En México, los partidos políticos dejaron de ser instituciones orientadas a la conducción del país y de la democracia; se convirtieron en aparatos electorales: organizaciones diseñadas para competir en una elección de cargos públicos —con incertidumbre sobre el ganador— aunque después sean incapaces de gobernar con eficacia.
Este desajuste no es casual; es producto de liderazgos mal enfocados, dirigencias que se relacionan con la política mediante el espectáculo, del despotismo y de la obsesión por la inmediatez y la popularidad; estas prácticas han convertido a la política en un botín que reduce el debate democrático a un concurso de marcas, slogans y rostros populares, la consecuencia es trágica: los partidos ofrecen candidatos capaces de obtener votos, pero que son incapaces de gobernar.

Foto: Archivo.
Los partidos políticos actuales abandonaron la realidad social; ya no están conversan con la ciudadanía ni entienden sus condiciones materiales, económicas o sociales, solo buscan capitalizar su necesidad. Administran percepciones, se refugian en discursos polarizantes y ejercen la política como un disfraz, las asambleas legislativas debaten lo irrelevante —renombrar calles, declarar patrimonio cultural una “enchilada conmemorativa”, o reconocer derechos ya reconocidos— mientras temas urgentes como seguridad, educación, justicia, empleo y salud siguen sin resolverse. Esta demagogia moderna simula trabajo político para evitar enfrentar lo estructural. Las dirigencias lo permiten porque no gobiernan para transformar, sino para mantener votos y subsidios.
El caso del PAN y Ricardo Salinas Pliego es ejemplo claro de esta maquinaria electoral. Un partido fundado en principios humanistas hoy está dispuesto a postular a un empresario con adeudos fiscales, confrontación permanente con instituciones del Estado y una retórica incompatible con la vida democrática. El PAN no evalúa si podría gobernar, sino si puede competir mediáticamente, esto es la prueba de que ya no buscan líderes, sino celebridades con posibilidad de ganar.
En esta lógica, los partidos adoptaron la estrategia del rostro conocido: celebridades, deportistas, influencers y personajes televisivos convertidos en candidatos bajo la idea de que la gente vota por quien reconoce. Ejemplos abundan, algunos son: Cuauhtémoc Blanco, Sergio Mayer, Alfredo Adame, Rommel Pacheco, Paola Espinosa, Lupita Jones, Carmen Salinas, entre otros, y tienen algo en común: representan un proyecto de campaña, pero no de gobierno.
- Esta maquinaria electoral beneficia a los grandes partidos y sus falsos líderes
- El oficialismo usa la popularidad como herramienta de control electoral.
- La oposición usa celebridades para sobrevivir a su crisis.
- La ciudadanía queda atrapada en una democracia degradada, donde se vota por quien suena, no por quien sabe gobernar.
- Las instituciones quedan en manos de personas sin visión de Estado, sin conocimiento técnico y muchas veces sin interés real en servir.
Todo esto, produce gobiernos débiles, crisis permanente y desconfianza democrática, los partidos han dejado de preparar cuadros políticos; prefieren rostros reconocibles que generen votos y no les causen trabajo de campo, aunque destruyan la capacidad institucional del país. Mientras la política siga convertida en espectáculo, la simulación sustituirá al gobierno y la democracia mexicana seguirá deteriorándose.
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