Alcaldes como de película

“No soy boxeador profesional, hago esto para entretener y para ayudarlos; si pierdo, no me quiten su cariño”, dijo a sus paisanos José Manuel Valenzuela López, cuando se subió al ring en diciembre de 2013 siendo alcalde de Angostura, Sinaloa, desafiando la presunta seriedad y el comportamiento que deben seguir los integrantes de la clase política.

Era la segunda vez que, entre risas y aplausos, el Chenel, como se le conoce, hacía esto para recaudar fondos. Como Valenzuela ha habido muchos presidentes municipales que se hacen famosos no tanto por su gestión, sino por sus gustos personales, sus viajes y hasta por sus problemas legales. En suma, por sus escándalos.

Son representativos los casos de los ahora ex alcaldes José Antonio Ríos Granados, “el actor” de Tultitlán; Félix Salgado Macedonio, de Acapulco, famoso por su afición a la motocicleta; Mauricio Fernández Garza, de San Pedro Garza, quien con sus declaraciones en torno al combate a la delincuencia organizada lo hicieron popular; Héctor Murguía, de Ciudad Juárez, que gustaba de cantar y bailar en público; o bien, Eduardo Romero Hicks, de Guanajuato, y César Coll Carabias, de Guadalajara, que prohibieron besos y caricias entre las parejas en público.

Es su peculiar estilo de gobernar. Éste —afirma Nicolás Loza, investigador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso)— es la manera en que un funcionario público cumple con su tarea, la cual se rige por reglamentos.

Sin embargo, la manera en la que lo hace puede variar de acuerdo con la personalidad de cada quien o de lo que su entorno pide. “En ocasiones, la sociedad demanda funcionarios carismáticos, con magnetismo.

Celebramos a quien es pícaro y este estilo personal añade o resta a la evaluación que hacemos de un funcionario”, asegura el también coordinador del libro Instituciones políticas, opinión pública y poderes políticos locales en México.

Sergio Hernández Reyes, coordinador de Agenda Ciudadana (una organización que busca un proyecto de garantía de buen gobierno que fomente la calidad de vida de los habitantes del municipio sustentablemente), subraya que “un político debe ser inteligente para lograr sus objetivos, que son preservar el poder y tener la confianza dentro de su partido, para continuar ocupando cargos públicos.

Hay alcaldes que después se postulan, si dan buenos resultados, para diputados locales y, por ello, deben mantener la popularidad que les permita seguir una carrera política”.

Para César Rentería, investigador asociado de la División de Administración Pública en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), lo que observamos en los alcaldes envueltos en el escándalo no cae dentro de la conceptualización de un «estilo de gobernar», sino en la transgresión de ciertos valores sociales o ciertos lineamientos institucionales que ponen en serio cuestionamiento a los gobernantes ante la opinión pública.

El también maestro en Administración y Políticas por el CIDE menciona que un alcalde debe sujetar su visión y sus gustos particulares a la institucionalidad que su cargo exige. “Por tanto, se espera que no exprese opiniones personales que comprometan la postura oficial de su gobierno; además, debe estar consciente de que sus palabras o acciones representan a la sociedad que lo eligió”, asevera.

El alcalde de San Miguel de Allende, Mauricio Trejo, opina diferente: «Un político no debe ser necesariamente serio si su personalidad no es así. La no seriedad no significa falta de respeto y de profesionalismo o deshonestidad. Hay políticos alegres, abiertos y quizá por ello ganan elecciones».

Son seres humanos

Sobre los escándalos personales, el académico del CIDE dice que si a la alcaldesa de Monterrey, Margarita Arellanes, le gusta bailar y va al antro en su tiempo libre, no es un gran problema. Éste ocurre cuando la transgresión es sobre un valor fuertemente arraigado; por ejemplo un escándalo sexual, de consumo de drogas o de asociación con criminales. Es decir, el comportamiento de un alcalde no debe transgredir valores o normas sociales muy importantes, a riesgo de denigrar su imagen política, explica Rentería.

Con respecto a casos como el de Ríos Granados, apodado el alcalde actor, “no se trata de un estilo polémico de gobernar, sino de malversación de fondos. Este delito y el abuso de poder están asociados a gustos personales que nada tienen que ver con el ejercicio del gobierno. No se puede hacer uso del poder político —como Silvano Abarca, presidente municipal de Rosarito, Baja California, acusado de contratar sólo a secretarias bonitas para el ayuntamiento— o de los recursos públicos para satisfacer gustos personales.

Alcaldes, PelículaEsto se extiende no sólo a la adquisición de bienes, sino a viajes como el caso de Sixto Zetina, de Irapuato, quien mientras dicha ciudad enfrentaba contingencias provocadas por las lluvias, realizó un viaje por Rusia. Se recuerdan también las fotos que presumió en las que aparecía en el Staples Center, viendo a los Lakers de Los Ángeles.

Todos estos casos tienen consecuencias legales y no se trata simplemente de un tema de imagen, advierte César Rentería.

Al respecto, Mauricio Trejo dice que «antes de ser alcaldes somos seres humanos y cada uno tiene su personalidad, pero a veces falta sentido común en algunos gobernantes. Todos tenemos derecho a ir a ver al equipo que nos guste, pero no con recursos públicos. Eso es deshonesto. No veo mal que a un alcalde joven le guste ir a bailar a un centro nocturno y que tenga un comportamiento ético en un lugar como ése. Si lo vemos arriba de la mesa, ya es una falta de respeto. El sentido común y la honestidad son obligadas para todos los alcaldes», advierte.

¿Qué tanto inciden estos comportamientos en las decisiones de gobierno? Sergio Hernández Reyes menciona que el estilo de gobernar define cómo se organiza un gobierno municipal. En tanto que Loza asegura que en algunos casos sí influye, porque puede implicar ciertas preferencias en relación con el tipo de obra pública que se autoriza. «Uno supondría que quien tiene una gran afición por el deporte, podría tender a priorizar la inversión en asuntos que tengan que ver con el deporte», indica.

«Hay quienes son conservadores y su administración —puntualiza el alcalde de San Miguel de Allende— será igual. Hay personalidades que creen en romper paradigmas y su gestión será muy activa, con proyectos e ideas nuevas. Habrá personas irresponsables, sin sentido común, sin proyecto a largo plazo y ello se reflejará en un municipio sin planeación y poco promovido. La personalidad se ve reflejada en la manera de gobernar.»

Actitudes rentables

José Octavio Acosta, secretario de la Red de Investigadores en Gobiernos Locales (Iglom), menciona que en modelos clientelares, los políticos “adoptan” estilos que consideran políticamente más rentables y que están asociados a la cultura política existente en la sociedad. Es decir, a menor cultura política, pesa más asumir comportamientos supuestamente deseados por la población, asevera y añade que a mayor cultura política pesan más los resultados que los estilos.

Una sociedad políticamente madura —continúa Acosta— no debería permitir la simulación, pero los medios de comunicación valoran más el estilo de vestimenta, las características físicas de la persona (si son guapos o no), su forma de hablar, etcétera. Y sucede que cuando no se tiene capacidad, se pretende simular un determinado estilo, con el pretexto de que a los ciudadanos les gusta.

Al respecto, Nicolás Loza subraya que una característica del periodismo en economías de mercado como la nuestra, es que el periodista busca notas negativas y rosas, porque eso vende. Un político que protagoniza una historia de amor es muy atractivo para los medios, pero esto no quiere decir que si esa historia no estuviera allí, cubrirían el asunto sustantivo de su gestión; tal vez podrían ignorarla.

El dilema real de un alcalde —precisa el investigador de Flacso— «no es si aparece en los medios por su estilo de gobernar o por su vida privada a cambio de que no se atienda lo sustantivo de su gestión. Ese dilema los medios no lo resuelven. Lo que éstos hacen es decir: aquí hay un político atractivo porque baila cumbia. Y si no es atractivo, eso no significa que los medios van a ver cómo está su cuenta pública».

Los alcaldes que aparecen en los medios por sus escándalos —subraya, por su parte, Mauricio Trejo— tienen malos resultados en sus municipios; por ejemplo, con Félix Salgado Macedonio vimos un Acapulco destruido, con una sociedad dividida y sectores productivos confrontados con el gobierno del puerto.

Mientras como sociedad no avancemos en nuestra participación y nuestra responsabilidad, seguiremos poniendo mucha atención en motos, peinados, vestidos, trajes o canciones, apunta José Octavio Acosta.

«El gran desafío de la política y las democracias no es tener gobernantes ‘perfectos’. De hecho éstos no existen. El reto es construir instituciones de Estado, donde los ‘estilos’, sean simplemente eso: diferentes estilos; sin embargo, no serán éstos los que determinen la forma del gobierno. Seguramente hay políticos más o menos exhibicionistas; con más o menos facilidad de palabra; con determinadas preferencias sexuales, religiosas, artísticas, culturales, académicas, etcétera, pero en una democracia no debiera ser eso lo que determina el quehacer gubernamental, concluye Acosta.

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