Del crepúsculo de los clérigos

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Del crepusculo de los clerigosComo bien recordamos, el año pasado tuvo tres fechas significativas para importantes escritores mexicanos: se conmemoraron los 10 años del fallecimiento de Octavio Paz, así como los aniversarios 70 y 80 de Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes, respectivamente.

Los ensayos reunidos en este volumen están dedicados a justipreciar, a través del rigor crítico, aspectos de la obra de los tres escritores mencionados, con especial énfasis en la forma en que los tres ejercieron su actividad literaria y su vida pública.

El libro inicia con un ensayo acerca de la decadencia del intelectual entendido como clérigo, el escritor que participaba en los debates públicos, y el ascenso a la vida pública de un ejército de especialistas egresados de la academia que han ocupado el lugar de aquellos, especialmente a través de los medios de comunicación.

Por supuesto, Paz, Fuentes y Monsiváis ejemplifican el ascenso y caída de aquella vieja intelectualidad.

 

Para el autor, el gran despegue de Paz como intelectual vino de la valiente postura que asumió tras la brutal represión sufrida por el movimiento estudiantil de 1968, lo que lo convirtió en parte importante del debate público. En adelante optó por convertirse en el “intelectual independiente” que tanto lo malquistó con quienes deseaban ver en él a un personaje comprometido con las causas revolucionarias; en ese sentido, fue un moralista a quien tocó enfrentar a los jóvenes idealistas. De allí, González Torres encuentra a un Paz que “rechazó adaptarse a los reflejos condicionados de la intelectualidad de su época y ejerció una beligerancia incómoda, a ratos excesiva, a ratos pedante, al final de cuentas ejemplar.”

Pero, como bien aprecia el autor, Paz también albergó no pocas contradicciones: reclamarse un intelectual solitario, pero que a la vez encabezaba un poderoso grupo literario, o reclamar independencia del intelectual al poder, al mismo tiempo que pedía que el Estado sufragara el bienestar de los creadores.

Por su parte, como bien dice González Torres, Fuentes aspiró a reunir las más importantes representaciones públicas del escritor mexicano: “el letrado con afán cívico, el pensador progresista, el creador irreverente, el escritor vanguardista y el intelectual mediático”.

Tras un rápido repaso a las principales mitologías nacionales a las que Fuentes dio magistral forma, el autor reconoce la amplia influencia pública que ha alcanzado el escritor (homenajeado hasta el exceso apenas hace unos meses), pero también lamenta que en esa búsqueda de notoriedad, de pertenencia al jet set, la figura del escritor se difumine no pocas ocasiones.

Por ello, actualmente Fuentes parece ser más atendido por sus opiniones políticas que por sus creaciones, las que ya no han alcanzado la calidad de sus viejas obras.

En las antípodas de Paz se encuentra Carlos Monsiváis. Éste se ha convertido en una institución irreverente que, a través de sus crónicas, ha reivindicado la cultura y las causas populares, lo que lo ha convertido, a decir del autor, “en un auténtico héroe de los de abajo”.

Así, ha sido el intelectual crítico por excelencia de las diversas formas de dominación del sistema, el intelectual comprometido y militante a la vez que escritor experimental que se nutre de diversas fuentes y códigos para descifrar y narrar la realidad mexicana, que a veces es subvertida por el caos —es decir, la ironía, el relajo y el humor—. Asimismo, es destacable su papel como educador de las masas a través de la autonomía del lector.

Pero al mismo tiempo, y no podía ser de otra forma, la postura monsivaíta también implica riesgos: una desvalorización de la alta cultura, el fomento a un progresismo difuso y voluble, así como actitudes que pueden rayar en el antiintelectualismo. Tampoco muchas de sus apuestas políticas y culturales han resultado afortunadas: en muchas ocasiones su buena fe lo ha llevado a ignorar los peligros y limitaciones de los movimientos sociales que tanto ha ensalzado. Pero advierte bien González Torres: en aras de las causas políticamente correctas, se ha perdido para la literatura a este ingenio hiperdotado. Habrá que ver en el futuro qué Monsiváis persiste: el político o el literato.

 

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