El Populismo ¿Realmente es para la gente?

Salvador Cárdenas
Carlos Requena

En nombre de la gente existe una tendencia en el mundo hacia la reaparición del Estado como protagonista después de dos décadas del –aparente- triunfo de una política global. La supuesta mejora de las naciones más pobres no se alcanzó y en muchos casos empeoró.

Esto es evidente desde los años noventa, en que no dejó de causar nostalgias y decepciones sobre todo en ciertos grupos de izquierda, pues sus ausencias se hicieron cada vez más largas en la medida en que aumentaba el poder económico y regulador mediante el soft law o normatividad producida por los centros internacionales de decisión económica como el Wolrd Economic Forum, de las grandes compañías transnacionales dueñas de los mercados y de las finanzas mundiales.

 

¿Qué han hecho los países durante los años de neoliberalismo para defender a sus ciudadanos del embate de los mercados supranacionales? ¿Cómo no extrañar su ausencia si el Estado ha sido, sin duda, la institución pública más asistencialista que ha conocido la historia? Desde que apareció en la historia moderna, en el siglo XIX, ha actuado como el héroe público que roba a los ricos para repartir a los pobres, históricamente ha sido el gran expropiador por causas de utilidad pública, el encargado de la protección de los pobres y desamparados, el gran filántropo y provisor.

El Estado tras haberse ausentado, reaparece clamando por los espacios perdidos y con ánimo de recuperar el poder y la presencia que antes tuvo. Algunos líderes y partidos políticos apalancándose en los sectores de la sociedad que no se han visto beneficiados por las políticas comerciales y económicas globales han exaltado valores sociales y emociones reprimidas para capitalizarlas políticamente y ganar las elecciones para acceder al poder.

Se trata de los llamados líderes populistas, que se caracterizan por hablar un lenguaje de crisis que abre las puertas a una posible política de estado de excepción, no formalmente declarado, pero sí asumido en discursos y enfoques de políticas públicas.

El líder populista se vale de cualquier vacío estatal, de cualquier ámbito en el que note la ausencia del Estado -debida o no a la globalización-. Ese líder recupera el discurso de la soberanía nacional, que había desaparecido del lenguaje democrático liberal, y con esa bandera justifica o pretende legitimar sus acciones extralegales que, en ocasiones, derivan en actitudes dictatoriales, aun cuando aparentemente impere el “orden constitucional”.

Para saltar por encima de tal orden legal establecido, el líder populista tiene tres armas con las cuales puede y suele enfrentar los obstáculos que le presenten las instituciones autónomas dentro del Estado, especialmente; el Poder Legislativo, las organizaciones empresariales y movimientos sindicales. Otra arma es la transformación del ciudadano en gente. El primero es el votante, el representado, el elector, el electo, y todo aquel actor que sea legalmente identificable dentro del marco legal de partidos y de democracia indirecta; el segundo, no es un “sujeto” constreñido por las instituciones democráticas tradicionales, es todo y nada a la vez: por ejemplo, los grupos de presión formados por grandes contingentes, las multitudes, los manifestantes, el movimiento. La tercera arma es la consulta popular, también llamada plebiscito, cuyo peso es más simbólico que jurídico, pues si le favorece se convierte en la voluntad del pueblo, en forma directa, y el otro medio es la calle, donde puede encontrar un terreno propicio para representar la fuerza del apoyo social mediante marchas, alargadas, mítines, plantones y otro tipo de actos masivos que “le darán la razón”.

El populismo no es una ideología, ni un programa que cuente con un sustento filosófico determinado, es una estrategia de movilización para moverse con un “mínimo de violencia” en los entresijos de las instituciones, el establishment, y lograr cambios y hasta la transformación deseada de un país por medio de cambios estructurales y hasta constitucionales. Hay, por tanto, populismos de izquierda, basados generalmente en las tácticas propuestas por Maquiavelo en El Príncipe, e interpretadas por el filósofo contemporáneo Antonio Gramsci, que recomienda hacerse con el poder y, una vez que se tenga, iniciar la transformación social, empezando por la cultura y el lenguaje, por ser los eficientes aliados transformadores. Por ello, este tipo de populismos suelen contar con una estructura de propaganda y de ideologización bien estructurada. En cambio, los populismos de derecha suelen recurrir al discurso más romántico del nacionalismo proteccionista anti-inmigración y favorecedor de la economía nacional frente a la global o regional. El populismo, en su forma más pura y en su sentido más genuino y coherente con su lógica, debería de actuar al margen de la legalidad creada por la élite en el poder.

En la novela de William Golding, El señor de las moscas, se exalta “la amenaza del monstruo que asecha y la necesidad urgente de unirse para hacerle frente, incitando a la movilización general”. Este discurso populista se mueve en el terreno de la premura, del peligro inminente y la urgente necesidad, lo cual le lleva a emplear muy eficazmente sus armas de legitimación popular: plebiscito y la calle para tomar medidas extremas y actuar fuera de la ley, sobre todo, ante el hartazgo, la frustración y el desencanto generalizados -culpando al establishment-, pero siempre se mueve o actúa en nombre del La Gente.

(Los autores acaban de publicar el libro El Populismo en conjunto con LID Editorial Mexicana)

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