Populismos: el juego entre democracia y demagogia

por | Feb 11, 2026 | De Puño y Letra | 0 Comentarios

El pasado 28 de septiembre de 2025 se publicó en opinión publica televisión, una nota que llamó mi atención, (https://www.opinionpublica.tv/portada/estudian-a-lopez-obrador-en-irlanda-buscan-hallar-antidoto-contra-el-populismo/) la realización de una investigación que se lleva a cabo en Irlanda —financiada por la Unión Europea— para estudiar la comunicación visual de Andrés Manuel López Obrador y buscar un antídoto contra el populismo, esto no es una simple curiosidad académica, sino un síntoma de la urgente necesidad de comprender mejor qué es el populismo y cómo impacta a las democracias contemporáneas.

Este proyecto, conocido como POPAMLO, forma parte del programa Horizonte Europa y se enfoca en examinar cómo se construye la figura de un “líder” desde su campaña hasta sus primeros años de gobierno, usando imágenes, discursos y narrativas mediáticas; la intención es, en última instancia, desafiar sus narrativas omnipresentes, lo que implica la comprensión amplia del populismo, el liderazgo y la democracia, más allá de los casos europeos tradicionales.

Foto: Presidencia de la República.

La democracia, por definición, es el gobierno del pueblo, lo que hace al régimen susceptible de acercarse al populismo, que también afirma hablar en nombre del pueblo; Pero ahí radica la principal distorsión:

  • La democracia, en términos formales busca mecanismos de representación, participación, inclusión y contrapesos, pensando en el beneficio de la mayoría.
  • El populismo, como estilo político, tiende a simplificar y polarizar la relación entre el líder o jefe, y el pueblo, a menudo al costo de las instituciones intermedias, con estragos a la sociedad.

Cabe aclarar que el populismo no es inherentemente antidemocrático, pero sí puede ser antitético a la democracia liberal, si desplaza a los contrapesos institucionales, debilita la pluralidad y concentra la autoridad en liderazgos carismáticos sin freno ni equilibrio, ya que esta (la democracia) pretende buscar la eficiencia de las instituciones, y a través de, brindar mejores condiciones a la sociedad; pero no todos los sistemas que se dicen democráticos operan de esta forma.

El caso de México —particularmente con la figura de López Obrador— es relevante porque permite analizar cómo un discurso y una narrativa pueden movilizar a grandes sectores de la población, construir identidades colectivas e incluso transformar las reglas de la política; así, en muchos análisis contemporáneos, el populismo se asocia con:

  • La homogeneización del pueblo, donde el representante -líder/jefe- aparece como el único intérprete de la voluntad popular.
  • El debilitamiento de instituciones independientes, porque el pueblo y representante se convierten en eje único de legitimidad.
  • La mediatización de la política, donde la imagen, los símbolos y las narrativas pasan a tener más peso que las políticas públicas.
  • Este tipo de análisis ayuda a iluminar cómo ciertos discursos no solo atraen apoyo, sino reconfiguran los vínculos entre ciudadanos, instituciones y Estado.

Entones, dado que la democracia tiene una gran tendencia al populismo, este, tiene algunos efectos positivos:

  • Inclusión y participación política amplia:  El populismo puede catalizar la participación de grupos históricamente marginados, sacándolos del silencio y llevándolos al centro del debate político como lo hizo obrador con su discurso de primero los pobres. De igual forma, puede cuestionar élites cerradas y estructuras de poder que, de otra manera, permanecerían inamovibles, como lo hizo obrador con su slogan la mafia del poder.
  • Refuerzo de la representación simbólica: Cuando los ciudadanos perciben que sus demandas son escuchadas, pueden sentir una mayor legitimidad del sistema político, aunque esto no siempre se traduce en mejores instituciones, como con las mañaneras y las consultas populares…

Estas dimensiones —aunque no suficientes por sí mismas— recuerdan que la democracia no subsiste sin que la gente se sienta parte de ella, lo que ayuda a la gobernanza; sin embargo, también crea riesgos:

  • Desplazamiento institucional: El énfasis en la relación directa entre mandatario y pueblo puede debilitar los órganos autónomos, las cortes, los parlamentos y la prensa crítica.
  • Polarización y simplificación: Las narrativas polarizadas reducen complejidades sociales a dicotomías que no reflejan la pluralidad real de las sociedades como los fifis contra chairos, que después dieron paso a los aspiracioncitas.
  • Medios y mediatización de la política: La política se vuelve espectáculo, y la comunicación una herramienta polarizarte, priorizando imágenes, hashtags y emisiones masivas, de farándula, por encima de políticas efectivas, pesa más la apariencia y la popularidad que el resultado.
  • Posibilidad de autoritarismos suaves: Cuando la legitimidad viene más de la fuerza de una narrativa que del funcionamiento institucional, la democracia se vuelve vulnerable a prácticas que erosionan derechos y garantías, además, se promueven clientelismos electorales con el fin de que el popular se mantenga en un cargo de elección

Esto lo vemos en los tres niveles de gobierno de manera significativa:

  • Federal: Ha impulsado liderazgos con alta identificación popular, pero ha generado tensiones con contrapesos institucionales como organismos autónomos y la prensa.
  • Estatal: En estados con identidades políticas fuertes, el populismo ha servido para movilizar mayorías durante elecciones, pero ha complicado la gobernanza cotidiana cuando se prioriza la lealtad sobre el rendimiento institucional.
  • Municipal: Aquí los efectos son más visibles en la cotidianidad: luchas entre clientelismo, expectativas de beneficios directos y tareas de gobierno que requieren institucionalidad, no solo carisma.

Estas dinámicas reflejan lo que numerosos estudios han apuntado: el populismo aparece con más fuerza cuando los partidos tradicionales se debilitan y cuando los ciudadanos sienten que las instituciones no responden a sus necesidades reales, lo que podemos ver incluso en cada elección, donde la mayoría de partidos, independiente de su proyecto político o ideología, ofrecen candidatos con influencia social, que les permita contender por la elección, aunque no necesariamente sean los más capaces para gobernar.

Para cerrar, una reflexión más: el populismo, como el que se propone estudiar en Irlanda, no debe convertirse en una cacería de brujas contra los pseudo liderazgos, ni en una simplificación terminológica; tampoco debe ignorarse que la democracia, por su propia naturaleza, contiene elementos de expresión popular que coinciden con ciertas dinámicas populistas.

La clave, más que demonizar o aplaudir, es comprender cómo se construyen esas relaciones entre los distintos liderazgos, sus discursos, las instituciones, y cómo esas dinámicas impactan la calidad de la democracia —en derechos, participación, políticas públicas, pero sobre todo en el bienestar general de la ciudadanía, no de unos cuantos.

La democracia no es perfecta y el populismo no es una enfermedad del régimen, que se cura con fórmulas mecánicas, es un fenómeno político que debe estudiarse, entenderse en contexto y responderse con instituciones fuertes, educación política y ciudadanía crítica, ya que es un reflejo de la calidad de la sociedad, y de esta emanan sus políticos, mientras menor sea esa calidad, más demagogia, farándula y manipulación a través del populismo.

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Ricardo Escutia

Especialista en Desarrollo Municipal, ponente en seminarios, coloquios y congresos nacionales e internacionales, interesado en políticas públicas, especialmente en áreas de seguridad púiblica, juventud, desarrollo, programas sociales y obra pública.

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