El espacio público se concibe como todo aquello que no es privado e incluye no solo los espacios de uso público abiertos como avenidas, parques, playas y bosques, sino también otros espacios construidos cubiertos que inciden en la integración y cohesión social de las comunidades. Ello incluye los edificios que administran las autoridades de los tres poderes y los de los diferentes niveles de gobierno. Allí encontramos las escuelas y universidades, los mercados y los centros de abasto, los museos y los centros culturales públicos, entre otros. El espacio público es el territorio que pertenece a todos y, por tanto, para su cabal comprensión requiere de un abordaje con visión multidimensional.

Foto: Alcaldes de México
En este sentido el espacio público se desdobla, de aquel que tiene como base el contacto con un suelo físico, a aquel que tiene contacto con superficies hídricas o húmedas (lagos, ríos, mares, etc.), incluyendo, parcialmente, aquel que existe solo en una condición espacial, es decir que se localiza por encima de una superficie solida o húmeda.
El espacio público se forma a través de la unión consecutiva de áreas físicas libres que ligan y articulan las diferentes vocaciones, perfiles y entornos del hábitat, su gestión, disponibilidad, calidad y uso cubre diferentes ámbitos que van desde lo económico, social, cultural y ambiental, hasta otros relacionados con factores de felicidad, como la seguridad, la salud y el esparcimiento o recreación, donde se insertan las actividades lúdicas y deportivas, entre otras.
Una de las virtudes del espacio público es que sus requerimientos son mínimos y básicos en términos de habitabilidad, accesibilidad y sustentabilidad. Sin embargo, para efectos de resiliencia de largo plazo el componente de su planeación y los recursos económicos para su gestión podrían colocarse como el mayor de los obstáculos para su desarrollo. Como justificación para las futuras políticas del espacio público, recordemos que la desigualdad territorial es un ejercicio clave que evidencia los grandes desequilibrios relacionados con la justicia social y la calidad de vida. La discriminación, exclusión e
inequidad puede ser establecida por los diferentes factores asociados a la cantidad y calidad en el uso y disfrute del espacio público.
Esta inequidad se refleja en datos concretos: considerando que la población urbana de México al 2020 era el 79% del total, existiría un índice promedio de 5,067 personas por km² de espacio público, lo cual representa 1.9 m² por habitante a nivel nacional, mientras que, de acuerdo con la SEDEMA, en el año 2017 la CDMX presentó un índice de 7.5 m² de área verde por habitante; y en León con datos del IMPLAN en 2015, el promedio fue de 1.45 m² de área verde por habitante. La ONU- Hábitat recomienda 9 m²/hab. tan solo de área verde y la OMS lo extiende hasta 11 m²/hab. Lo anterior representa un rezago de dotación de espacio público en México de aproximadamente 6 m²/hab.
Si este índice se multiplicara por la población actual (al 2025) encontramos, como diagnóstico cuantitativo, un déficit de aproximadamente 75,000 hectáreas de espacio público en México.
Aunque sabemos que los recursos nunca son suficientes, particularmente las inversiones necesarias para reducir el déficit se deberían de realizar bajo un nuevo perfil de condicionantes: la relación de vivienda existente y el espacio público; la relación de la redensificación y el espacio público y los nuevos desarrollos de usos mixtos y el espacio público. Tanto los gobiernos estatales como los municipales debieran tener la responsabilidad de reducir su déficit correspondiente. Los planes de desarrollo podrían incluir programas específicos que revirtieran paulatinamente el rezago. La ciencia de la inteligencia artificial (IA) será de enorme provecho.
La calle como principio básico de cultura
La calle es el primer eslabón de una amplia cadena donde se produce, se transmite y se adopta la cultura. Con excepción de la casa, después de la calle están las escuelas, los museos, los centros culturales, la academia, los centros del conocimiento y todo aquel espacio que genera un roce y contacto constante entre personas y comunidades. Desde luego, la calle es un sinónimo de la vida urbana, un elemento representativo del avance o retroceso de la calidad de vida y un portador de futuros para mejorar la cohesión social.
Este encadenamiento de calles produce caminos, rutas, recorridos y alternativas de itinerarios que conducen a destinos físicos como las plazas, los jardines, los parques y deportivos, con el objetivo de realizar actividades culturales y recreativas, como el ocio, el juego y el entretenimiento, la distracción, el pasatiempo, los espectáculos y el jolgorio, entre muchos otros.
La calle es el espacio físico natural que concentra la mayor parte de nuestras expresiones culturales. Podríamos establecer que la calle es el componente de mayor complejidad del espacio público, sitio en el que pareciera obvio determinar su objeto. No obstante, debido al enorme arcoíris de su función social, la calle, también definida como “vía pública”, acoge una gran diversidad de modos y rasgos culturales, materiales e inmateriales, simbólicos, patrimoniales, tradicionales y costumbristas, ambientales y de todo tipo de expresión plástica, entre otros.
El potencial de la calle para generar identidad, como elemento rector de la cultura, es de tal magnitud e importancia que debiera formar parte no solo de la planificación y aplicación de políticas públicas estratégicas, sino como visión y principio detonador sobre los futuros comunes de nuestra sociedad. La calle, como objeto cultural, debiera de estar en el punto focal de la discusión pública, en el discurso de los grupos políticos, en la propuesta de contenido de las campañas políticas, en la gestión de las autoridades y en el centro de la presión de la sociedad civil.
La cultura en el espacio público y particularmente en la calle se expresa con elementos básicos que van desde la plástica, como el grafiti, los murales y esculturas efímeras, hasta otras expresiones sociales urbanas como la denuncia pública y la posición política o ideológica.
Fortalecer los programas municipales de mejoramiento urbano pueden ser el vehículo para el rescate de la calle de barrio, para reencontrarnos con las identidades perdidas y para que la cultura local desarrolle sentimientos de pertenecía y orgullo en la población.
El deporte callejero
Recordamos con alguna añoranza que, siendo niños, la calle fue el sitio donde crecimos e hicimos nuestros primeros amigos. Si bien existían parques, plazas y jardines, el entorno inmediato para nuestra actividad recreativa, como juegos de escondite, rayuela, saltar la cuerda, andar en bici, patinar, las canicas, la soga, policías y ladrones y juegos con objetos como trompos y matatenas, la realizábamos directamente frente a nuestras casas, en la banqueta y en la calle.
Sumado a los beneficios anteriormente señalados, no deberíamos de excluir los aportes al orden social. Como estrategia que se enfrentaba al vandalismo y a las adicciones, el deporte callejero cumplía con evitar las inversiones de equipamiento para el deporte, resaltaba el entendimiento de lo que algunas veces se conoció como la “extensión de tu casa” y la responsabilidad de la vigilancia y atención, debido a la proximidad, se ejercía por la familia de manera directa. Un concepto antiguo de los 15 minutos.
Los beneficios del deporte callejero relacionados a la salud pública cubrían una dimensión integral; cuerpo, mente y espíritu. El solo hecho del ejercicio físico impactaba en el fortalecimiento de la salud, el deporte callejero representaba una actividad preventiva de la enfermedad y un ejemplo claro de promoción y fomento a la salud. La ausencia de la enfermedad y un deporte básico con seguridad ofrecían un marco para el desarrollo de personas con espíritu de libertad, libres de condicionamientos económicos y sobre todo, con autonomía de movilidad social.
Ya cuando fuimos adolescentes y jóvenes, el deporte callejero nos llevó a espacios míticos, donde la competencia crecía de nivel, donde el contrincante ya no eran los vecinos de la cuadra sino equipos de otros barrios, los que eran violentos y delincuentes, los que tenían técnicos o los que tenían uniformes completos y venían de colonias más pudientes. Me refiero a espacios como el “Maracaná” de Tepito, la “Fragata” y la “Alberca Aurora” en Coyoacán, el “Volcán Teoca” en Xochimilco y las “Canchas Deportivas” de Contreras en la Ciudad de México. Las “Canchas del Rio Santa Catarina” y las “Canchas del Parque Niños Héroes” en Monterrey, N.L. y en Guadalajara, también estaban las “Canchas de Av. de las Torres” y las “Canchas de Oblatos”, entre otras.
Intervención del espacio público desde una perspectiva de derechos Si bien existe una cantidad importante de textos sobre el derecho de acceso al espacio público, la realidad es que solo la “ciudad” cuenta con avances de reconocimiento como un derecho humano (ejem. en la Constitución de la Ciudad de México), quedando explicito que algunos de sus componentes, como el espacio público, se encuentran lejos de su reconocimiento. Sin embargo, tendríamos que reflexionar con mayor precisión las líneas conductuales que han reorientado las intenciones de incluir al espacio público como parte de las garantías a que toda persona tiene derecho.
Por ejemplo, la Carta Mundial por el Derecho a la Ciudad (CMDC), presentada en Quito en el año 2004, concentra y enuncia los derechos humanos que deben ser reconocidos y garantizados para lograr una ciudad habitable, así como los compromisos que deben adoptar los gobiernos para lograr que sus habitantes tengan una vida digna. Uno de los
principios de la CMDC establece que “los espacios y bienes públicos y privados de la ciudad y de los ciudadanos deben ser utilizados priorizando el interés social, cultural y ambiental” y en relación con el derecho a la cultura y al esparcimiento el texto señala que “las ciudades se comprometen a garantizar la disposición de espacios públicos propicios tanto ocasionales como permanentes para realizar actividades lúdicas y culturales en igualdad de condiciones para todas las personas”.
La Nueva Agenda Urbana señala en su numeral 53: ”Nos comprometemos a promover la creación de espacios públicos seguros, integradores, accesibles, verdes y de calidad que fomenten el desarrollo social y económico, con el fin de aprovechar de manera sostenible su potencial para generar mayores valores sociales y económicos, entre otros, el valor de la propiedad, y facilitar la actividad empresarial y las inversiones públicas y privadas, así
como las oportunidades de generar medios de subsistencia para todos”.
El Diario Oficial de la Federación publicó en el año 2020 la Norma Oficial Mexicana de Espacios Públicos de la SEDATU, donde se establece que el espacio público se refiere a: “las áreas, espacios abiertos o predios de los asentamientos humanos destinados al uso, disfrute o aprovechamiento colectivo de acceso generalizado y libre tránsito”. El documento señala que “el espacio público es un elemento estratégico para el desarrollo sostenible de una ciudad. Su adecuada gestión permite la generación de externalidades positivas que inciden en el bienestar de las personas: cohesionando zonas, proporcionando acceso a servicios, reduciendo el impacto ambiental, apoyando vínculos económicos, generando un sentido de comunidad, identidad cívica y cultura que tiene impacto en la seguridad urbana y contribuyendo al acceso universal a las oportunidades de la urbanización para las y los habitantes”.
El artículo 12 de la Constitución Política de la Ciudad de México, establece que en el Derecho a la Ciudad “Los espacios públicos son bienes comunes. Tienen una función política, social, educativa, cultural, lúdica y recreativa. Las personas tienen derecho a usar, disfrutar y aprovechar todos los espacios públicos para la convivencia pacífica y el ejercicio de las libertades políticas y sociales reconocidas por esta Constitución, de conformidad con lo previsto por la ley”. Asimismo establece que “las autoridades de la Ciudad garantizarán el carácter colectivo, comunitario y participativo de los espacios públicos y promoverán su creación y regeneración en condiciones de calidad, de igualdad, de inclusión, accesibilidad y diseño universal, así como de apertura y de seguridad que favorezcan la construcción de la ciudadanía y eviten su privatización.”
El posicionamiento del espacio público como derecho pasa por los congresos, el federal y los estatales. La enorme responsabilidad de los congresistas para entender la importancia de un territorio que se encuentra en condiciones de sobrevivencia y abandono constitucional se presenta hoy como una oportunidad para ir a su encuentro. Legislar sobre el espacio público es revalorar lo que es de todos, es rescatar nuestra identidad y es dignificar nuestra cultura.
A este respecto valdría la pena recordar el mensaje que recientemente, el Profesor Carlos Moreno, autor del concepto de los 15 minutos, señalaba “proximidad y circularidad deben estar en el centro del desarrollo humano porque la proximidad como estrategia, es la mejor resiliencia y hoy en día el derecho a la ciudad es el derecho a vivir en la ciudad. En las escuelas, el fin de semana el patio está abierto para que sea un lugar de espacio público para los vecinos. Las calles del frente de las escuelas ya no son carros que pasan delante y enferman, ahora son parques y las escuelas han cambiado el asalto por jardines, parques adentro de la escuela que se han vuelto elementos en los cuales se acoge la gente para que venga a hacer actividad y que ese espacio público sea compartido.
Debemos analizar el espacio público con teorías modernas de la inteligencia artificial predictiva e implicar a los ciudadanos con nuevas herramientas metodológicas, ya no de computación, sino manuales, para que participen en la reflexión estratégica, con una cultura distinta”.
*Luis Enrique López Cardiel. Arquitecto. Prospectivista. Director del Centro de investigación y
Desarrollo de Futuros (CEIDFU), Coordinador Ejecutivo del Comité Mexicano para la Práctica
Internacional de la Arquitectura (COMPIAR) y Presidente del Comité Organizador de la
Conmemoración de los 120+80 del CAM-SAM.
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