Macbeth y el sargazo

por | Nov 5, 2026 | De Puño y Letra | 0 Comentarios

Por Alfredo Trujillo Betanzos. *

El Macbeth de Shakespeare escucha una advertencia que recibe como garantía de seguridad. Una aparición le anuncia que no será vencido hasta que el bosque de Birnam avance hacia Dunsinane. Macbeth desdeña la amenaza: ¿Quién podría arrancar árboles y hacer caminar un bosque? Lo que él no puede imaginar le parece imposible.

Sin embargo, el bosque sí avanza. Los soldados enemigos cortan ramas y las llevan delante de sí para ocultar su número. La profecía se cumple de una manera impensable. Su confianza se basaba en los límites de su imaginación, no en los de la realidad.

Algo semejante ocurre cuando observamos las masas de sargazo que llegan a nuestras costas. Ese bosque flotante amenaza nuestro territorio. Frente a él, hemos tardado en reconocer que una perturbación ambiental puede convertirse en un serio problema nacional.

Foto: Gobierno de Quintana Roo.

El sargazo forma parte de los ecosistemas marinos. El problema aparece cuando arriba en cantidades extraordinarias y se acumula en la costa, lo que ha ocurrido por más de una década.

Sería injusto desconocer los esfuerzos por contenerlo. Pero la persistencia de las arribazones masivas muestra la insuficiencia de esos esfuerzos. Retirar el sargazo de una playa es indispensable; dejar que cada temporada nos encuentre en la misma batalla muestra cuánto nos falta por hacer.

Su descomposición deteriora la calidad del agua y perjudica el atractivo de los destinos. La playa pierde visitantes y las familias que dependen del turismo ven amenazada su fuente de trabajo. El daño ecológico repercute en la economía local.

En Pensar rápido, pensar despacio, Daniel Kahneman distingue dos modos de pensamiento: uno intuitivo y automático, y otro deliberado, que exige atención y esfuerzo. La distinción ayuda a examinar cómo respondemos al sargazo. Una playa cubierta de algas provoca una reacción inmediata: limpiarla. Hemos pensado rápido. Ahora debemos empezar a pensar despacio. Esto exige medir daños, buscar alternativas y evaluar soluciones más allá de una temporada turística.

En 1987, el informe Brundtland, Nuestro futuro común, definió el desarrollo sostenible como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las propias. Solemos recordar la segunda parte de esa definición y dejar en segundo plano la primera.

El sargazo nos obliga a recuperar su sentido completo. Cuidar el porvenir supone actuar sobre las condiciones que hoy permiten vivir y trabajar. La sostenibilidad se juega también en el salario de un empleado, en la viabilidad de una pequeña empresa y en los recursos públicos destinados a atender una crisis recurrente.

Hay bases para intentarlo. Investigadores de la UNAM han desarrollado Sargapanel, un material de construcción elaborado con yeso y sargazo. También existen investigaciones sobre biocombustibles y extracción de alginatos. Son rutas de aprovechamiento que merecen ser evaluadas.

La colaboración entre gobierno e iniciativa privada es fundamental, compartiendo responsabilidades y beneficios, y evaluando tanto los ingresos obtenidos como los daños ambientales y económicos que se logren evitar. Necesitamos imaginación para convertir el conocimiento disponible en soluciones que puedan funcionar. También necesitamos aceptar que la coordinación entre gobierno e iniciativa privada exige objetivos, responsabilidades y evaluación. El bosque ya se mueve; nuestra respuesta debe avanzar con él. De lo contrario, podríamos terminar contemplando la pérdida de nuestro reino turístico con el cansancio de Macbeth ante la derrota inminente: “Empiezo a cansarme del sol y quisiera que el orden del mundo se deshiciera”.

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