Jóvenes, identidad y democracia: la fiesta sin patria

por | Sep 19, 2025 | De Puño y Letra | 0 Comentarios

En 2024 participé en un ejercicio singular: un podcast de una institución electoral de relevancia que buscaba acercar la reflexión sobre cultura política y las juventudes en el estado de México, el tema era festivo: qué celebran los jóvenes en las fiestas patria.

Para participar con una perspectiva fresca y desde las juventudes, encuesté a 200 jóvenes del valle de Toluca, hombres y mujeres entre 18 y 22 años, estudiantes de universidad y provenientes de municipios como Toluca, Metepec, Lerma, Zinacantepec y Ocoyoacac; cabe resaltar que algunas de las preguntas eran de carácter abierto.

Lo que encontré es un espejo incómodo: detrás de las luces, la música y la convivencia, que buscan crear los representantes electos durante la conmemoración del grito del inicio de la independencia y el desfile del 16 de septiembre, se esconde un vacío de identidad, de seguridad y de pertenencia.

Foto: Captura de pantalla, Gobierno de México.

Identidad en crisis:Para los jóvenes encuestados, el 15 y 16 de septiembre son más un espacio de reunión familiar o de convivencia con amistades que un acto de conmemoración de la independencia, la fecha se ha vaciado de contenido cívico, y lo que queda es un ritual social sin anclaje histórico. La causa es profunda: no hay un sentido de pertenencia más allá del lugar de nacimiento. Los jóvenes no se sienten vinculados con una identidad nacional o regional porque no encuentran en la política, ni en los gobernantes, puentes que fortalezcan ese lazo, además, desde inicios del 2000, las celebraciones cívicas se distanciaron del ciudadano común, abriendo una brecha entre la festividad, los motivos originales y la fecha de celebración.

Libertad sin futuro: La voz de los jóvenes fue dura y directa, lo sintetizaron en afirmaciones lapidarias De qué sirve ser libres si no hay oportunidades reales, de qué sirve ser libres si el gobierno se mantiene al margen, condicionado por otros países, De qué sirve ser libres si los políticos no nos representan.

Estas frases resumen el desencanto de una generación que percibe la independencia como una promesa incumplida. La libertad, sin justicia ni derechos garantizados, se convierte en un concepto hueco.

Corrupción como espejo:La figura de los representantes públicos —alcaldes, diputados, gobernadores— no despierta orgullo, sino desconfianza. Los jóvenes los ven como actores corruptos que utilizan el poder para beneficio propio, y no como líderes al servicio de la sociedad, esta percepción erosiona la identidad nacional, regional y local, porque el orgullo no puede florecer en el terreno del desencanto, mucho menos donde quien dirige, sólo es apariencia.

Participación fuera de las urnas:Lejos de ser apáticos, los jóvenes muestran una participación política activa, pero fuera de los canales tradicionales. El voto, para ellos, se ha convertido en un mecanismo vacío, incapaz de transformar su realidad. Las instituciones electorales han usado ejercicios de votación juvenil como simples simulacros, preparándolos para emitir un voto formal en el futuro, pero sin escucharlos ni convertir esas dinámicas en políticas públicas efectivas, los partidos políticos los usan como acarreados y va y ven.

Los resultados muestran un problema, la patria ausente.

  • No hay un sentido de identidad nacional porque no existe un proyecto político que construya una narrativa incluyente sobre lo que significa ser mexicano y para dónde va el mexicano y el país.
  • No hay pertenencia real más allá de haber nacido en un territorio.
  • La juventud percibe la independencia como irrelevante, porque la vida diaria no confirma el ideal de libertad: es decir, ven una realidad sin oportunidades, con instituciones frágiles y con gobiernos que no representan a su población.

Con esto, la independencia se vuelve una palabra más de diccionario, hoy los jóvenes celebran las fiestas patrias sin sentir patria, la desconexión no es falta de interés: es el resultado de una política que no los reconoce, de un país que no les ofrece futuro y de una democracia que solo los busca en tiempos de elección.

Y cómo no sentir desconexión si las narrativas del Grito, si el simbolismo de los héroes y heroínas, incluso sus nombres, son cambiados o confundidos por quienes encabezan la ceremonia —alcaldes, gobernadores, incluso el presidente de la nación—, hechos que ocurrieron durante 2025. ¿Cómo pedir a las juventudes que sientan orgullo e identidad cuando la propia historia de la independencia es tergiversada, reducida a un guion mal aprendido o a un acto protocolario sin alma?

Cada vez que un representante público confunde a los protagonistas de la gesta o utiliza el balcón para fines partidistas, no sólo comete un error anecdótico: mina el sentido histórico y refuerza la percepción de que la patria es un recurso político, no un proyecto compartido.

El problema no es que los jóvenes olviden, sino que los adultos, especialmente aquellos que son parte del gobierno, han vaciado de contenido la memoria. En lugar de transmitir la épica de la independencia como legado, la han convertido en espectáculo de luces, música y discursos vacíos; por eso, para una generación que exige coherencia, la pregunta resulta inevitable: ¿cómo vincularse con un país cuya historia oficial cambia al ritmo de las conveniencias políticas y partidistas? El reto es evidente: sin identidad no hay pertenencia, y sin pertenencia no hay proyecto de nación, aunque le llamen transformación.

La desconexión es evidente, pero también los caminos para revertirla, la historia y la identidad no están perdidas; lo que falta es voluntad política y claridad de propósito, algunos puntos que pueden abrir la ruta son:

  1. Recuperar la memoria con veracidad. Respetar la historia no como discurso decorativo, sino como herencia viva, honrar a los héroes y heroínas con nombres completos, con sus luchas y contradicciones, no con versiones edulcoradas o disfrazadas a acorde al gobierno en turno.
  2. Vincular las festividades con la vida real. El 15 y 16 de septiembre deben ser algo más que pirotecnia: espacios para reflexionar sobre los retos actuales de la libertad, la justicia y la igualdad, hacer de la conmemoración un espejo del presente, no solo un recuerdo del pasado.
  3. Incluir a las juventudes en el diseño cívico. No basta con pedir que asistan a ceremonias; es necesario abrirles espacios para narrar su propia visión de México, integrando su voz en actos, foros y proyectos que resignifiquen la independencia desde sus expectativas.
  4. Construir identidad desde oportunidades. El orgullo nacional no se decreta, se vive, a través de programas de empleo y salario digno, acceso a cultura y recreación, salud, alimentación, vivienda y educación; con políticas que garanticen el cumplimiento de los derechos, esto es la base de cualquier identidad nacional duradera.
  5. Separar lo cívico de lo partidista. Mientras los actos patrios se usen como escenario para la propaganda, el mensaje perderá credibilidad, la patria es más grande que un partido y la independencia más amplia que un eslogan.

En suma, no se trata de pedir a los jóvenes que sientan orgullo a ciegas, sino de darles razones para creer en un país que los reconoce, los respeta y los incluye. La verdadera independencia es aquella en la que cada mexicano puede ejercer su libertad con oportunidades, justicia y futuro.

Al final, la pregunta no es si los jóvenes están olvidado a la patria, sino, si la patria —encarnada en sus gobiernos -municipios, estados, legislaturas, presidencia-, instituciones, procedimientos y símbolos— ha olvidado a sus jóvenes, a su población; mientras no existan oportunidades reales, justicia efectiva y un proyecto nacional que convoque, las fiestas patrias serán sólo fiestas sin patria.

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Ricardo Escutia

Especialista en Desarrollo Municipal, ponente en seminarios, coloquios y congresos nacionales e internacionales, interesado en políticas públicas, especialmente en áreas de seguridad púiblica, juventud, desarrollo, programas sociales y obra pública.

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