Testimonios del 68

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Alcaldes de México

Por Amapola Nava y Antonio Trejo

Desde la terraza del tercer piso del edificio Chihuahua, Gerardo Estrada Rodríguez escuchaba las intervenciones de sus compañeros en el mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga, la tarde del fatídico 2 de octubre de 1968.

Crédito: Wikimedia Commons.

Estudiante de la entonces Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, él formaba parte del movimiento estudiantil desde sus inicios. Ese 2 de octubre lo acompañaban su hermano y su novia. Los tres jóvenes estudiantes habían llegado, en automóvil, al mitin en la Plaza de las Tres Culturas, que esta vez carecía de las multitudes que habían distinguido los actos previos del movimiento estudiantil.

Nunca imaginó que esa tarde se escribiría uno de los capítulos más trágicos de la historia contemporánea de México. Un suceso que cambiaría su destino personal y habría de influir en el curso de la vida política del país.

“Cuando mi compañero José González Sierra terminó su participación en el mitin, nos pidió bajar porque advirtió que el lugar estaba lleno de guaruras. Siguiendo de inmediato su recomendación, bajamos y nos fuimos a la orilla norte de la explanada, donde había unos astabanderas y desde ahí continuamos escuchando a los otros oradores”.

A la intimidante presencia de agentes encubiertos, se sumarían —desde el micrófono— las palabras de los últimos oradores, que aún tuvieron tiempo para advertir a los cinco mil asistentes sobre la amenaza que se gestaba: una columna de tanquetas del mítico Batallón Olimpia avanzaba hacia la plaza.

“Fue entonces cuando vimos un helicóptero que sobrevolaba la plaza y las luces de bengala”. Esa fue la señal para que los soldados del Batallón Olimpia avanzaran hacia una multitud integrada por estudiantes, niños, ancianos…

“Como todo el mundo, empezamos a correr cuando escuchamos los disparos, primero hacia el lado oriente, pero vimos una barrera de soldados, nos dio miedo y corrimos hacia la izquierda, donde encontramos otra barrera de soldados que, con una actitud más amigable, nos ordenaban salir de la explanada. Nosotros obedecimos, solo para encontrarnos frente a una tercera fila de soldados con una actitud muy hostil”.

Crédito: Wikimedia Commons.

Esto no es un guion cinematográfico

A medio siglo de la represión en Tlatelolco, la narración de Gerardo Estrada sorprende por su nitidez y abundantes detalles que, como pieza de un rompecabezas colectivo, complementa y ratifica los testimonios recreados en películas y libros.

“Entramos a uno de los edificios laterales y tocábamos a las puertas de los departamentos, pero nadie nos abría. Hasta el tercer o cuarto piso, pudimos entrar a un departamento, mientras escuchábamos el ruido incesante de las ametralladoras; si usted vio la película Rojo amanecer, entonces sabe de lo que hablo”.

La mujer que abrió la puerta de su departamento, con su generosidad les permitió ponerse a salvo durante las siguientes horas. En ese pequeño espacio, los tres estudiantes se encontrarían con otros compañeros que, aterrados, escuchaban los disparos y gritos de la multitud.

“La señora fue muy gentil, muy valiente. Siempre lamenté no haberle preguntado su nombre, aunque en ese momento nadie quería identificarse, el temor al régimen represivo nos perseguía”.

Como toda buena madre mexicana —recuerda con agradecimiento Gerardo Estrada—, les ofreció a los aterrados estudiantes café y un bolillo “para el susto”.

Hacia las 22:00 horas, los disparos cesaron y el grupo se arriesgó a salir del edificio, pero antes se deshicieron de los objetos que en esas circunstancias resultaban incriminadores: docenas de pines con la imagen del Ché Guevara y volantes del Consejo Nacional de Huelga.

“Salimos del edificio y no encontramos a nadie afuera, caminamos hasta la calle de Manuel González donde subimos a un camión de la Línea Peralvillo–Cozumel que nos dejó en el Zócalo”.

Un zafarrancho protagonizado por agitadores

La censura impuesta por el régimen en los medios de comunicación resultó eficaz. Los eufemismos oficiales minimizaron la represión en Tlatelolco a un fugaz “zafarrancho” orquestado por agitadores.

“En la radio y la televisión salieron algunas imágenes, como en el noticiero de Ignacio Martínez Carpinteiro, que el Estado o la autocensura se encargaron de que no salieran a la luz hasta 20 años más tarde”.

Crédito: Wikimedia Commons.

Aunque estaba a salvo, había un problema: el automóvil familiar, un Borgward 230 —que competía en lujo y comodidad con los Mercedes Benz de la época— había quedado estacionado a unos metros de la explanada.

De traje y corbata, con el cabello corto y una identificación de su anterior empleo en la Farmacia París, se vio obligado al día siguiente a regresar a la Plaza de las Tres Culturas, que parecía un campo de batalla, con tanquetas y soldados apostados aún expectantes.

“Yo todavía tuve la osadía de regresar a Tlatelolco el 3 de octubre, le tenía más miedo a mi papá que al ejército”.

Con el permiso del militar a cargo de la plaza, pudo recuperar el automóvil de la familia que, vandalizado, reflejaba odio y represión del momento.

“Lo encontré con las cuatro llantas ponchadas, los soldados lo habían rayado seguramente con sus bayonetas: ‘El Ejército Mexicano es su padre, pinches estudiantes’, en el cofre y las puertas” .

Barbarie y cultura

Durante varios días permanecería oculto en el estado de Guerrero, junto con algunos de sus compañeros, hasta que la sed cultural que siempre lo ha distinguido fue más fuerte y regresó a la Ciudad de México.

Y es que los XIX Juegos Olímpicos incluyeron el Programa Cultural México 68, el evento cultural más vasto en la historia olímpica, con 232 conciertos, 143 funciones de ballet, 122 espectáculos teatrales y 73 exposiciones.

Crédito: Wikimedia Commons.

“México fue el primer país que organizó una olimpiada cultural, entonces venían los mejores espectáculos del mundo. Siempre me ha gustado la música sinfónica, el ballet, la ópera y tenía boletos para ver una de las mejores compañías de danza del mundo en el Palacio de los Deportes. Tenía miedo a la represión, pero no podía perder esos boletos” .

Un movimiento global

En las siguientes cinco décadas, Gerardo Estrada Rodríguez desarrollaría un fructífera carrera al frente de las instituciones culturales más importantes del país, como la Casa de México en París, Francia, en el Instituto Mexicano de la Radio (Imer); Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), además de director general de Asuntos Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores y coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Es autor de 1968: Estado y universidad. Orígenes de la transición política en México, obra donde hace una revisión de los movimientos estudiantiles de ese año, identifica las causas y las consecuencias en México.

“En los análisis de 68, se les olvida que fue un movimiento mundial. Yo entiendo la dimensión de la tragedia, pero eso borra lo demás, que es muy importante: la revolución sexual, la moda, desde luego fue el primer movimiento global” .

Gerardo Estrada fue criticado en círculos intelectuales cuando se publicó la primera edición de su libro en 2004, por describir el movimiento estudiantil de 1968 como una manifestación de la sociedad civil mexicana y una revolución cultural inscrita en un contexto mundial, desde Francia y Checoslovaquia hasta Estados Unidos.

“La vida social y política del país tuvo una profunda transformación en 1968, todos los cambios y movimientos sociales están en deuda con él” .

La suerte de estar preso

Juvencio Galíndez en interpretación teatral.

La obra trata sobre cómo los gobiernos caen y resurgen, sobre el gatopardismo en el que la víctima se convierte en victimario. Ciudad Universitaria 1968. Archivo personal.“En la toma del Casco hubo muertos, hubo heridos y hubo prisioneros. A mí me tocó la suerte de ser prisionero, que es una suerte. Comparado con todo lo demás, me fue bien”.

El 23 de septiembre de 1968 Juvencio Galíndez Mayer estaba en la Voca 7 cuando se enteró que un grupo de granaderos estaba por tomar su escuela. El estudiante no dudó en ir hacia allá, pero cuando llegó ya era demasiado tarde, los militares habían tomado el Casco de Santo Tomás, del Instituto Politécnico Nacional. No hubo nada que el joven pudiera hacer, en cuanto lo vieron llegar lo detuvieron.

La toma del Casco fue una verdadera batalla. Comenzó alrededor de las seis de la tarde y no terminó hasta la madrugada del día siguiente. Durante casi 12 horas de lucha, se enfrentaron unos mil quinientos estudiantes de la escuela Wilfrido Massieu, doscientos de Ciencias Biológicas y trescientos de medicina, contra casi dos mil granaderos, según el libro Parte de guerra, de Julio Scherer y Carlos Monsiváis. El resultado, más de trescientos cincuenta detenidos. A treinta y nueve de ellos los llevaron consignados a Tlaxcoaque y allá fue a parar Juvencio Galíndez.

“En los interrogatorios, resultó que tenían información increíble. Dijeron: ‘Este es de las brigadas culturales’. Llegué y ya me conocían”.

La gira artística

Juvencio Galíndez tenía 21 años y estudiaba el tercer año de ingeniería bioquímica en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Poli, cuando el movimiento estudiantil de 1968 tomó forma. El espíritu del movimiento entró pronto al Politécnico y con él llegaron las brigadas, entre ellas la brigada cultural.

“Las actividades culturales eran parte importante del movimiento y me uní a la brigada cultural. Allí creamos un grupo de teatro itinerante, incluso se hizo una escenografía portátil. Anduvimos de gira por muchas partes presentando la obra Todos los años en primavera”.

Juvencio recuerda las brigadas con alegría, recuerda que se presentaron incluso junto al cantante Óscar Chávez, en la explanada de Ciudad Universitaria. También recuerda que en las brigadas fue donde conoció a Nora Ruiz Ordaz. Estudiaban la misma carrera, pero no se hablaban. Cincuenta años después siguen casados.

A Juvencio no se le ensombrece el rostro al hablar sobre el movimiento, todo lo contrario, se ríe un poco cuando le pregunto por su familia.

“Como estudiaba y trabajaba, a veces me quedaba en casa de mi hermano, porque al otro día tenía que ir a la escuela, pero a veces me iba a casa de mis papás, dependiendo de la situación. Entonces si no estaba en casa de mis papás, decían ‘debe estar con su hermano’ y si no estaba con mi hermano, pensaban que estaba con mis papás. Simplemente, si no estaba en una casa, pensaban que seguro estaba en la otra”.

De hecho, Juvencio nunca supo cómo fue que su familia se enteró que estaba en la cárcel. Nunca quiso preguntarles. Tampoco fue un drama o un gran problema, sus padres estaban preocupados, pero comprendieron. Sus hermanos aún más.

Juvencio Galíndez durante interpretación teatral. Ciudad Universitaria 1968. Archivo personal.

“A lo mejor se enteraron por el periódico, porque en Tlaxcoaque nos formaron en fila a todos —unos muchachos cara de facinerosos, barbones, golpeados— y nos tomaron fotos, para que vieran la clase de gentuza que éramos los participantes del movimiento. En esa ocasión, me tocó estar hasta el frente y a lo mejor así se enteraron. Bueno, de alguna manera se enteraron”.

Acto de formal prisión

Tlaxcoaque era espantoso, eran mazmorras, por suerte ya se derrumbó, dice Juvencio. Estuvo allí unos tres días, luego lo mandaron a la Procuraduría y días después ya estaba en Lecumberri, escuchando que le dictaban acto de formal prisión.

“Pasamos interrogatorios muy pesados, pero muy pesados. Luego en Lecumberri nos soltaron toda la retahíla de delitos de los que nos acusaban, todos los que se les podían ocurrir, así más seguro”.

Invitación a la rebelión, sedición, lesiones contra agentes de la autoridad, daño en propiedad ajena, ataques a las vías de comunicación, robo y despojo cometidos en pandilla, son algunos de los delitos de los que se les acusó a los detenidos en el Casco de Santo Tomás. Ya con acto de formal prisión, en la crujía de presos políticos de Lecumberri, Juvencio pudo recibir visitas y sus hermanos fueron a verlo.

Libros clandestinos

A Juvencio tampoco se le ensombrece el rostro al hablar de Lecumberri, dice que se adapta fácil a cualquier situación y que en el momento en que entró hizo sus cálculos. No pensaba que fuera a salir pronto, pero sí sospechaba que con el cambio de sexenio tenían que soltarlos y como Díaz Ordaz se iba en unos dos años, calculó unos dos años y medio en prisión. Ya con este cálculo decidió aprovechar para volverse autodidacta y lo primero que pidió a sus hermanos fueron libros.

Los libros que dejaban pasar eran solo los de texto, porque si le llevaban a uno el Manifiesto del Partido Comunista, no pasaba ni de broma. Así que me llevaban libros de bioquímica y de esos aburridos, bromea Juvencio.

De hecho, Juvencio recuerda que ni siquiera fuera de la cárcel se podían conseguir fácilmente libros de Marx, Engels y en general libros rojos, como los llamaban en esa época. Había que buscarlos en librerías que los tenían escondidos.

“Llegaba uno y les decía: ‘Oiga, me encargaron en la escuela tal libro’. Ni era cierto, pero bueno. El encargado te decía: ‘Ah, pues vamos a buscarlo’, pero todo eso era clandestino”, y la sonrisa no desaparece de su cara.

Juvencio considera que ahora hay muchas cosas peores que en el 68, pero que el problema del autoritarismo, la represión, la falta de libertades, entre ellas la libertad de expresión, eran terribles. El investigador sabe que estos fenómenos continúan, disfrazados con diferentes rostros, pero que periódicos, revistas y periodistas como los que existen ahora, que logran exponer acciones carentes de ética por parte del Estado, en ese momento eran impensables.

El 2 de octubre en prisión

Nora Ruiz y Juvencio Galíndez en su laboratorio.

“Nos enteramos de todo por las visitas. Me salvé, me dijo mi hermano. Él estuvo en Tlatelolco el 2 de octubre, pero no en la parte central de la plaza, donde fue más difícil movilizarse. Por eso pudo escapar cuando comenzó el horror, pero mucha gente ya no pudo salir”, Juvencio ya no ríe.

“Después de algún tiempo, cuando empezaron las famosas Olimpiadas, las autoridades de Lecumberri se pusieron decentes y nos llevaron un televisor para que viéramos las dichosas Olimpiadas”, en su voz se mezclan tristeza y algo parecido al coraje.

La ciencia después del 68

Juvencio acepta que se equivocó en una cosa mientras estuvo en Lecumberri, pensó que no lo iban a soltar. Pero lo soltaron, el 27 de octubre de 1968 el Ministerio Público notificó del desistimiento de la acción penal y de la liberación de 63 detenidos, entre ellos Juvencio Galíndez.

“Nunca perdonaron, solo desistieron de la acción penal. Dijeron: ‘Ya no vamos a seguir, allí lo dejamos’”.

Juvencio Galíndez sabe que tuvo suerte, cuando salió de la cárcel las escuelas seguían tomadas y en realidad nunca perdió clases. Tuvo compañeros que siguieron prisioneros por más de dos años. Pero él regresó a sus estudios y también regresó Nora Ruiz.

“Allí nos empezamos a conocer más y como también es de tendencias de izquierda, nos relacionamos muy bien. Su abuelo, por ejemplo, fue diputado constituyente, su papá también era gente de izquierda y había muchas coincidencias. Para llevarse bien no necesariamente necesitas coincidir ideológicamente, pueden ser otras las razones, pero en este caso hubo coincidencia ideológica”.

El investigador nunca lo había analizado a profundidad, pero considera que su experiencia en el movimiento tal vez sí influyó en sus decisiones profesionales, pues las problemáticas que le interesan tienen un componente social. Desde muy joven le ofrecieron trabajo de planta en una empresa transnacional pero, a pesar de que le pagaban casi seis veces más que en la universidad, prefirió hacer carrera como profesor en el Politécnico, donde Nora Ruiz ya daba clases. Ambos empezaron un laboratorio juntos y han seguido trabajando juntos por medio siglo.

En esa época ni siquiera se usaba el término investigador, nosotros, además del trabajo de profesor, experimentábamos porque nos gustaba. Ni siquiera puedo decir que hiciéramos investigación, porque nadie le llamaba así, yo diría que hacíamos cosas por curiosidad, jugábamos y obteníamos conocimiento, explica Juvencio Galíndez. Ahora él y Nora dirigen el Laboratorio de Bioingeniería en el Departamento de Ingeniería Bioquímica de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Politécnico y hacen investigación sobre consorcios de microorganismos que logran degradar pesticidas tóxicos del ambiente.

 

Obra publicada originalmente por Agencia Informativa Conacyt bajo una licencia de Reconocimiento 4.0 Internacional de Creative Commons. Ver original aquí

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