Sin distingo de género

Marcar una diferencia puede permitir que una persona destaque al principio de una campaña política y ofrece visibilidad mediática, sin embargo, no puede servir de hilo conductor

PonenciaExisten dos corrientes filosóficas que explican las diferencias de género que se reflejan en la política: el Diferencialismo, que presupone que hay características femeninas y masculinas naturales, propias de cada género, explicadas únicamente por diferencias bioló- gicas; y el Constructivismo, que postula que estos rasgos no son más que una construcción social, impuesta por nuestra educación, los valores y normas de la sociedad en la que vivimos.

Siguiendo la corriente constructivista, el sociólogo canadiense Erwin Goffman consideraba que la identidad de género es una construcción social y que a partir de ahí se han nutrido los mitos que permean sobre la percepción de las mujeres en la política.

Podemos observar casos como el de Ségolène Royal, candidata a la presidencia de Francia en 2002. Durante su campaña enfatizó su “feminidad” para cumplir, de cierta forma, con las expectativas que los franceses tenían del cambio que podía representar una mujer en la política: desde su imagen física, hasta las palabras en su discurso; un ejemplo es su lema de campaña: “La France Présidente” (Francia Presidenta).

No obstante, al presentarse así, Royal tuvo que enfrentar críticas sexistas y le fue muy difícil distanciarse de esta imagen. El hecho de que Royal haya enfatizado su género como una herramienta de comunicación no fue suficiente para el electorado francés y no le funcionó; esto no quiere decir que las propuestas para promover la equidad de género no sean temas prioritarios para abordar una campaña, independientemente del género del candidato.

NO HAY UN MANUAL

Cécile Sourd, socióloga francesa y autora del libro Mujeres o políticos, subraya que las candidatas a un cargo público suelen enfrentar también discriminación en los medios de comunicación. Esto se refleja por su exclusión simbólica del panorama mediático tradicional y por la representación estereotipada, ya sea para subrayar sus estereotipos femeninos o para sancionarlas por alejarse demasiado de ellos y adoptar “características masculinas”.

Durante la campaña para la presidencia chilena de 2005, los medios presentaron a Michelle Bachelet como una candidata cuya legitimidad política nació de sus referentes masculinos: de su padre que fue General de la Brigada Aérea y de su experiencia como Ministra de la Defensa. En su discurso privilegiaba temas como seguridad y defensa por encima de los temas estereotipados como “femeninos”: salud, familia y minorías por ejemplo.

No debemos perder de vista que por su experiencia en dicho cargo dominaba estos temas; en este sentido, no podemos hablar de una “masculinización” de su campaña porque los cuestionamientos al respecto dependieron de la atención que los medios brindaron a dichas características “masculinas”. La atención mediática enfocada en temáticas de género suele aparecer en los medios sólo cuando se presentan mujeres.

Los casos de Royal y Bachelet nos llevan a cuestionarnos por qué esperamos que las candidatas tengan que justificar su género ante los votantes, por qué tendrían que adoptar un comportamiento específico en cuanto a su “feminidad” y elegir entre enfatizarla, neutralizarla o masculinizarla.

No existe un manual de buenas prácticas políticas para las mujeres en campaña; no debemos caer en ese juego discriminatorio. Las estrategias y las herramientas para una campaña exitosa son para cualquier persona política: buena gestión de imagen, discurso sustancial, un mensaje claro, coherencia, congruencia, buen uso de la agenda mediática, aprovechamiento de las herramientas tecnológicas como las redes sociales para conectar con las distintas audiencias, propuestas que aterricen a las necesidades de la gente, entre otras.

Una campaña política no puede girar exclusivamente en torno a una diferencia, de género. Marcar una diferencia es una herramienta de comunicación que puede permitir que la persona destaque al principio de la campaña y ofrecer una visibilidad mediática puntual, con un eventual efecto “sorpresa”. Sin embargo, no puede servir de hilo conductor durante la campaña.

Para una campaña política exitosa, sea hombre o mujer el candidato, la recomendación es, antes de arrancar, elaborar un diagnóstico de la situación política, geográfica y social del distrito electoral, municipio o estado, según sea el caso, a fin de tener claras las condiciones en las que se desarrollará la actividad electoral y las necesidades de la región. Esto nos permitirá definir los objetivos de campaña, es decir, conocer los puntos en los que centraremos nuestras propuestas y mensajes, que pueden ir desde temas de salud, educación, o anunciar propuestas de políticas públicas.

PROMOVER LA IGUALDAD

Conocer el terreno que estamos pisando también nos permitirá disminuir los riesgos, e identificar a tiempo nuestras vulnerabilidades y protegernos tomando medidas para evitar que los adversarios puedan usarlos en nuestra contra. En cuanto tenemos el diagnóstico e identificados nuestros riesgos y fortalezas, debemos prever nuestros escenarios.

Es importante crear una estrategia con cada uno de los posibles escenarios: optimista, probable y desastroso. Analizar todos los acontecimientos posibles, incluso los más desfavorables y diseñar alternativas, evaluar sus costos e identificar sus riesgos. Otro aspecto importante es que los mensajes de la campaña no deben ser contradictorios a los que maneja el partido que postula al candidato, y deben ser los mismos que deberán manejarse al interior del equipo de trabajo.

En el caso de una mujer candidata, más que centrar su campaña en temas de género, tiene mucho mayor impacto e interés en el electorado promover condiciones de igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, esto abona a una imagen positiva. Para ganar una elección, se requiere sustancia, preparación, sensibilidad, inteligencia y buenas habilidades comunicativas. No existe una receta mágica, pero la mezcla de estos factores en una candidata o candidato son las características que realmente pueden inclinar la balanza: el género se queda muy corto. Hablar de una forma de hacer política “femenina” es un elemento que alimenta la discriminación y que distrae de lo que verdaderamente es importante.

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