En la retórica política la democracia ha dejado de ser únicamente un régimen de gobierno para convertirse en discursos de poder, un instrumento de legitimación de intereses particulares. Se invoca la defensa de la libertad, los derechos humanos o la institucionalidad democrática bajo la bandera de los derechos, pero como pretextos para justificar presiones económicas o reconfiguraciones geopolíticas, el caso de las recientes declaraciones de Donald Trump sobre la intervención en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro es ilustrativo de esta distorsión de la democracia.
Cuando Trump exige acceso total al petróleo venezolano y afirma que el Hemisferio Occidental pertenece a Estados Unidos, no está defendiendo la democracia, está reviviendo una lógica imperial, donde los pueblos latinoamericanos son tratados como territorios de influencia y sus recursos como botín.

Foto: Archivo.
La democracia, en este marco, no es un principio normativo universal, sino una narrativa de control de mercados, recursos naturales y posicionamiento geopolítico; la contradicción es evidente: se habla de libertad mientras se amenaza con imponer un precio muy alto a una nación soberana. Se condena la dictadura pero se propone sustituirla no por autodeterminación popular, sino por subordinación externa. Entonces, eso que llaman democracia se vacía de contenido ciudadano, libertades y derechos, y se transforma en discurso justificatorio de intervención.
Este fenómeno no es nuevo, en la historia política internacional, la democracia ha sido utilizada recurrentemente como coartada para operaciones cuyo verdadero núcleo es lo económico y estratégico. Petróleo, control territorial, rutas comerciales, influencia regional, cuando los valores se subordinan al interés, la democracia deja de ser régimen de participación y se convierte en lenguaje de dominación.
Más preocupante aún es la reacción de ciertos sectores internos que celebran estas posturas en nombre de la defensa del capitalismo o de la lucha contra el socialismo, aun cuando ello implique aplaudir la violación de la autodeterminación de los pueblos, también llamada soberanía.
Aquí emerge otra distorsión: confundir libertad con subordinación, mercado con entrega de soberanía, democracia con obediencia al poder externo, eso no es defensa de la libertad; es servilismo político disfrazado de ideología.
La salida de un régimen autoritario no puede ser la sustitución de una dominación interna por una dominación externa, los recursos naturales pertenecen a los pueblos, no a caudillos locales ni a potencias extranjeras, sean políticas o económicas. La verdadera democracia no se impone desde fuera; se construye desde dentro, con base en los procesos locales, en la población, con instituciones legítimas, ciudadanía activa y soberanía respetada.
Cuando una potencia afirma tener derecho sobre territorios ajenos en nombre de la libertad, lo que está en juego no es la democracia, sino el retorno de una política imperial en pleno siglo XXI. Y cuando sectores nacionales aplauden esa lógica, lo que se revela no es convicción democrática, sino renuncia a la dignidad política.
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