Singladura: gigantismo urbano

Hace años, la Ciudad de México se convirtió en el botín de la codicia de gobernantes que hicieron suya la máxima hankiana (Carlos Hank González): “Un político pobre es un pobre político”.

Y la ciudad creció y se multiplicó, alentada en buena parte por los ejes viales, así hayan costado la expropiación de centenares de inmuebles, la tala aberrante de miles de árboles, el crecimiento desmesurado de la capa asfáltica y poco antes el metro, que marcó sin duda el mayor hito modernizador de la capital mexicana. Una obra necesaria, claro, para una ciudad crecientemente gigantona, pero que terminará por devorar al “gusano naranja”, por más kilómetros que añadan de túneles y vías, subterráneas o en la superficie.

Así, podemos seguir enumerando obras de infraestructura cada vez más avasalladoras, como parte de la consigna pública número uno de los gobernantes: crecer, así sea a cualquier precio. En esta dinámica han destacado los segundos pisos, las ampliaciones de avenidas y aun las nuevas rutas del metro para conectar puntos desconocidos por una inmensa mayoría de residentes de la ciudad.

La ciudad, como cualquier ente vivo, enfrenta límites al crecimiento desmedido, desordenado, inmenso y contrahecho. Pero eso a pocos importa. Menos a los gobernantes, que al amparo del crecimiento se han enriquecido con el ánimo de conjurar el peligro personal de ser unos políticos pobres, así resulte en perjuicio de los capitalinos y de quienes habitan en las goteras de la megalópolis mexicana.

Hace unos años también se dio un crecimiento desmedido con las vías “rápidas” de la ciudad, luego de que los gobernantes “genios” hicieron, con ayuda de sólo pintura, tres carriles de dos. ¿Por qué? Pues porque hay que crecer y hacerse rico con la obra pública.

Es tiempo de que alguien piense en la urgencia de poner un alto al crecimiento de la ciudad, aun y cuando esto implique la renuncia a pingües negocios a costa de la capital del país. No hay ciudad en el mundo que soporte un crecimiento imparable.

Es peligroso y sólo por eso hay que evitarlo. Sobre el punto, el arquitecto Rodolfo Flores Lara, ex-Vicepresidente del Colegio de Arquitectos de la Ciudad de México, dijo: “La ciudad ha venido creciendo de una manera anárquica sin un control de los gobiernos Federal y estatal, generado por el binomio de corrupción e impunidad desde hace más de 100 años”.

Apuntó que los riesgos del crecimiento urbano y poblacional, y por consiguiente de los servicios y la infraestructura inmobiliaria son multifactoriales: escasez de agua, incremento de la contaminación ambiental y alto consumo de energéticos. “Los funcionarios responsables de las áreas son improvisados y sin conocimiento técnico”. ¿Qué es la planeación para los funcionarios en turno desde hace décadas? Pregunté al arquitecto. Ésta fue su respuesta: “Hacen programación con improvisaciones y siempre con corrupción e impunidad. Hoy hay indicios, por la Jefa de Gobierno, de rescatar la rectoría en la planeación integral”.

Acusó al gobierno de Miguel Ángel Mancera de alentar “los intereses para unos cuantos”, y dijo que “lamentablemente, los arquitectos que históricamente han ocupado el cargo en la responsabilidad del desarrollo urbano de la Ciudad son los que, en contubernio con los que participan en todas las disciplinas del proceso, son los causantes del caos y la anarquía, contrariamente a su formación profesional ética y su vocación de servicio en beneficio de la población a la que asistieron en las universidades”, concluyó el arquitecto.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: