Singladura | Sentido común, por favor

Por Roberto Cienfuegos J.

El presidente López Obrador, una vez más, parece dominado por algunas obsesiones que pueden derivar en situaciones mucho más graves que aquellas que intenta contener o incluso impedir.

 

Parece que lo perdimos hace tiempo, pero en momentos –que se prevén largos- de pandemia urge el sentido común. A ver, haré un parangón simple, el más sencillo posible y que, dicho sea de paso, juzgo pertinente porque es fácil, bastante fácil de comprender.

Muchas veces comparo el microcosmos de cualquier familia, o bueno, casi de cualquier núcleo familiar para obviar la generalización, que quienes saben de estas cosas dicen que nunca es buena, con el manejo de un gobierno.

Voy al ejemplo, si usted o cualquier persona pierde ingresos por la razón que sea al grado de quedarse sin un clavo como se decía en el pretérito cercano ¿qué hace? O ¿qué puede hacer? Lo ideal por supuesto es y sería buscar una forma rápida, innovadora y creativa, pero sobre todo puntual de generar una renta, un ingreso para impedir el colapso suyo y de su familia. Es similar en el caso de un gobierno, cualquiera. ¿Vamos bien? ¿Nos entendemos? Si esta primera herramienta no funciona por la razón que sea, y siente que se le viene encima la necesidad esencial, crítica y urgente, por ejemplo, de pagar alimentos –no hablemos de otras necesidades que usted podría ponerlas en el cajón de las menos apremiantes aun cuando también resulten importantes, aunque podrían encajar entre las no vitales.

Pero resulta que como nos enseñó hace décadas el buen Rius, la panza es primero y usted no puede, tampoco debe y mucho menos quiere que su familia sufra desnutrición súbita, enferme por la ausencia de alimentos, comida, pipirín o como usted quiera y prefiera llamar los sagrados alimentos de cada día, o incluso muera de hambre.

¿Qué hace entonces? Una segunda alternativa podría darla el crédito, familiar, de amigos o incluso bancario. El crédito, es claro y de sentido común, no resuelve el tema de fondo que es la ausencia o la pérdida de ingreso, pero ofrece una alternativa relativamente rápida para subsanar el problema siempre y cuando usted tenga la manera o califique para obtener fondos pecuniarios que le permitan por un tiempo enfrentar la emergencia ante la ausencia de liquidez, ingreso o renta. Usted sabe que honrará en su momento esa deuda y tendrá que aguzar su ingenio para saldarla. Pero compra tiempo y resuelve. ¿Es o no es así? Insisto, el crédito, el préstamo resolverá la urgencia que tiene usted de poner comida en la mesa familiar, y le ganará tiempo para resolver la crisis, la suya y de su familia. Le proveerá una solución inmediata a un problema grave que puede conducir a otros peores, como por ejemplo, el hambre, la enfermedad y aún el desmembramiento familiar por citar apenas tres consecuencias inmediatas y previsibles.

Sí, claro, ya sé que la deuda nunca es buena y que no debería recurrirse a ella salvo en casos muy excepcionales y casi casi sólo en momentos en que está en juego todo lo que podría colapsar en un momento crítico, justo y precisamente por la ausencia de liquidez o recursos pecuniarios.

Bueno, comparto con usted lector (a) estas ideas o reflexiones porque me parece útil para comprender, espero que un poco mejor, que a veces y sólo de manera excepcional, hay que recurrir a deuda porque esta se convierte en un mal menor en equis o zeta circunstancia. A veces la deuda constituye la diferencia entre vivir, enfermar o morir, lo digo sin exageración alguna.

Vamos al caso del gobierno de la 4T. El presidente López Obrador, una vez más, parece dominado por algunas obsesiones que pueden derivar en situaciones mucho más graves que aquellas que intenta contener o incluso impedir. Una de sus promesas de campaña fue que durante su gestión no endeudará más a México. Tampoco –prometió y ratifica a la menor provocación circunstancial- subirá impuestos, un mecanismo potencialmente eficaz de política pública si se hace –como todo- de manera correcta, pero que la 4T ha pospuesto y aún satanizado por motivos esencialmente ideológicos y aún de impacto político y sin considerar el costo económico aún para garantizar la sustentabilidad de su propio proyecto.

En su lugar, el gobierno que encabeza López Obrador ha metido –que tijera ni que nada- sino una sierra de aserradero en cuanto terreno blando o duro incluso ha encontrado para hacerse de recursos y ojalá allí se detuviera la máquina de cortar bajo todo tipo de argumento o pretexto, algunos válidos, otros no tanto.

Al recorte generalizado para no endeudar al país se suma que buena parte de los recursos del Estado se han dilapidado en proyectos inamovibles y aun –para decir lo menos- de dudosa utilidad y desaconsejados por expertos de todos tamaños en momentos tan graves como los que vive el país. Usted sabe a qué proyectos y acciones me refiero.

Retomo el caso de una familia, que me encanta utilizar. Cuando usted está en apremios económicos severos, omite, suprime o aplaza gastos y aún inversiones para un mejor momento. Tampoco contrae deuda para dilapidar, claro. Los recursos de una deuda van a fines esenciales, de sobrevivencia pues. ¿O no?

Así que al igual que una familia en apuros, México está en un momento pandémico de enorme y aún incuantificable peligro por el Covid-19. El gobierno sin embargo insiste en que no contraerá deuda –eso es neoliberal- tampoco procederá a una reforma fiscal – cuya oportunidad se perdió ya pese a la necesidad de acometerla en México.

En su lugar, el gobierno de la 4T seguirá haciendo recortes a diestra y siniestra. Recorte es la palabra mágica aun cuando sea de salarios. No sólo, claro. Usará recursos escasos para proyectos al menos controversiales como los que ha destinado a Pemex –en virtual bancarrota- y los que desarrolla todavía en el sureste del país. El informe de la cuenta pública de 2019 revela justo que en 2019, la 4T abrió las arcas a un Pemex naufragante y las cerró al sector salud, cuya merma nos estalla hoy en la cara y obliga a contrarreloj al revituallamiento médico al precio que sea. La imprevisión multiplica siempre los costos, y deja ver en este caso que se privilegió un bien como el petróleo –cuyos precios están hoy en el sótano- que el valor de una vida humana, cualquiera que ésta sea. Ahora y pese a la pandemia y sus peores amenazas, este criterio se mantiene y escala.

Así que si los mexicanos enferman, mueren ya sea por el Covid-19 o el colapso económico palmario y evidente en el microcosmos de cualquier plaza comercial del país, -negocios cerrados, abandonados o en frenético y desolado alquiler- pues ni modo. Les tocó la hora del payaso. Vaya cosa. Desconozco si al sentido común frente a una circunstancia absolutamente excepcional y peligrosa del país también ya se lo cargó el Covid-19.

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@RobertoCienfue1

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