Gane quien gane…

A lo largo de las campañas todo cambia: se definen las preferencias, algunos candidatos cometen errores, otros sorprenden con sus propuestas y finalmente las encuestas siguen reportando una opinión del electorado incierta. En este año, cuando las campañas iniciaron, empezamos a escuchar un elemento novedoso en los discursos: la necesidad de buscar reconciliación o de construir algún acuerdo entre los ahora rivales, independientemente de quién ganará la elección. Ciertamente cada uno de los candidatos, con sus matices, avanzó en esa dirección. Por ejemplo, Anaya reiteró desde el inicio su llamado a un gobierno de coalición, López Obrador prometió que no habría represalias contra sus rivales y Meade mostró la misma tónica, lo mismo que Margarita Zavala.

La experiencia dice que cuando se pusieron de acuerdo las fuerzas en el Congreso de la Unión, fue posible destrabar proyectos de reformas necesarias para el país, incorporando en lo general puntos de vista de los diferentes actores. A esa experiencia se le llamó Pacto por México, que operó durante los primeros años del actual sexenio. Más allá de los alcances de las reformas producto de ese pacto, lo cierto es que el presidente Peña Nieto difícilmente habría logrado realizar los cambios del inicio de su administración sin un acuerdo previo entre todas las fuerzas. En algunos casos, para el Pacto no importó el número de votos que cada bancada tenía en las cámaras.

Uno de los efectos de esa experiencia fue incluir en la Constitución de la República la figura del Gobierno de Coalición. Desde 2014 (dice la Constitución), es facultad del Presidente de la República, “en cualquier momento optar por un gobierno de coalición con uno o varios de los partidos políticos representados en el Congreso de la Unión” (Artículo 89, fracción XVII). Para ello habría que firmar un convenio y un programa de acción que tendría que ser votado por la Cámara de Senadores.

La realidad es que, gane quien gane, tendrá que establecer algún mecanismo de diálogo con las otras fuerzas políticas y el camino idóneo es el Congreso de la Unión. De otra manera, incluso la aprobación del presupuesto para 2019 enfrentaría problemas serios. El Gobierno de Coalición está previsto y obviamente, quien tenga mayor fuerza en el Congreso podrá imponer mejor sus condiciones. Por eso, López Obrador inició su campaña llamando al voto no sólo para él, sino para sus candidatos al Congreso de la Unión. Cualquier candidato presidencial sabe que, sin una mayoría clara en las cámaras, la negociación es la única salida para la gobernabilidad. Entonces, lo que estará en juego es la capacidad de negociación del equipo de gobierno del nuevo Presidente.

Ante un escenario de este tipo, se requiere hacer de la virtud política la fuerza que permita construir acuerdos, negociar soluciones, incorporar diversos puntos de vista y definir el contenido de los cambios. En términos de disponibilidad para negociar, cada candidato debe mostrar de qué tamaño es su apertura. Desde el punto de vista de los votos, cada partido debe buscar su fortalecimiento en el Congreso. Por eso, una vez más cobran importancia las elecciones locales como un referente importante que podrá repercutir en la composición del Congreso de la Unión. Más de 40 por ciento del padrón electoral estará participando en las nueve entidades que elegirán a su gobernador o jefe de gobierno. Sin duda, esas campañas influirán en el voto de las demás opciones. Gane quien gane, será necesario escuchar la voluntad nacional (para elegir Presidente) y atender la voluntad local (para elegir al Congreso). A eso se le llama: pesos y contrapesos. De eso se trata, entre otras cosas, la democracia.

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