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Singladura | Infraestructura: otra alerta

Por Roberto Cienfuegos J.

El enfoque del Proyecto de Nación 2018-2024 es enfático en su diagnóstico: “sin infraestructura no hay progreso”. Y sin embargo, la realidad apabulla: en los primeros cinco meses de este año, la inversión en infraestructura se desplomó 16.4 por ciento respecto a 2018.

Obras del Libramiento de Hermosillo en Sonora. Foto: SCT

El problema, como otros que agobian al país, no es nuevo. Hace al menos cuatro décadas, la inversión en infraestructura es absolutamente menor a las exigencias inherentes para impulsar y aún garantizar el desarrollo, una necesidad esa sí, que es cada vez más apremiante.

Sin infraestructura es imposible en México y aún en China, como solemos decir, la creación de bienes y servicios, de empleos, de bienestar social, de desarrollo sostenible.

Y sin embargo, seguimos en las mismas que hace al menos cuatro décadas. La inversión promedio en infraestructura en México ronda el 4.5 por ciento del PIB. Pero aún así, es muy baja. México paga esto con atraso, pobreza, desempleo y pérdida de infinitas posibilidades de desarrollo y bienestar social.

En 2018, último año del gobierno de Enrique Peña Nieto, la inversión en infraestructura resultó la menor de todo ese sexenio. Apenas se ubicó en 3.5 por ciento del Producto interno Bruto (PIB) del país, la peor de los seis años del peñismo.

Ahora y con base en informes de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, bajo el mando de Carlos Urzúa, el hombre que tiene todavía a buen recaudo la faltriquera del dinero nacional, indican que 33 mil 543.4 millones de pesos se mantuvieron en los primeros cinco meses de este año al margen de la inversión en obra y adquisiciones de materiales en los tres órdenes de gobierno.

Se añaden en el periodo de referencia cifras de un subejercicio por 140 mil millones de pesos, aun cuando el presidente López Obrador insiste en argumentar que se trata sólo de ahorros. Aún si fuera así, sería mucho más rentable –me parece- destinar esos recursos a inversión productiva. Esto es para ejemplificar de algún modo que si fueran ahorros como dice el jefe del Ejecutivo, pues resultarían en lo que en términos coloquiales referimos como ahorros mal entendidos. Imagine una familia, donde el padre o jefe de ésta aduce que dejará de procurar el gasto para alimentos, educación, vivienda, salud y otros de su clan para mejor “ahorrarlos”, poniéndolos a buen resguardo, sin gastarlos. Vaya ahorro en ese caso. Resultará necesariamente mucho más caro, al tiempo.

Para decirlo claro: si el gobierno de la 4T quiere en verdad que México crezca, tendrá que multiplicar hasta en tres tantos la inversión actual en infraestructura. Si en lugar de ello, la mantiene en los niveles históricos bajos y aún peor, la reduce, el país estará confinado a un crecimiento mediocre en el mejor de los casos o absolutamente precario. Algo esto último que no se compadece de las promesas de la campaña lopezobradorista, y que lo equipara al estigma de los gobiernos neoliberales, combatidos por él en sus campañas por la presidencia.

Las estimaciones en general coinciden en que este año el crecimiento del PIB oscilará entre el 0.5 y el uno por ciento. Otros quizá más radicales o “fifís neoliberales”, prevén incluso una recesión económica. Nada alentador en ninguno de los escenarios.

Hasta ahora, vemos atorados los principales programas de infraestructura de la 4T, entre ellos el Tren Maya, el Transísmico y otros relacionados con carreteras o caminos rurales. Estimaciones del sector privado muestran que casi dos terceras partes de los fondos para estos proyectos serán este año sólo para soportar inversiones financieras, materiales y servicios personales.

Así que poco se reflejarán en las obras propiamente dichas o imaginadas, pese a que el país requiere detonar en serio un esfuerzo sostenido en el tiempo de inversión de infraestructura, en equipo, para garantizar negocios. Estos no pueden concretarse sin inversión en plantas, sin inversión en comunicaciones, en telecomunicaciones, en carreteras, centros de acopio, puertos y aeropuertos, y muchas más obras.

¿Y la confianza empresarial? No mejora, según todos los indicios. Esto afecta en forma negativa el crecimiento de la inversión. Si añade inseguridad pública, el panorama se complica y las expectativas se tornan nubladas, muy desafortunadamente.

Sigue además pendiente y se espera que así se mantenga hasta por lo menos la mitad de este sexenio, una reforma fiscal, que pasa por la capacidad de estados y municipios de cobrar impuestos. Algo esto último que ya hemos anotado en este mismo espacio.

Se trata de un tema complejo debido a que el gobierno a través de Hacienda sigue empeñado en apretar el puño de la centralización en materia de decisiones clave, presupuestos y fondos de inversión bajo el argumento de frustrar pillerías o actos de corrupción, algo también cuestionable cuando el Ejecutivo prácticamente decretó el “borrón y cuenta nueva” con el fin de no entrampar al país.

¿A dónde vamos? La mayoría lo desconocemos. Salvo claro está, quien tiene “otros datos”.

Insistimos en que el tiempo apremia. ¿O es que también hay otra forma de medirlo?

ro.cienfuegos@gmail.com

@RobertoCienfue1

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