Alianzas: pros y contras

OradorEn el bestiario de la mitología abundan las figuras de extraordinarios seres que combinan y alían las características y formas de más de un animal de la naturaleza dentro de un solo maravilloso ser mitológico. El grifo, la hidra, el minotauro, la gárgola, entre otros, son algunos de los muchos ejemplos de este tipo de seres sorprendentes que, como la manticora, son seres con cara de hombre, cuerpo de león, alas de murciélago y cola de escorpión.

Existen, sin duda, combinaciones ganadoras que dan ventajas a los animales que se dotan con las virtudes de uno y de otro diferente; pero también es cierto que rara vez podremos ver que alguna de estas esperpénticas combinaciones termine por arrojar algún ser con más cualidades que el modelo original antes de hacerlo pasar por el filtro de las más abigarradas combinaciones.

Con las alianzas electorales —que, por cierto, son una cosa muy diferente a las alianzas políticas— sucede lo mismo, algunas de ellas son asociaciones ganadoras, aun cuando la gran mayoría puede convertirse en una extravagante unión que finalmente sólo actúa como lastre —pesada molestia— para los gobernadores emanados de ese tipo de coaliciones

La transición inacabada de México —lo de “inacabado” se explica porque realmente no puede acabarse con aquello que nunca empezó— ha sucumbido a la necesidad de los actuales partidos políticos por eliminar oposiciones, candidaturas y enemigos electorales —sean éstos de cualquier línea ideológica y de cualquier partido— en la búsqueda de ganar, conservar y obtener el poder.

En más de la mitad de las entidades federativas que comprenden a México como país, la transición y la alternancia no han llegado y, por el contrario, el predominio y control se ha mantenido contra viento y marea aun en los peores momentos políticos y electorales del Partido Revolucionario Institucional. La transición y la alternancia no se dan pues parece que el comportamiento electoral de los mexicanos está muy definido a favor de los partidos políticos exitosos y tradicionalmente ganadores en sus respectivas entidades.

Lejos de que en México los procesos de alternancia se lleven a cabo como consecuencia del convencimiento y como resultado de demostrar que hay mejores formas de gobernar, se ha optado por la peligrosa y frágil figura de generar alianzas de tipo electoral para enfrentar al partido en turno o de supremacía.

Candidatos priistas, lanzados por partidos de izquierda que se pavonean y promocionan en eventos de Acción Nacional y bajo el auspicio de otros partidos políticos —mal llamados menores— pero que son de dudoso, cuando no muy sospechoso, origen son parte de las nuevas “figuras” que vemos en el “jardín de las bestias” del panteón político nacional.

LA DIFERENCIA

Las alianzas no son malas o diabólicas por naturaleza. De hecho en todas partes del mundo —más o menos desarrollado que México— las alianzas entre partidos políticos son cosa común y que no extrañan a nadie. Inclusive partidos de muy diferente ideología y de posiciones radicalmente opuestas suelen aliarse y no es una cosa rara, más bien la unión de contrarios es —en una sociedad participativa y activa— una excelente señal de la buena salud que tienen las democracias.

Partidos autonomistas, independentistas hacen alianza con partidos nacionales, de derecha o de izquierda en países de muy prestigiosas democracias, como lo son Francia, España, Holanda e Italia, por señalar sólo algunos casos, pero la enorme diferencia con México no estriba en qué tan desiguales son las ideologías de los partidos que se asocian entre sí, pues hemos visto que pueden ser extremadamente diferentes, sino en el hecho de que, en esas democracias, las alianzas son de tipo político y no electoral.

La importantísima diferencia entre lo que es una alianza electoral y una alianza política es en dónde radica el enorme contraste y la verdadera diferencia en este tipo de situaciones. Una alianza política pretende crear una asociación de partidos, aun de diferente ideología, en pro de un proyecto que, aunque no sea común se pueda traducir en mutuas ventajas, es decir, en la obtención de situaciones positivas para los aliados involucrados. Por ejemplo, el voto que permita gobernar en mayoría a un partido político a cambio del apoyo para ciertas iniciativas impulsadas por el otro.

Las alianzas electorales, en cambio, no tienen esas características, las alianzas electorales están diseñadas para aplastar, inhibir y evitar el triunfo de “un tercero” sin importar nada —o casi nada— la calidad del gobierno que se genere, ni las ideas que se impulsan o los proyectos que se emprendan como resultado de un eventual triunfo electoral. Es, en palabras simples, ganar por ganar sin importar las consecuencias.

En contraste, las alianzas políticas privilegian a los electores y simpatizantes de cada partido político pues todos tienen como evidente las ventajas de dichas asociaciones, aun cuando sólo sean coyunturales. Por otra parte, en las alianzas electorales entre partidos de diferente ideología no están claras las ventajas, se traicionan principios y programas de acción a favor de triunfos electorales que generarán gobiernos que, ni son de coalición, pues en México eso no existe, ni tampoco se sabe qué dirección tendrán una vez que gobiernen.

Hoy en México somos testigos de una bajísima ética y honestidad en todos los partidos políticos registrados —sin excepción— pues todos ellos atienden a un deseo miserable y abyecto por el ejercicio del poder sin importar la opinión —a favor o en contra— que tenga la ciudadanía en relación a esas alianzas.

Existe, no obstante, la paradójica y chocante ventaja de que estas alianzas terminan por acelerar procesos de alternancia forzada , obligando a los gobernadores —emanados de estas alianzas— a sacudirse y desembarazarse de sus partidos promoventes para dejar, al final, a los mismos de siempre, habitando en el jardín del bestiario político mexicano.

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