moralistas anticorrupción”.

Sobre el futuro de Venezuela, Naim reconoció en 2001 a Chávez como un político astuto y carismático. “Pero el carisma y la astucia no bastan para explicar su extraordinario ascenso y su casi completa hegemonía sobre la política venezolana. Lo que distingue a Hugo Chávez de sus rivales no es sólo su rara habilidad para sintonizar su mensaje con las más profundas creencias de la amplia mayoría de la población, sino su entusiasta disposición a activar la rabia colectiva y los resentimientos que otros políticos no pudieron ver, rechazaron utilizar o, más probablemente, porque tenían intereses creados en no exacerbar”.

Así, los atributos personales de Chávez y las circunstancias del país han convergido no sólo para hacer de él el presidente más popular de la historia reciente, sino además en dotar a su gobierno con un inmenso capital político.

Algo debe decirnos este análisis a los mexicanos. La historia es la maestra de la vida. Es tiempo de tomar lecciones. Requerimos ciudadanía, análisis y conocimiento para avanzar y estar en condiciones de construir, a partir de nuestro propio esfuerzo y en condiciones nacionales mínimamente adecuadas, un mejor país que no se conforme con explicaciones simplonas que sólo benefician a unos pocos.

ro.cienfuegos@gmail.com

@RobertoCienfue1

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: