Singladura | La Covid-19 me pela los dientes

Por Roberto Cienfuegos J.

Para gobernar y hacerlo bien se requieren dos. Una parte que guíe, dirija, inspire o de el ejemplo, y otra que escuche, atienda y ayude, se sume y haga suyo el esfuerzo común.

¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano? Es la pregunta que nos hizo el célebre Chava Flores y que también uno se hace cuando decenas, cientos, miles y aun millones de mexicanos en Ciudad de México y otras entidades, omiten, recelan, se malponen o simple y llanamente les vale madre el cubrebocas o barbijo.

Ni hablar, claro, del uso de una careta, un gel antibacterial o el lavado de manos, una práctica esta última que a muchos se nos enseñó cuando fuimos niños y que en estos tiempos de pandemia resulta clave como medida básica de prevención.

Si hablamos de la sana distancia, otra vez la resistencia, la ignorancia, el valemadrismo más puro y auténtico. Ah y ni se le ocurra a algún ciudadano preocupado por su salud y el entorno peligroso sanitario en el que nos movemos, hacer notar y/o solicitar, así sea de manera cordial, la violación de esta medida de prevención, porque lo menos que puede llevarse el ciudadano que se atreva a hacer la observación, es una mirada furiosa, una mentada de madre y hasta unos trompones.

Muchas de estas “personas” que violan de manera flagrante una convivencia social sana, son estúpidos y necios o testarudos. Uno piensa: pues si solo se tratara de ellos, pues dicen por allí que el que por su gusto muere hasta la
muerte le sabe. Pero no. Infelizmente el punto no se reduce sólo a ellos o un asunto personal en estos tiempos de la Covid-19. Se trata de que cada una de estas “personas” constituye un foco potencial y peligrosamente infeccioso para los demás. Aquí es entonces donde la puerca tuerce el rabo.

En estos días, en víspera de que la jefa de gobierno de la capital mexicana, Claudia Sheinbaum, decidiera el regreso al semáforo rojo epidemiológico, el centro histórico de la ciudad de México registró un tránsito vehicular y peatonal
más típico de cada una de las épocas decembrinas previas al 2020 que de un momento pandémico y de alto peligro para la vida y la salud de los capitalinos. Las escenas trasuntaron valemadrismo, así, dicho de esta forma. Largas filas en comercios y comederos, ventas de todo tipo en las calles, tráfago intenso de mercancías navideñas, paseos en familia como si no pasara nada, apetito voraz por el consumismo desde baratijas hasta electrodomésticos, ropa, calzado y cuanto objeto pueda uno imaginar y esté sujeto al mercado. Por días, las escenas fueron una evocación finisecular o hasta de fin del mundo.

¿A quién le importa la Covid-19? El cobijas como alguien acertadamente bautizó al virus venido de China y que implica la desafortunada y peligrosa vinculación con las cobijas en caso de contagio y/o muerte. A muy pocos, si acaso. El transporte capitalino, carretero, en estaciones de autobuses y urbano en varios estados del centro de México fue intenso. ¿A quién le importa la Covid-19? A pocos.

Poco igualmente pueden hacer las autoridades de cualquier país, ciudad, estado o municipio, si la gente desatiende, ignora, desdeña. Para gobernar y hacerlo bien se requieren dos. Una parte que guíe, dirija, inspire o de el ejemplo, y otra que escuche, atienda y ayude, se sume y haga suyo el esfuerzo común. Es un binomio clave. De otra forma, nada es posible.

Los números deberían haber ayudado en la tarea de sensibilizar a la población sobre los peligros en estos días de pandemia. Pero no. Que hoy México se aproxime a los 120 mil muertos y esté lidiando con alrededor de 1.4 millones de contagios por la Covid-19, deberían bastar y sobrar para convencer al mexicano más despistado y valemadrista sobre la importancia vital de resguardar la salud y la vida. Pero casi casi valió un cacahuate a millones, ansiosos, desesperados por la calle y, peor aún, habituados a prácticas potencialmente suicidas que sería largo enumerar en este breve espacio. De plácemes, claro, están los negocios funerarios que ya no se dan abasto para atender a sus clientes. Los hospitales al borde del colapso, y la muerte acechante. Pero muchos mexicanos siguen retando a la parca, convencidos de que ésta les pela los dientes.

Antes que un sentido común mínimo, la preservación de la vida y la salud, la conmiseración por el prójimo -sobre todo en estos tiempos prenavideños y de fin de año-, prevalecen conductas sociales vergonzosas, ignorantes y aún
valemadristas que dibujan y hacen temer el tamaño de la crisis que impera en nuestro pobre México, tan hundido, con un futuro incierto y cada vez más alejado del desarrollo. ¿A esto apostamos cuando soñamos que nada nos pasará, que somos inmunes y que el virus ni nos despeina?

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@RoCienfuegos1

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