Una de las variables más importantes de un sistema político, es la cultura, la cual está sujeta a la educación y la moral, en México, esto depende del avance académico, sin embargo, la cultura que comienza a construirse en nombre de la inclusión, la vulnerabilidad o la permanencia escolar, es crítica.
Cada vez son más frecuentes las medidas que reducen la exigencia: estudiantes que avanzan de grado sin dominar conocimientos básicos, se disminuyen mecanismos de evaluación, rigurosidad, irrelevancia de la asistencia y procesos donde aprobar es más importante que aprender.
La intención puede ser positiva, evitar la deserción y ampliar oportunidades, sin embargo, cuando la acreditación sustituye al conocimiento, el sistema deja de formar capacidades, para administrar meras estadísticas, que dejan bien el panorama en el papel aunque en la realidad sea lo contrario; la educación no solo transmite contenidos; inculca valores, si las instituciones envían el mensaje de que el esfuerzo, la disciplina y la responsabilidad tienen poca relevancia para alcanzar resultados, y terminan formando ciudadanos que reproducen esa lógica en otros espacios como en las grandes industrias, en la política, en las PyMes, en la familia.

Fotos: SEP.
Autores como Max Weber señalaron que las sociedades modernas se desarrollan a partir de la profesionalización, la disciplina y el mérito, por su parte, Bourdieu mostró que las desigualdades sociales generan ventajas de origen, pero reconocer esas desigualdades no implica eliminar la exigencia, sino generar condiciones para que más personas puedan alcanzarla, asimismo, Cipolla explica que las sociedades progresan cuando los niveles educativos y de pensamiento crítico aumentan, ya que son sociedades que con análisis y acción, implementan mecanismos para desincentivar la corrupción, pleitesía y el beneficio de elites.
El problema aparece cuando la solución consiste en bajar el estándar de productividad, para todos, los resultados educativos muestran señales preocupantes. Las evaluaciones PISA han colocado sistemáticamente a México por debajo del promedio de la OCDE en lectura, matemáticas y ciencias. Millones de estudiantes concluyen niveles educativos sin desarrollar plenamente habilidades fundamentales para el trabajo, la ciudadanía y la participación social.

La consecuencia va más allá de las aulas, por ejemplo, en el Índice Global de Productividad Laboral de la Economía (cuanta riqueza produce cada mexicano en relación al PIB y las horas de trabajo) es de 4.1 por ciento, lo que deja al país en el último lugar de los miembros de la OCDE, esto se traduce en un crecimiento o mejora económica del 0.1 por ciento, casi nada, a pesar de ser uno de los países con mayor carga horaria laboral en el mundo y el líder en Latinoamérica.
Cuando el mérito deja de ser el criterio principal para acceder a oportunidades o derechos, otros factores ocupan su lugar: el parentesco, la amistad, la cercanía política, la capacidad económica, la institución de procedencia, estas medidas fortalecen prácticas como el nepotismo, el clientelismo y la simulación institucional.

Si vemos esto en los gobiernos y dependencias públicas, los espacios terminan ocupados por personas cuya principal credencial no es la capacidad técnica, sino su cercanía con quien ejerce el poder, y el resultado suele ser el mismo: administraciones improvisadas, corrupción, falta de transparencia, burocracia excesiva, escasa rendición de cuentas y baja capacidad para resolver problemas
.Cuando la capacidad técnica disminuye, aumenta la dependencia de discursos, ideologías y narrativas que buscan justificar el fracaso institucional o disfrazarlo, los resultados son sustituidos por propaganda; advertía Guillermo O’Donnell, las democracias pueden mantener elecciones periódicas y al mismo tiempo sufrir un profundo deterioro institucional, cuando la lealtad vale más que la preparación, las instituciones dejan de responder a la ciudadanía para hacerlo al que ocupa el CARGO más alto y responder a sus intereses o a grupos arriba de.
La solución no consiste en abandonar la inclusión, sino en combinarla con responsabilidad y exigencia; una verdadera política educativa o de cualquier índole debe garantizar oportunidades para todas las personas, pero también recuperar el valor del esfuerzo, la responsabilidad, la evaluación, el aprendizaje, el resultado, una sociedad que deja de premiar el mérito no elimina las desigualdades; lo sustituyen por privilegios, y cuando estos -los privilegios- debilitan la democracia, la corrupción, la simulación, el autoritarismo, se fortalecen.
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