¿Torpezas de la inteligencia o la inteligencia de los torpes?

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Es presidenta de la Organización No Gubernamental Y Quién Habla por Mí AC. Estudió ciencia política en el Tecnológico de Monterrey y se ha dedicado al fortalecimiento de políticas públicas, proyectos y legislación en materia de Derechos Humanos, especialmente en temas de seguridad, género y de protección de derechos de niñas, niños y adolescentes. twitter Twitter twitter Twitter

Hoy debemos aceptar que nos ha faltado desarrollar verdadera inteligencia de Estado, pues se ha venido desarrollando una estrategia de seguridad plagada de intereses personalistas que afecta tanto a la sociedad como a las instituciones menoscabando la confianza mutua.

Acabo de terminar de leer el libro de Jorge Carrillo Olea bajo el título “Torpezas de la Inteligencia” adornado con la tan controversial y “memeada” bandera rasgada. Sin duda ante la poca información que tengo del autor, tendrán que salir sus detractores a contarnos la otra cara de la historia, pero el punto es que considero que el señor tiene razón en gran parte de su libro. Quizá en algunos momentos es ácido, poco rudo y exagerado con las instituciones de seguridad y también en algunos momentos cae en el auto-romanticismo de su labor al servicio del Estado. ¿Ven por qué no me gusta hablar de mí? Aunque tengas los pies en la tierra, a veces nace mucho amor propio y podemos caer en justificarnos de forma un poco cursi. Pero bueno, mi papel no es desmentir al autor porque no conozco de primera mano sus andanzas y puedo caer en la crueldad de criticarlo o alabarlo injustamente.

Lo real es que a través de su libro podemos confirmar lo que todos y todas las que estamos ampliamente atraídos por la Seguridad Nacional sospechamos, pero por falta de pruebas (porque muchas de ellas están en carácter de “secretas” o “reservadas”) pocas veces nos atrevemos a denunciarlo o a escribir sobre ello.

El autor hace un recuento máster de los sexenios desde Díaz Ordaz hasta Peña Nieto, desmenuzando la política de Seguridad Nacional, o más bien los “intentones” de la misma, porque lo real es que nunca hemos tenido como Nación esa política pese a su urgente necesidad. Carrillo se centra principalmente en las tareas de “inteligencia” que se han implementado en cada uno de estos sexenios, por ello el título: las Torpezas de la Inteligencia, y es que el libro confirma cómo a lo largo de la historia no solo se ha confundido la Seguridad Nacional con la Seguridad Pública, desarrollando estrategias únicamente de seguridad interior y tomando como Seguridad Nacional un concepto “norteamericanizado” que nos ha dejado ver como timoratos a la hora de estudiar y aplicar la Seguridad Nacional, pues hemos sido incapaces de desarrollar un concepto propio y consensuarlo para aplicarlo.

También hemos confundido la inteligencia con mera información para los intereses del presidente en turno, pues antes de usar la información producida en su momento por la DFS y hoy en día por el CISEN, para la salva guarda de la democracia, para la justicia social y para proteger lo que tanto pregonamos que debe considerar la Seguridad Nacional: población, territorio y gobierno, la inteligencia se ha ocupado de proteger los intereses del titular del ejecutivo, señalando todo lo que le sea antagonismo a él como amenaza a la Seguridad Nacional. Pero no seamos radicales, hay contadas ocasiones en las que no es así. Lo real es que hay otras instituciones federales de seguridad que producen inteligencia que sí ayuda a proteger los intereses nacionales, aunque caen en el calvario de aislarse y no compartir esa información con sus pares de otras dependencias.

Por lo anterior digo yo, que es mejor ubicar el contenido del libro como la inteligencia de los torpes (de quienes egoístamente han querido salvar el “pellejo” e interés sacrificando los verdaderos objetivos nacionales), pues en los recuentos que hace el autor sobre las veces que se han utilizado a las instituciones federales de seguridad de forma reaccionaria sin estrategia y de forma violenta, han tenido consecuencias atroces y muchas veces han menoscabado a poblaciones que de por sí tienen muchas situaciones de vulnerabilidad. De ahí que surge la disociación tan enraizada e injusta entre la seguridad con los Derechos Humanos y la transparencia, pues el uso de la fuerza por parte del Estado suele darse a discreción sin dar las mínimas cuentas y sin tomar en cuenta la premisa de que el Estado tiene el uso legítimo de la fuerza precisamente porque la ciudadanía confía en que la usara como último recurso, pero hemos visto que no ha sido así.

Hoy debemos aceptar que nos ha faltado desarrollar verdadera inteligencia de Estado, pues se ha venido desarrollando una estrategia de seguridad plagada de intereses personalistas que afecta tanto a la sociedad como a las instituciones menoscabando la confianza mutua. Ha habido atropellos a los Derechos Humanos, la estrategia ha sido más reaccionaría que preventiva, carente de inteligencia efectiva y respaldo social. Difícilmente podemos radicalizar, culpar por completo a todas las instituciones de seguridad, pero sí ha habido personajes en ellas que la han “regado” y muy “cañón”.

El autor señala magistralmente cómo la Ley de Seguridad Nacional fue aprobada sin el mínimo interés de un debate y análisis a fondo, dejando de lado totalmente una visión ampliada de la Seguridad Nacional y minimizando las problemáticas internacionales a las que se enfrenta el país, y pese a eso aún existió la “chiluda” de aventarse una Ley de Seguridad Interior con la Ley de Seguridad Nacional en carácter de supletoria. Lo real es que hoy en día difícilmente se pondrá a discusión ese andamiaje jurídico pues nadie sabe y nadie quiere meterse a definir los límites entre la Seguridad Nacional y la Seguridad Pública, lo cual ha obligado a que las fuerzas federales estén en las calles, casi sin distingo alguno.

Necesitamos emprender una política de Estado en materia de Seguridad Nacional que se base en la inteligencia estratégica y que se concilie con la transparencia y los Derechos Humanos, pues aunque pareciera que nos puede dar “roña” si nos juntamos garantistas y securitistas para conciliar una estrategia aterrizada en las realidades de México, no va a ser así, al contrario, podemos encontrar la vacuna para los diversos virus mortales que nos aquejan como sociedad y además podemos conseguir el respaldo social necesario para emprender las acciones no solo de reacción ante las amenazas a resolver, sino para prevenirlas desde el tejido social. Ya es hora.

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