Singladura | Nosotros los pobres, ellos los ricos

Por Roberto Cienfuegos J.

Sí, los pobres siguen siendo la mayor riqueza de don Andrés Manuel.

La estrategia política de don Andrés Manuel López Obrador de utilizar a los pobres como un escudo impenetrable y a prueba de todo, le está rindiendo resultados óptimos en lo personal, siguen diciendo las encuestas de opinión, pero cabe preguntar si el uso de semejante coraza resulta igual de fructífera en conjunto para el país, que según el Inegi registró un ligero decrecimiento económico en 2019.

Planteo la interrogante a propósito de un discurso que el primer mandatario nacional pronunció la víspera allá por las tierras de Milpa Alta ante una audiencia predominantemente indígena y pobre –casi un pleonasmo-, y donde no dudó ni tantito en pronunciar su inspiradora frase célebre: “¡fúchi, caca!”, al referirse a la corrupción, un fenómeno cuya promesa de combatir también le arroja ingentes frutos en su azarosa y prolongada carrera por la presidencia del país.

Desde sus tiempos como jefe del gobierno de la ciudad de México, quien por aquel entonces –julio de 2004- pidió que lo diéramos por muerto para la carrera presidencial de 2006, don Andrés Manuel puso en marcha la dádiva para los pobres, que en México –como en otros muchos países- conforman una enorme clientela política potencial. No fue mala la apuesta política, hay que reconocer. Por el contrario, fue una idea excelente hacer de los pobres el mayor mercado electoral. Tardó pero dio abundantes frutos en 2018, conforme a todos los datos. Sí, los pobres siguen siendo la mayor riqueza de don Andrés Manuel.

Así, ya desde entonces –insisto- se hacían escuelas para pobres, hospitales para pobres, casas para pobres, y tiendas para pobres, entre otras acciones destinadas a “socorrer” a los pobres. ¿Buena idea? Excelente políticamente, pero incompleta, o coja habría que decir, para cualquier país que requiere desarrollo y sobre todo formas de sustentarlo en el tiempo a través de la participación amplia y vigorosa de los sectores y actores más pujantes, innovadores y dispuestos a invertir y aportar, y no sólo a fungir como “mascotas” y/o animalitos, según un comparativo presidencial. La ausencia de esta “segunda pata” podría explicar el decrecimiento económico al cierre del 2019 que recién nos informó el Inegi, aun y cuando don Andrés Manuel insista en negarlo con una temeridad que aterra al constituir una negación de la evidencia concreta y palmaria.

Este año las cosas tampoco parecen mucho mejor, si acaso algo, pero si es altamente probable que los pobres de México sigan felices, felices, felices porque hay un presidente que les regala dinero a costa de otros sectores que lucen desconcertados, temerosos, reacios y vilipendiados. Lo merecen. Después de todo son los “fifís”, los conservadores, los corruptos y neoliberales. Pero eso tampoco importa, no al menos mientras haya que repartir, así sea unos cuantos pesos cada mes.

Aquí el punto es señalar que don Andrés Manuel pintaba ya desde la jefatura del gobierno capitalino como un político sospechosamente amoroso de los pobres y desdeñoso de otros sectores poblacionales, también parte de México, aun y cuando decirlo parezca una obviedad.

Con el señuelo de “primero los pobres”, don Andrés Manuel olvidaba –lo sigue haciendo- a una masa poblacional crítica para el desarrollo. A esos que más bien fustiga y etiqueta sin perder oportunidad alguna, como lo hizo recientemente en Milpa Alta, donde –dicho coloquialmente- volvió a hacer leña de conservadores, neoliberales y cuanta especie asocie al pasado, una táctica que seduce a todo aquel mexicano que quiere ver sangre “fifi” en el ring del escenario público nacional.

Como presunto padre protector de los pobres de México, don Andrés Manuel ha caminado lejos y sin tregua. Es un asunto que lo oxigena de manera cotidiana. En marzo de 2019, equiparó a los pobres con “mascotas” o animalitos a las que no se les puede pedir que busquen su alimento, sino que “se les tiene que dar”. Es lo que ha hecho sin que nada importen los recortes por todos lados, algo que mina las posibilidades, oportunidades y urgencias de desarrollo nacional, pero que le reditúa incuantificables frutos políticos a él y su causa.

Tantos frutos arroja esta estratagema para nuestro presidente que nada importa si la economía del país no crece o, peor aún, registra decrecimiento, tampoco vale que la criminalidad esté por encima de los saldos sangrientos de sexenios anteriores o que amerite acción urgente la crisis médico-hospitalaria del país, entre otras marcas desastrosas que con una habilidad digna de mejores resultados don Andrés Manuel asocia al pasado, a sus adversarios –bien plantados en las mentes y corazones de muchos pobres-. Es la tribuna, conformada primero por los pobres, la que aplaude, elogia y defiende aún las gracejadas y ocurrencias de su benefactor.

Por ello como acaba de hacer en Milpa Alta presume tanto los apoyos a los pobres. Dinero para todos ellos, parece ser la consigna sexenal. Y los pobres pobres pues felices, así se les convierta en miembros de ejércitos de pedigüeños, limosneros o menesterosos porque no será esta la forma para que dejen de serlo. Al contrario, se acentuará el fenómeno de la pobreza y el éxito de los políticos que hagan de esto un negocio redondo sufragado con dinero de los contribuyentes. ¿Si la pobreza se acaba qué negocio político quedaría en pie?

Recuerdo un ejemplo casi clásico de la política venezolana. Rafael Caldera, un político tan astuto como veterano, se hizo por segunda vez de la presidencia venezolana en 1994 con un discurso a favor de los pobres de ese país y en contra de organismos como el FMI, que tildó del mismísimo “demonio”.

El veterano político alzó entonces –qué curioso- las banderas antineoliberales, de combate a la corrupción, la inseguridad pública y por supuesto de oposición al modelo democrático que se instauró en el país tras el fin de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, en 1958. Millones de electores venezolanos creyeron en Caldera y le dieron en 1994 la presidencia para un segundo periodo que culminó en 1999, cuando la cedió nada menos que a Hugo Chávez Frías.

Al término de su segunda presidencia, el 2 de enero de 1999, Caldera se justificó con un sencillo: “habríamos querido hacer mucho más de lo que hemos podido cumplir, pero las circunstancias no han sido favorables”. Y se acabó. En diciembre de 2009, Caldera murió.

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@RobertoCienfue1

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