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Elecciones primarias: ganar en casa tiene sus riesgos

MarcandoEl respaldo de la ciudadanía siempre será una herramienta clave que ayudará a quienes aspiran a un cargo de elección pública. El conocimiento de la realidad del electorado, la trayectoria personal y la forma en cómo se pretenda resolver sus necesidades e inquietudes dictarán, en buena medida, las posibilidades que tenga de convertirse en un representante popular.

Sin embargo, hay un factor importante que considerar: si no se cuenta con el apoyo del partido político al que se pertenece es probable que los deseos por servir a la gente se queden flotando como sueños; se necesita, primero que nada, que ese partido lo postule como candidato. La interrogante que surge es cómo convencer a las bases del propio partido de que se es el indicado para competir por el cargo de elección popular. No es lo mismo apelar al sufragio del ciudadano que abogar por el voto de los miembros de dicha fuerza política, pero convencer al partido puede ser contraproducente si se pierde el foco de que las elecciones primarias son sólo un medio para llegar al fin: convertirse en representante de la ciudadanía.

Estrategias

Mark Brandly, doctor en Economía por la Universidad de Auburn, Estados Unidos, considera que en las elecciones primarias un candidato debe tener claras sus ideas, pero también adoptar posturas que no sean tan firmes y específicas. En algún momento de la contienda interna, cada candidato tendrá que cambiar de posición respecto a algún tema, plantea Brandly.

Por ello, la estrategia para vencer es exponer las contradicciones del contrincante, al mismo tiempo que uno pueda negar sus propios cambios de posición. Cuando terminen las primarias, ahora sí, se abre un abanico de posibilidades para mostrar cambios de posturas más marcados que se adapten al electorado general. No obstante, hay que tener cuidado: no hay que olvidarse de la congruencia y de que las palabras pueden marcar el camino sin retorno.

Cuidado con el discurso

Si uno adopta un discurso que lo lleva al extremo, para buscar la simpatía de sus compañeros, puede ser muy costoso al momento de aspirar al voto popular. Veamos el caso del ex gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, quien resultó el ganador de las elecciones primarias del Partido Republicano, pero el perdedor de las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2012.

A lo largo de su carrera, Romney demostró que podía romper con los dogmas, que no se aferraba a ellos. De hecho, como gobernador de Massachusetts, sentó paradójicamente las bases para la reforma al sistema de salud que propuso el actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

No obstante, cuando buscó ser el abanderado republicano para competir por la presidencia, tuvo que convencer a la base conservadora del partido. Rompió con el pragmatismo que lo caracterizaba y decidió tomar posturas más extremistas para afianzar la simpatía de la corriente de derecha, denominada Tea Party. Por ejemplo, en temas de política inmigratoria, adoptó una posición controversial, a pesar de que era conocido que el voto latino tendría un peso fuerte en la elección. Romney manifestó su intención de construir un muro en la frontera y de quitar los beneficios a los inmigrantes ilegales.

En mayo de 2012, ya cuando era el candidato republicano a la presidencia, hizo una serie de comentarios que quedaron grabados en el electorado general. Romney planteó, en un evento de recaudación de fondos con simpatizantes de esa fuerza política, que había un 47 por ciento de la población que votarían por Obama sin importar lo que fuera; catalogó a ese 47 por ciento como víctimas que creían que el gobierno tenía la responsabilidad de proveerles salud, comida y vivienda. Señaló que su trabajo no sería preocuparse por esas personas. El evento fue a puerta cerrada, pero los comentarios se filtraron a la prensa. Romney dijo que lo sacaron de contexto. No obstante, el daño ya estaba hecho: las palabras sí salieron de su boca.

No hay regreso. Las posturas extremistas contribuyeron, en cierta medida, a que perdiera apoyo del electorado en general.

El caso Romney nos enseña que cuando se le da la espalda a una parte importante del electorado, ganar en casa no es suficiente. En las primarias, adoptó un discurso que se alejó del centro; arropó los ideales del Tea Party y convenció a su partido de que él sería el indicado para representar sus intereses pero, en la elección importante, este discurso no terminó por convencer a la población.

En la política no hay recetas mágicas y quién sabe qué habría sucedido si Romney hubiera adoptado un discurso más moderado desde el principio; quizás no hubiera sido el candidato oficial. Sin embargo, lo que nunca hay que perder de vista es que si uno aspira a un cargo de elección popular, debe entender, ante todo, las necesidades del electorado que está ahí afuera; comprender que uno busca ser representante de la población, no de su partido.

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