Singladura: Gigantismo urbano

Por Roberto Cienfuegos J.

Y la ciudad creció y se multiplicó, alentada en buena parte por los ejes viales, así hayan costado la expropiación de centenares de inmuebles, la tala aberrante de miles de árboles y el crecimiento desmesurado de la capa asfáltica.

Hace tiempo, la ciudad de México resiente el fenómeno del gigantismo. Crece como hiedra y devora prácticamente todo, incluso la vida de sus habitantes, los supervivientes intoxicados con las nanopartículas denominadas PM2.5, cuyos componentes desconocemos al menos la mayoría de los “chilangopolitanos”, el término que acuñó el extinto historiador, cronista, periodista y maestro universitario Arturo Sotomayor de Zaldo.

Sabemos si acaso que esas partículas finas, -así las llaman las autoridades- se meten en nuestro organismo, invaden los pulmones y en algunos casos generan la muerte. Así de simple, así de grave.

La titular del gobierno capitalino, Doctora Claudia Sheinbaum, su secretaria de Medio Ambiente, Marina Robles y aún el gobernador mexiquense, Alfredo del Mazo, acaban de anunciar medidas con las que pretenden abatir la contaminación atmosférica que ya está cobrando vidas y generando enfermedades entre los capitalinos. Resumido, el plan prevé la plantación en 18 meses de unos 10 millones de árboles y el endurecimiento del programa Hoy no circula, que incluirá ahora a las calcomanías 0 y 00.

No se prevé, o al menos no se dijo, la adopción de alguna fórmula que garantice el fin de la corrupción que también envenena e impera en numerosos centros de verificación en la capital y del aledaño estado de México. Omitir no sé por qué razones o motivos la necesidad de poner un candado inviolable a la corrupción que sabemos impera en los centros de verificación vehicular mellará el nuevo programa, puesto en marcha el jueves 23 del mes que termina.

La siembra de árboles en la ciudad es una buena idea. Consumirá recursos, tiempo y exigirá cuidados para garantizar la sobrevivencia del mayor porcentaje de árboles sembrados y de espacios reforestados. El esfuerzo es loable y ojalá fructifique para beneficio de todos, pobres, ricos, o de la clase media sobreviviente. Mal o bien, todos respiramos y ojalá que sea un aire menos sucio, con menos veneno.

El tema de fondo es el crecimiento urbano desbordado, indetenible, anárquico, estúpido y, lo peor, suicida. Hace años, insisto, la ciudad se convirtió en el botín de la codicia de gobernantes que hicieron suya la máxima hankiana (Carlos Hank González), según la cual un político pobre es un pobre político. Hank González hizo de la fórmula política-empresarial su bastón de mando y el eje de su fortuna. Por poco alcanza la presidencia del país, pero se le atravesaron una vocal y tres consonantes: “Hank”, de origen alemán. Quizá en otra vida.

Y la ciudad creció y se multiplicó, alentada en buena parte por los ejes viales, así hayan costado la expropiación de centenares de inmuebles, la tala aberrante de miles de árboles y el crecimiento desmesurado de la capa asfáltica.

Poco antes fue el metro capitalino, inaugurado por el entonces Jefe del Ejecutivo Federal, Luis Echeverría Álvarez, y que marcó sin duda el mayor hito modernizador de la capital mexicana. Una obra necesaria, claro, para una ciudad crecientemente gigantona, pero que terminará por devorar el gusano naranja, por más kilómetros que añadan de túneles y vías, subterráneas o en superficie.

Así podemos seguir enumerando obras de infraestructura cada vez más avasalladoras de la ciudad como parte de la consigna pública número uno de los gobernantes: crecer, así sea a cualquier precio. Los segundos pisos, las ampliaciones de avenidas y aún las nuevas rutas del metro para conectar puntos ignotos y desconocidos por una inmensa mayoría de residentes de la ciudad, han marcado la pauta.

Y qué bien podría decirse. El crecimiento es bueno, podría argumentarse. Mas no siempre, hay que advertir. La ciudad, como cualquier ente vivo, enfrenta límites al crecimiento desmedido, desordenado, inmenso, contrahecho. Pero eso a pocos importa. Menos a los gobernantes, que al amparo del crecimiento se han enriquecido con el ánimo de conjurar el peligro personal de ser unos políticos pobres, así resulte en perjuicio de los capitalinos y de quienes habitan en las goteras de la megalópolis mexicana en que se ha convertido –la han convertido- toda clase de “políticos” mercachifles.

Es el caso de lo que recién anunció el gobierno de la ciudad en relación con la ampliación o crecimiento de los vagones del metro en la línea que corre de La Paz a Pantitlán, el saturadísimo oriente de la ciudad.

Las autoridades del metro tuvieron la gran idea de hacer crecer la capacidad de cada tren para albergar en calidad de sardinas a mil 500 pasajeros, en vez de los mil anteriores. De esa forma incrementarán en unos seis mil el número de personas por vuelta de cada unidad.

¿Qué cree que va a pasar? Sólo una cosa. Se saturará el servicio, ya de suyo rebasado, por el número de personas. Empeorarán las condiciones de ese transporte para miles de usuarios, pero eso no importa. Hay que crecer como sea. Lo mismo ocurrió hace unos años, por ejemplo, con las vías “rápidas” de la ciudad luego de que los gobernantes genios hicieron con ayuda de solo pintura tres carriles de dos. ¿Por qué? Pues porque hay que crecer y hacerse rico con la obra pública.

Es tiempo de que alguien piense en la urgencia de poner un alto al crecimiento de la ciudad, aun y cuando esto implique la renuncia a pingues negocios a costa de la capital del país. No podemos ni debemos seguir creciendo al ritmo que llevamos. Si persistimos, todo nos quedará chico. De hecho, ya todo nos queda chico. Es obvio. No hay ciudad en el mundo que soporte un crecimiento imparable. Es peligroso y sólo por eso hay que evitarlo.

Sobre el punto, el arquitecto Rodolfo Flores Lara, ex vicepresidente del Colegio de Arquitectos de la Ciudad de México, dijo a Alcaldes de México:

La ciudad ha venido creciendo de una manera anárquica sin un control de los Gobiernos Federal y Estatal, generado por el binomio de Corrupción e Impunidad desde hace más de 100 años.

El o los riesgos del crecimiento urbano y  poblacional  por consiguiente de los servicios y la infraestructura inmobiliaria es multifactorial: Escasez de agua, Incremento de la contaminación ambiental, alto consumo de energéticos. Los funcionarios responsables de las áreas son improvisados y sin conocimiento técnico, apunta el arquitecto Flores Lara.

¿Qué es la planeación para los funcionarios en turno desde hace décadas? Pregunté al arquitecto Flores Lara.

Esta fue su respuesta:

Hacen programación con improvisaciones y siempre con corrupción e impunidad. Hoy hay indicios por la jefa de Gobierno de rescatar la rectoría en la Planeación Integral.

Acusa al gobierno de Miguel Angel Mancera de alentar “los intereses para unos cuantos”, y añadió que “lamentablemente los Arquitectos históricamente que han ocupado el cargo en la responsabilidad del Desarrollo Urbano de la Ciudad son los que en contubernio con los que participan en todas las disciplinas  del proceso son los causantes del caos y anarquía, contrariamente a su formación profesional Ética y su vocación de servicio en beneficio para la población a la que asistieron en las Universidades”.

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@RobertoCienfue1

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