
Venezuela vive hoy las horas más críticas de su historia contemporánea. Los dos temblores del miércoles 24 de junio, uno de magnitud 7.1, el otro de 7.5, son ya historia, pero el futuro que le deparan a Venezuela resulta absolutamente incierto, aunque tendrá que escribirse. Redacto estas líneas como periodista, pero sobre todo como un ex residente sexenal en Caracas. Lo hago impactado y hasta trémulo, aunque a un ritmo menor que la agitación que generaron ambos terremotos en un país casi en el desamparo.
¿Por qué pasaron horas antes de que alguna autoridad o la presidenta interina, Delcy Rodríguez, reaccionara a la tragedia? Las imágenes, las notas periodísticas, y aun los relatos de amigas y amigos venezolanos en la escena, describen el peor momento de este país, sumergido entre los miasmas de la muerte y la destrucción.
¿188 muertos, poco más de mil 500 heridos? Cifras ridículas ante el tamaño constatable de una tragedia natural para un país que ya estaba desnudo y que en las últimas horas quedó en huesos, muchos de ellos sepultados en estas horas aciagas como consecuencia de un fenómeno sin precedentes en más de cien años.
Recordé al Libertador, el indomable Simón Bolívar, cuya casa solariega conocí en Caracas y donde estaba inscrita esta frase: “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Bolívar lo dijo ante el terremoto del Jueves Santo, el 26 de marzo de 1812, que también dejó una cauda de muerte y devastación e hizo que muchas mujeres cambiaran sus trajes elegantes por ropa humilde en señal de penitencia, mientras la gente en general clamaba de rodillas al cielo en busca de misericordia e iniciaba las tareas de auxiliar a las personas heridas y rescatar a sus muertos.

Foto: SRE.
Conocida como la Venezuela Saudita hasta febrero de 1983, cuando concluyó un ciclo económico de envidiable prosperidad, sepultada por una abruta devaluación del Bolívar, la moneda venezolana, este país vive sus horas más críticas, un colofón trágico y directo de la instauración a partir de 1999 del régimen de Hugo Chávez Frías y la segunda parte a cargo del encarcelado Nicolás Maduro.
Se han escrito desde entonces las peores páginas de la historia venezolana, con episodios cada vez más infaustos, el del miércoles, entre los peores porque impactan a un país sin cultura ni preparación para enfrentar cualquier tipo de tragedia telúrica, sin maquinaria ni personal y tampoco sin autoridad capaz, según ha quedado en claro en las horas que siguieron al doble terremoto.
Amigas mías como Marisol Duarte, radicada en Caracas, me escribe con voz trémula a poco de la tragedia: “Mira, nosotros bien, gracias a Dios estamos bien, pero fue horrible, fue horrible. Todavía, ahorita estamos regresando de la calle, estábamos en la calle, ahorita fue que logramos subir, pero todos bien. Oíste. Gracias. Chao”.
Periodistas amigos míos, como José Antonio Larez, me dice: “Otro aspecto que pone en evidencia la desfachatez del régimen que hemos tenido, es que en cada circunstancia como la que se está viviendo hoy, teníamos una institución como la Cruz Roja Venezolana, de la cual también se apoderaron y hoy día no la vemos activa ni prestando servicios o auxilio de ningún tipo. Eso es como para que meditemos pues, al nivel que nos llevaron.
Y mi amigo y colega Guillermo G. Espinosa, quien junto con su esposa se asentó en Venezuela hace apenas unas pocas semanas, procedentes de La Habana, otro calvario en estos días, escribe sobre lo que vivió este miércoles 24 de junio: “Nosotros estamos bien, pero Caracas sufrió mucho dos insólitos terremotos”.
Agrega: “azorados, dejamos el centro comercial y caminamos por la avenida Francisco de Miranda, junto a miles de peatones más, que habían sido evacuados del Metro. Había daños por todas partes, fachadas desplomadas, ventanas rotas, fugas de agua. Patrullas de la policía y ambulancias iban y venían”.
Sigue: “Afuera de nuestro edificio de 10 pisos encontramos a los vecinos en la banqueta evidentemente tristes, preocupados, desconcertados. La autoridad municipal acababa de decretar la prohibición del acceso al inmueble hasta que no hubiera un peritaje técnico sobre su estructura”. Aún así, “volví a mi edificio determinado a subir ocho pisos por las escaleras y sacar de ahí lo mínimo necesario”
Agrega: “La noche fue larga, casi no dormí”, resguardados en una casa ajena pero de amigos. “Encontré unas aceitunas en el refrigerador y eso fue nuestra cena. Ya estoy acostumbrado a cenar muy muy ligero. En cinco años en La Habana me hice al medieval hábito de comer semillas y frutos secos antes de ir a la cama. En el departamento, las puertas se habían cerrado solas con la agitación telúrica. Los cajones de la cocina estaban todos abiertos y el caldo de unas lentejas que hicimos para cenar, estaba derramado. En 20 minutos salí exhausto con dos maletas. Mañana será otro día”.
Será, pero -insisto- Venezuela vive sus horas más críticas, comparables quizá con aquellas jornadas violentas registradas en febrero de 1989, a poco de iniciada la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez y que se recuerdan como “El Caracazo”, la peor revuelta popular en tiempos de la democracia tan venida a menos en los últimos poco más de cinco lustros. Ojalá amanezca un nuevo día para Venezuela.
@RoCienfuegos1
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