¡Es la certeza a los inversionistas…! Lo dijo Shakespeare

Por Alfredo Trujillo Betanzos

El andamiaje de la economía de cualquier nación, de cualquier ciudad o cualquier grupo humano, tiene como columna vertebral la certeza del cumplimiento de la ley y de los contratos, así sea en la Venecia del siglo XVI, o en el México de nuestros días.

Daniel Cancel, editor en jefe de Bloomberg News para América Latina, expresó en un muy buen logrado artículo publicado el año pasado, y después de haber realizado diversas entrevistas con altos directivos de empresas establecidas en México, que: “no hay confianza y nadie invierte. Muchos ven el comienzo de una tendencia a la baja, donde solo se discute la inclinación de la pendiente”.

La conclusión no puede ser más contundente y no se traduce al español, a fín de evitar posibles errores de interpretación: “AMLO said in an interview with Bloomberg Editor-in-Chief John Micklethwait last week that he respects contracts and the need for foreign investment. But for the executives, actions speak louder than words”.

En todo momento, como parte de lo que significa la GESTIÓN PÚBLICA, el gobernante de cualquier ciudad o cualquier país, debe estar plenamente consciente de que los inversionistas no tienen ideología, credo o romanticismos, ellos, como debe ser, solo se concentran en buscar certeza para sus inversiones y buena imagen social y corporativa para el nombre de sus empresas.  Capital e Imagen son los valores más preciados para aquél que pone en juego su patrimonio.

Debo reconocer que lo anterior, no deja de ser una verdad de Perogrullo, ya que desde que existe el comercio hace miles de años, el que arriesga su dinero ha buscado lo anterior en todas las latitudes, sin importar religión, cultura o momento histórico. Miles de pasajes en nuestra literatura y memoria histórica dan cuenta de ello.

Así, al estar hablando de un asunto que rebasa fronteras y se convierte en universal, busquemos su análisis en el hombre más universal que ha existido en el mundo, me refiero al Cisne de Avon,  quien evidentemente habló de la certeza a los inversionistas con su magistral pluma.

Se dice que de la misma manera que Homero es fundamental para que podamos comprender al hombre de la Antigüedad, Shakespeare lo es para entender al hombre contemporáneo, ya que el Bardo recorrió todos los temas que atañen a la humanidad y todas las épocas,  con la capacidad inigualable de hallar la esencia del ser humano y la sociedad, ya sea en Dinamarca, Chipre, Navarra, Verona, Escocia, o la ciudad de la que hablaremos a continuación.

Para ello, tenemos que hacer un viaje al centro económico de la Edad Media, hogar de legendarias familias como la de Marco Polo, el excepcional explorador, comerciante y diplomático del siglo XIII. Me refiero a la antigua Venecia del siglo XVI, que era en aquellos tiempos, junto a Ámsterdam el centro comercial de occidente, donde convergían naves marítimas provenientes de recónditos lugares.

En esta hermosa y bulliciosa urbe comercial se desarrolla una de las más grandes obras Shakespearianas, nos referimos a El Mercader de Venecia.  En ella, Shylock, un prestamista judío, villano cómico, en momentos grotesco y aterrador, que posee una energía extraordinaria en su prosa y en su poesía, habla de los tópicos que hoy nos ocupan y de los miedos y necesidades de un comerciante de la Edad Media, que son los mismos de hoy en día.

El planteamiento de la obra es muy simple y claro. Shylock ha prestado tres mil ducados al cristiano Antonio sin intereses, pero estableciendo mediante una pequeña e “insignificante” cláusula contractual como indemnización para el caso de incumplimiento, una libra de carne del cuerpo del deudor, es decir, de Antonio, quien cuando firmó el documento que contenía tal obligación, estaba seguro de que era “imposible” que incumpliera lo pactado.

Ante la cadena de infortunios shakesperianos que sufre el deudor y que culminan en la pérdida de todo su patrimonio, el judío lleno de rencor por todas las vejaciones sufridas en el pasado, se muestra presto a reclamar la sanción estipulada; y cuando todos le hacen ver lo monstruosa de la petición que vulnera cualquier principio jurídico, religioso o moral, y ofrecen pagarle mucho más que la deuda original para evitar el crimen, el prestamista contesta de manera magistral, dando una cátedra de lo que es la certeza jurídica y su importancia, que no he hallado en ningún libro de Derecho.

Shylock afirma que no importa lo absurdo de la prestación; no importa que le ofrezcan mucho más dinero del prestado a cambio de renunciar a su derecho; no importan las causas personales para exigir la libra de carne. Lo único trascendente es que tiene derecho a pedir lo pactado y que en caso de que el tribunal se lo niegue, todo el mundo sabrá que las leyes de Venecia no se cumplen a capricho de los jueces. Esto es fundamental, no hablamos de justicia, de intereses populares, de moral, de sentimientos, etc, de lo que estamos hablando es de la necesidad de la certeza jurídica para todos los que a diario comercian en la que era conocida como la Serenísima República de Venecia.

El incumplimiento a la cláusula de un contrato es inimaginable para Venecia. El centro del comercio del siglo XVI no puede darse el lujo de que la seguridad jurídica no rija su existencia. Puede llegar a soportarse incluso en ciertos casos, la injusticia, pero nunca, jamás, incertidumbre a los inversionistas. Así, los jueces fallan a favor del judío. Al final el resultado es totalmente inesperado gracias a un subterfugio legal, ajeno al presente artículo.

En conclusión, el andamiaje de la economía de cualquier nación, de cualquier ciudad o cualquier grupo humano, tiene como columna vertebral la certeza del cumplimiento de la ley y de los contratos, así sea en la Venecia del siglo XVI, o en el México de nuestros días.

Es evidente que la función primordial de un gobernante es brindar estrategias y herramientas para satisfacer las necesidades de los ciudadanos bajo su gobierno, pero una de los medios más importantes para cumplir esta función es garantizar la certeza jurídica. El saber las reglas del juego y conocer las consecuencias del cumplimiento y del incumplimiento del ordenamiento legal.

De esta manera, los inversionistas podrán con confianza colocar su patrimonio en nuestras ciudades creando fuentes de trabajo y generando la riqueza que es fundamental para que el ciudadano obtenga trabajo bien remunerado y desarrollo personal.

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