Un cardenal para Michoacán

En días pasados recibimos con agrado el nombramiento como Cardenal del Arzobispo de Morelia,  Alberto Suárez Inda, hombre que ha mantenido un bajo perfil y que ha sido mirado por dos de los jerarcas más queridos de la Iglesia Católica, el Papa Juan Pablo II, quien le otorgó el primer título y el Papa Francisco, que el próximo 14 de febrero hará oficial la reciente designación.

El nombramiento de Suárez Inda no sólo repercute en su carrera pastoral sino en la realidad michoacana que se ve afectada por la continuación de la violencia y la pérdida de valores que ésta ha generado. Bien lo ha señalado el designado Cardenal, este reconocimiento ha sido hecho por el Papa con la intención de que Michoacán recupere la esperanza.

Sin embargo, ante la humildad mostrada por Monseñor Alberto Suárez Inda, es necesario resaltar la forma en la que se ha manejado y predicado ante las dificultades que han padecido y que padecen las y los michoacanos.  A sus 76 años de edad, a través de su labor, el mexicano, no ha renunciado a formar y exigir el bien común, pues sorteando un clima de inseguridad, ha sostenido un estado de fe, mediante llamados a la reconciliación y el orden social.

Después del Papa, el segundo título más importante en el organigrama católico es el de los cardenales, que fungen como cuerpo consultivo de su Santidad. Esta distinción otorgada a Suárez Inda, viene contraria a su solicitud de renuncia y la etapa de su jubilación.

El imaginario mexicano, ferviente creyente del catolicismo, merece este tipo de nombramientos a figuras sobresalientes que no han hecho más que una labor digna, sobre todo debido al panorama difícil que atraviesa un estado como Michoacán y un país como México, en el que sus ciudadanos no necesitan perder la fe. Es mi opinión…

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