La densificación urbana: elemento del modelo de ciudad compacta para las ciudades mexicanas

Por Desarrollo Urbano e Industria Sustentable – GIZ

Si no se piensa en la ciudad en su conjunto se pueden generar efectos adversos no contemplados. Es el caso de la gentrificación, la saturación de equipamientos e infraestructura o la degradación social.

Desde hace algunos años en México se han buscado distintos mecanismos para promover la ciudad compacta, sobre todo a través de la densificación. Con la intención de transitar hacia un modelo urbano más sustentable ha habido esfuerzos importantes que nos permiten contar con estudios, guías y mecanismos para frenar el crecimiento expansivo de las ciudades mexicanas.

Esto se debe a la toma de conciencia de la manera poco eficiente en que han crecido las ciudades mexicanas. De acuerdo con el documento de La expansión de las ciudades 1980-2010 publicado por SEDESOL en 2012 en el periodo de análisis las 135 ciudades analizadas crecieron más en extensión que en población. Es decir que, cada vez ocupan una superficie mayor para albergar menos personas.

“En términos generales, la población en las zonas urbanas de México se ha duplicado en los últimos treinta años, mientras que la extensión de las manchas urbanas ha crecido en promedio 10 veces. En algunas ciudades esas cifras han alcanzado niveles preocupantes, en tanto que el área urbana ha tenido un incremento de 25 veces; la población ha crecido únicamente 3.3 veces.” [1]

A esto se suma el número de viviendas deshabitadas que, más allá de las discusiones en torno a qué se mide como tal, da cuenta de que al mismo tiempo que existe una demanda de vivienda no atendida, las ciudades mexicanas cuentan con viviendas desocupadas, ya sea porque funcionan como segunda residencia, porque forman parte del parque habitacional de renta o porque están abandonadas, el hecho es que existe una ocupación que no es del todo eficiente.

Frente a esta realidad, y considerando que se estima que las ciudades concentren cada vez un mayor porcentaje de la población nacional, surge la necesidad de promover un modelo de ciudad más compacta para las ciudades mexicanas, que haga un uso más eficiente del territorio.

Contener la expansión urbana tiene múltiples beneficios, directos e indirectos.

Lo primero es que nos permite conservar las áreas naturales de la periferia y los servicios ecosistémicos que estos dan a las ciudades (como regulación de temperatura, calidad del aire, captura de carbono) lo que contribuye a mantener correcto funcionamiento y evitar un incremento de los riesgos sobre todo consideran los escenarios futuros ante el cambio climático, será clave conservar. Es el caso de zonas de alta infiltración o con pendientes pronunciadas que la vegetación

En segundo lugar, es un elemento clave para reducir las emisiones de GEI y poder cumplir con los compromisos adoptados por México en su Contribución Nacionalmente Determinada (CND).

De acuerdo con los cálculos del IPCC (panel intergubernamental de expertos en cambio climático, por sus siglas en inglés) las ciudades son responsables de cerca del 70% de las emisiones de GEI generadas. Estas emisiones se deben en buena parte a las emisiones que se derivan de la circulación de los vehículos.

En este sentido, una ciudad con menor extensión tiene un impacto directo en una disminución de los kilómetros recorridos por vehículo. Esto, aunado a que una mayor concentración de población hace más viable la inversión en transporte público masivo, contribuye a que se reduzcan las emisiones asociadas al transporte, lo que impacta también en la calidad del aire.

Finalmente, se promueve un uso eficiente de los recursos, puesto que una ciudad con menor extensión requiere menos inversión en la construcción y mantenimiento de infraestructura (vialidades, alumbrado público, etc.).

Los riesgos de la densidad

A pesar de las ventajas que la densificación puede traer consigo es importante reconocer que no cualquier acción de densificación se puede considerar como sustentable. Si no se piensa en la ciudad en su conjunto se pueden generar efectos adversos no contemplados. Es el caso de la gentrificación, la saturación de equipamientos e infraestructura o la degradación social.

Es muy común que las inversiones para la regeneración y densificación, lleven a un incremento en el valor de suelo. Esto lleva a que ciertos sectores de la población original ya no puedan acceder a estas zonas. Si no se considera este efecto lo que puede suceder es que la población expulsada busque áreas con precios más accesibles, que suelen estar en la periferia de la ciudad.

Esto puede ocasionar que algunos proyectos de densificación en lugar de contener el crecimiento de la expansión generen no solo un incremento en la renta y especulación inmobiliaria, sino que abonan al crecimiento de la mancha urbana.

Por esto el énfasis de la política pública debe estar en promover modelos de ciudad compacta no sólo en la densificación. La densidad es un medio para contener la expansión urbana ineficiente, pero no es el fin.

Otro tema a considerar es que, mientras que una ciudad menos extensa tiene un impacto directo en la reducción de las distancias recorridas, su relación con la reducción los tiempos de traslados no siempre se da, esto solo se logra que si se garantiza que la densidad no sature las vialidades.

Los proyectos de densificación no deberían concebirse desvinculados de las políticas, programas y proyectos de movilidad urbana.

Del mismo modo, una densidad que rebase la capacidad de otras infraestructuras, los equipamientos o los recursos naturales (p.ej. el abasto de agua) puede generar más problemas que beneficios.

Compacidad, densidad y sustentabilidad

Precisamente por eso, el primer paso para cualquier proyecto de densificación debería ser un análisis de la capacidad de la ciudad para garantizar la dotación de agua y energía. Posteriormente identificar la capacidad actual de los equipamientos e infraestructura (vialidades, drenaje) y de los servicios (p.ej. recolección de basura)

Esto permite definir la densidad óptima para la ciudad, y para cada sector de la ciudad. Identificando un rango de la densidad máxima y la densidad mínima. Así como los proyectos complementarios que deben realizarse y los requisitos que deberán incluirse en la regulación de los polígonos a densificar.

Así por ejemplo, en el caso de que exista riesgo de sobrepasar los límites de los acuíferos que abastecen la ciudad podría considerarse incluir como requisito a los desarrollos que integren estrategias de captación de agua pluvial o de tratamiento y reuso de las aguas residuales.

En resumen, cuando hablamos de ciudad compacta nos referimos a un modelo urbano que va más allá del concepto de densificación. Es verdad que dicho modelo promueve una densidad óptima (y que dependerá de las condiciones específicas de cada ciudad) pero además considera una distribución de los usos de suelo que permita la proximidad de usos complementarios y que busca un balance en el porcentaje de suelo edificado, vialidades y espacios verdes.

Una ciudad compacta, con una visión integral que promueva la conectividad, la integración de la comunidad, una escala barrial de proximidad, espacios verdes, podrá a su vez atender distintos retos y desafíos, como promover la salud, seguridad, la resiliencia, la cohesión social y la habitabilidad; solo así podremos hablar de un modelo de ciudad que se encamina hacia la sustentabilidad.

[1] SEDESOL, 2012. La expansión de las ciudades 1980-2010

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