Las campañas y el Presidente

A dos meses de las elecciones locales de este año, es factible imaginar qué podría pasar el próximo 2 de junio en las seis entidades donde se realizarán comicios. Después del arrollador triunfo de Morena en las elecciones de 2018, la oposición ha dado muestras muy tenues de organización y combatividad en el Congreso de la Unión, al exigir una negociación más abierta en temas relevantes, como fue el caso de la aprobación de la reforma constitucional para crear la Guardia Nacional.

Sin embargo, en materia electoral, prevalecen en los actuales partidos minoritarios las rencillas y divisiones internas, tanto a nivel estatal como nacional, que debilitan las opciones de sus candidatos. Al mismo tiempo, se han empezado a mover las organizaciones que buscan conformar nuevos partidos políticos, que deberían estar en el proceso de estructurar las asambleas y la afiliación de militantes que se requiere para obtener su registro ante el Instituto Nacional Electoral (INE). Ello fragmenta aún más las estrategias de unidad partidista necesarias para competir ante la fortaleza de Morena en las elecciones de 2019.

Mientras tanto, el estilo personal de Andrés Manuel López Obrador ha sido exitoso para mantener en alto su popularidad y seguir haciendo campaña siendo Presidente, al tiempo que centraliza la imagen del gobierno en su persona con la confianza de que sus errores y traspiés pasan desapercibidos ante su electorado. Por más que analistas resalten las contradicciones del discurso presidencial o los riesgos de aplicar una u otra política, o incluso ante el hecho de que las calificadoras anuncien un posible problema en la capacidad de pago de Pemex, lo cierto es que hoy por hoy el partido en el gobierno contiene y centraliza el poder y es el favorito en prácticamente todo el país.

Si a todo ello se suman las encuestas de preferencia electoral, no es extraño que se perciba el ambiente de partido hegemónico que caracterizó al sistema político mexicano en aquellos años ochenta. Entonces teníamos un Presidente fuerte que, a pesar de la inestabilidad económica, la crisis de la deuda y las devaluaciones, podía hacer que su partido se llevara los carros completos en casi todas las elecciones en prácticamente toda la república, aunque existiera una creciente oposición partidista.

Han pasado cuatro meses de gobierno y todo indica que las dos gubernaturas en juego (Baja California y Puebla) serán para Morena. No será extraño que ese partido avance también en estados como Aguascalientes o Durango donde se eligen ayuntamientos y hoy Morena no tiene presidentes municipales; o en entidades como Tamaulipas, donde se elige Congreso local y Morena sólo cuenta hoy con un diputado.

Pero al igual que cualquier partido, enfrentó y enfrentará la competencia interna entre sus militantes, tanto de los fundadores que acompañaron a Andrés Manuel desde 2006, hasta los recién llegados, emigrados muchos del PRD, pero también de otros partidos. Será del mismo modo interesante seguir la actitud del Presidente durante las campañas electorales, para verificar si en efecto, no intervendrá en la vida de su partido, no mandará señales a los electores y mantendrá el verdadero comportamiento democrático e imparcial que tanto reclamó en aquellas ocasiones en las que el PRD, entonces su partido, perdió las elecciones.

Por lo pronto, es evidente que el mapa político seguirá cambiando y las seis entidades que tienen elecciones este año, incluida Quintana Roo, modificarán los equilibrios actuales del poder local. Por su parte, para Morena el triunfo significará incrementar el reto de su consolidación interna como partido político, mientras que el reconocimiento de las derrotas que sufra, sean muchas o pocas, mostrará su capacidad de desarrollar un comportamiento democrático serio. Abril y mayo permitirán observar todos estos fenómenos.

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