Desinformar y gobernar: de la política insustancial al gobierno del ruido y la demagogia

por | Nov 7, 2025 | De Puño y Letra | 0 Comentarios

En México, la desinformación se ha convertido en una herramienta estructural del poder, ya no se necesita censurar, callar o usar la violencia; basta con distraer y polarizar a la sociedad; la saturación informativa, el uso estratégico de noticias falsas y el control del discurso público han reemplazado a la represión tradicional.

Hoy se gobierna con titulares, conferencias matutinas y redes sociales; se hace política desde la narrativa, y no desde la realidad; a primera vista, el flujo constante de información parece signo de transparencia, pero en el fondo es una política de confusión,

Los mensajes oficialistas de los gobiernos en turno dan cifras parciales, para fabricar polémica, justificando la versión gubernamental con otros datos; además de desinformar, se ocupan para tapar los temas que realmente afectan la vida cotidiana de la población, una estrategia nada nueva, pero muy recurrente hoy día… las llamadas cortinas de humo.

El ruido sustituye a la gestión, y la opinión pública se convierte en una cortina de humo permanente, legitimada por los estudios demoscópicos a modo y los niveles de aprobación social, el ejemplo más claro de esto se encuentra en el ámbito federal.

Foto: Conferencia de prensa / Presidencia de la República.

Cada mañana, las conferencias presidenciales marcan la agenda pública nacional, con temas urgentes como el desabasto de medicamentos, la inseguridad, los bajos resultados educativos se diluyen en debates sobre símbolos nacionales, disputas mediáticas o señalamientos a adversarios políticos por sus posturas fuera del alcance nacional.

En lugar de atender la crisis de salud, la seguridad, la educación, la violencia, los aumentos aprobados de forma unánime para diputados, se discute si hay campañas en contra del gobierno; ante los reportes de violencia, se habla del humanismo mexicano; frente a las auditorías que señalan irregularidades, se cuestiona a los organismos autónomos, durante la pandemia, por ejemplo, mientras hospitales denunciaban carencias y las cifras de mortalidad crecían, buena parte del discurso público se centró en si usar cubrebocas era un acto político, de sanidad o de supervivencia.

Más recientemente, ante los informes de incremento de homicidios dolosos y desapariciones, el gobierno ha optado por mostrar videos de obras emblemáticas —el Tren Maya, la refinería Dos Bocas, el AIFA—, desplazando el debate de la seguridad hacia el del progreso nacional, cuyo crecimiento es menor al 3%.

La narrativa funciona: se crean héroes y enemigos, se polariza la opinión, y lo verdaderamente urgente se convierte en ruido y no importante.

En varios estados, la desinformación adopta formas locales, en los estatales se presentan récords históricos en inversión, empleo o turismo, sin fuentes verificables o con datos manipulados, los informes anuales se convierten en espectáculos mediáticos con frases triunfalistas, mientras las carencias estructurales permanecen intactas, por ejemplo en el Estado de México, mientras municipios enteros carecen de agua potable y los índices de pobreza se mantienen estancados, y la violencia aumenta, los gobiernos estatales han promovido campañas de reconstrucción del orgullo mexiquense.

En Guerrero, ante el aumento de feminicidios y desplazamientos forzados, la narrativa oficial se centra en festivales culturales y giras comunitarias. En Veracruz y Chiapas, la información sobre violencia política y agresiones a periodistas es minimizada o reemplazada con anuncios de seguridad coordinada.

El patrón es claro: los gobiernos estatales generan una burbuja de optimismo que invisibiliza los problemas estructurales, el boletín y la prognosis hace tiempo remplazaron al diagnóstico y la estadística de percepción sustituye al contexto y las problemáticas. A nivel municipal, la desinformación se está disfrazando de cercanía con la gente.

Los alcaldes se vuelven figuras mediáticas y del espectáculo, que inauguran parques, entregan despensas o publican videos de TikTok, mientras los servicios públicos —agua, transporte, seguridad, recolección de basura, abastecimiento de alimentas— se deterioran.

En Toluca, por ejemplo, los anuncios de inversión en alumbrado inteligente y obras viales contrastan con la falta de mantenimiento de colonias y la creciente inseguridad, en Metepec se gobierno desde la farándula y el espectáculo. En municipios del norte de México, los gobiernos locales promueven obras sustentables o puentes inteligentes con costos millonarios que después quedan abandonados o sin uso (los llamados elefantes blancos).

El mensaje es simple: se construye una narrativa de progreso que no corresponde con la realidad, pero que llena los espacios mediáticos y otorga capital político a partir de la influencia. Este fenómeno, no sería posible sin la complicidad de ciertos medios y el uso de redes sociales como amplificadores. Muchos medios locales dependen de convenios publicitarios con los gobiernos, por lo que reproducen los boletines oficiales sin contrastar la información. Las redes, por su parte, sirven como campo de batalla: se colocan temas, se lanzan tendencias, se crean etiquetas para opacar las denuncias ciudadanas.

El escándalo de un funcionario corrupto es reemplazado al día siguiente por una polémica sobre lenguaje inclusivo y violencia de género, y los casos de desvío de recursos se diluyen entre los trending topics del día.

El resultado de esta estrategia es una ciudadanía que vive desinformada, no comprendida, saturada de versiones; el ciudadano ya no distingue entre realidad, propaganda y desinformación. La confusión genera apatía, y se fortalece al régimen y sus prácticas autoritarias.

La desinformación, en este sentido, no solo es un error comunicativo, es una forma de control político, mantener a la sociedad distraída garantiza la continuidad y rotación de cargos para quienes ocupan los puestos de elección, quien no puede distinguir la verdad, tampoco puede exigir justicia.

En México, la desinformación no es un accidente del sistema democrático, sino uno de los mecanismos de las viejas prácticas autoritarias que aún persisten en el país, se usa para administrar el conflicto, ocultar la corrupción y posponer la rendición de cuentas.


Mientras el ruido sea política, la verdad será subversiva, castigada, por ejemplo el sábado 1 de noviembre de 2025, en pleno Festival de las Velas en Uruapan, el alcalde Carlos Manzo fue asesinado mientras asistía a un acto público.

Manzo se había declarado abiertamente crítico del crimen organizado, había denunciado la ausencia de respaldo federal y estatal, había dicho: “No quiero ser sólo otro alcalde ejecutado”, de los varios que van en el gobierno -hace unos meses compartí una reflexión al respecto-.

La cobertura internacional lo reflejó como una señal de grave riesgo para la GOBERNABILIDAD en México, convirtiéndose en tema de agenda, ya que van mas de 9 asesinatos de alcaldes en lo que va del año; al mismo tiempo, en la capital del país, un video que circuló de la presidenta Sheinbaum siendo acosada callejeramente (o al menos en apariencia) se volvió viral: un sujeto se le acercó, la tocó indebidamente, y rápidamente surgieron versiones que lo ubicaban como parte de su equipo de trabajo.

Lo curioso: justo cuando el foco nacional estaba en el magnicidio de Uruapan —tema que refleja la violencia, y colusión institucional— el incidente del acoso generó una cobertura mediática que, para muchos, actuó como distractor, una cortina de humo que desplazó momentáneamente la agenda hacia otro tema.

¿Por qué se convierte en cortina de humo?

  • El ruido mediático reemplaza la agenda profunda. Mientras los titulares —nacionales e internacionales— se centraban en cómo un municipio, con un alcalde independiente que enfrentaba al crimen, fue víctima de un magnicidio, de pronto el foco mutó hacia la imagen de la Presidencia en el centro-histórico, con debates sobre “¿es real el acoso?” o “¿es montaje político?” Este cambio de foco permite que las investigaciones sobre la ejecución del alcalde queden en segundo plano.
  • Desplazar la conversación sobre corrupción, crimen e instituciones. El asesinato de Carlos Manzo no es solo un crimen individual: es un síntoma del colapso del régimen municipal, del estado de derecho frágil en Michoacán y en todo el país, de la inexistencia de protección eficaz para autoridades que denuncian al crimen, mientras el incidente del acoso permite al poder público o al menos al sistema mediático oficial hablar de género, de acoso, de protección de la mujer en política, profundizar en una agenda que se viene trabajando desde el inicio de la gestión, en lugar de entrar al tema de la seguridad institucional, las redes criminales, la responsabilidad política en Michoacán.
  • La manipulación de símbolos para legitimar o deslegitimar. Cuando un miembro del equipo de la presidenta aparece señalado como presunto implicado en los hechos, o cuando se habla de que alguien del entorno lo hizo, se abre una doble narrativa: por un lado, miren cómo protegemos a la mujer en el más alto cargo del país, y por otro, miren los problemas que tenemos en mi entorno. No niego que sea un tema por atender, lo que expreso es que si en realidad es un montaje, funciona como distracción de crisis mayores y como una forma autoritaria de hacer política.

¿Qué implicaciones tiene esto para la democracia y el régimen mexicano?

Un régimen verdaderamente democrático se mide por la calidad de sus instituciones, el cumplimiento de derechos y la capacidad de los ciudadanos de participar en un ambiente de justicia.

Aquí se ve lo contrario: violencia política, impunidad, manipulación de agendas y la ciudadanía como espectadora de la tragedia.

  • El hecho de que un alcalde pueda ser asesinado en plena celebración pública muestra que la democracia local está en estado crítico: no basta con elecciones, hay que proteger la vida, la libertad, la institución y los derechos.
  • El uso de un incidente de acoso como distractor revela que el sistema prioriza la imagen sobre lo sustancial; el relato sobre la acción; el espectáculo sobre la política real.
  • Cuando el ruido mediático suplanta la rendición de cuentas, la transparencia y la justicia, la democracia se vacía y el régimen se convierte en simulación.

El asesinato de Carlos Manzo es una alarma sobre lo que sucede cuando el Estado no puede proteger ni sus representantes, el incidente del acoso, justo en ese momento, exhibe cómo la política puede girar hacia la distracción cuando lo importante amenaza a la estabilidad del gobierno en turno.

En una democracia auténtica, los ciudadanos exigen respuestas para el crimen, para la impunidad, para la institucionalidad; no solo cobertura para la noticia, cuando el sistema decide gobernar a través del ruido y la cortina de humo, en lugar de la verdad y el servicio, la democracia deja de emitir vida y comienza la muerte del régimen.

La tarea pendiente no es solo exigir transparencia, sino reconstruir la confianza y la capacidad crítica de la ciudadanía, la democracia no se defiende desde el discurso oficial, sino desde la conciencia informada.

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Ricardo Escutia

Especialista en Desarrollo Municipal, ponente en seminarios, coloquios y congresos nacionales e internacionales, interesado en políticas públicas, especialmente en áreas de seguridad púiblica, juventud, desarrollo, programas sociales y obra pública.

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