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La narrativa de la Cuarta Transformación

El discurso de AMLO, en todo momento, tiene dos bases: es simple y es directo. Es decir, usa un lenguaje que la mayoría entiende y asimila; y directo, porque logra conectar con las audiencias sin mayor explicación.

El próximo 11 de marzo tendremos los primeros 100 días de gobierno del Presidente Andrés Manuel López Obrador, el cual, dentro de sus compromisos, mencionó que al corte de esos primeros días, haría un corte señalando los avances y mejoras que el país ha tenido en estos primeros meses del sexenio.

Al margen de lo que se presente en dicho corte, hay algo que debemos señalar y es la narrativa que AMLO ha usado desde que empezó su carrera por la presidencia en el año 2000 y que hasta la fecha ha imperado y que se ha posicionado como un estilo no solo de narrar, sino de administrar y generar.

El discurso de AMLO, en todo momento, tiene dos bases: es simple y es directo. Es decir, usa un lenguaje que la mayoría entiende y asimila; y directo, porque logra conectar con las audiencias sin mayor explicación. A partir de la diferenciación entre los buenos y los malos; donde él, su gente y el pueblo es bueno, y lo malo es encarnado por los “ricos”, por los “poderosos” o por lo que para él, AMLO, representa lo contrario. Por ello, el uso del concepto CORRUPCIÓN, se ha vuelto el término favorito de este gobierno, ya que a partir de él, genera toda su narrativa ganando así el apoyo de la ciudadanía, pues se erige como el salvador, es decir, si él lo pide, si él lo dice, o si él lo decreta el país cambiará. Tenemos además, que todos los posicionamientos se fundamentan en sus dichos, en sus cifras, en sus datos y creencias, quitando así, de facto, la credibilidad a instituciones, organismos que llegan a contradecir o cuestionar sus dichos. Y esto lo hace relativamente fácil, echa mano de historias, de chascarrillos, de mensajes ambiguos y en cuestión de minutos le quita la atención y pasa a un segundo o tercer tema.

Más allá de la narrativa y el uso de símbolos, tenemos un presidente que en función de su mensaje genera discursos que trascienden y crean agenda y percepción y sobre todo, genera aliados incondicionales, pues al sugerir o dar a entender que si no avanza él y sus programas, es por culpa de los malos, a quien pone nombre y apellido, sin aportar pruebas contundentes y veraces, y que muchas veces, debe desdecirse en el transcurso del día o en la siguiente mañanera.

Todas estas acciones se reflejan en dos activos fundamentales: su imagen y su aprobación presidencial, una de las más altas de la historia reciente del país.

¿Cuál es el reto de esta narrativa? cumplir las altas expectativas que este gobierno ha creado, en el corto y mediano plazo, sino, al término de un año quizás, sea necesario que el gobierno deba cambiar sus estrategias y enfocarse en acciones y no solo mensajes.

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