Hace unos días participé en un foro de debate en el que se planteaba una propuesta tan provocadora como preocupante: reducir la edad para votar a 16 años. Aunque a primera vista puede parecer un avance democrático, no necesariamente lo es, especialmente en contextos donde el régimen democrático es frágil y donde las condiciones estructurales son de vulnerabilidad como en el caso mexicano.
Para explicar esto, al menos desde mi perspectiva, debo aclarar tres supuestos:
- La ciudadanía como prerrequisito.
El voto es un derecho, pero también una responsabilidad que exige madurez cívica, formación y condiciones para ejercerlo con conciencia, como bien lo señalan autores como Przeworski (1998) la ciudadanía no es solo el reconocimiento formal de una nacionalidad, sino la capacidad activa de cumplir responsabilidades, ejercer derechos, participar en la toma de decisiones y ser reconocido por las instituciones como un actor pleno de la vida política. En un Estado democrático, esa ciudadanía requiere dos bases:
- Para las personas: educación, formación cívica, conciencia política y medios suficientes para valerse por sí mismas.
- Para el Estado: instituciones sólidas, protección de derechos y provisión de condiciones materiales que garanticen una vida digna.
Estos requisitos implican una toma de decisiones informada, responsabilidad sobre las acciones personales y de la comunidad, así como una interacción entre estado y sujetos a través de derechos y obligaciones instituidos en la constitución y las normas derivadas.

Foto: Archivo.
Cuando esas condiciones no se cumplen, hablar de ampliar el voto a sectores más jóvenes se convierte en un gesto simbólico que abre el paso a la manipulación, y desinformación.
- La democracia como régimen vulnerable
La tradición filosófica ya advertía de los riesgos: Platón y Aristóteles consideraban a la democracia como un régimen inestable, presa de la demagogia y de la manipulación de las masas -populismo-. Con el tiempo, lo que se conoce como democracia liberal se consolidó como un mecanismo que otorgaba derechos, pensando en que cada persona se pueda valer por sí mismo en sociedad y sea responsable de sus acciones, pero sólo es funcional si está acompañada de cultura política, educación ciudadana y Estado de derecho sólido. En democracias débiles, como la mexicana, donde prevalecen autoritarismos, desigualdad, populismo y corrupción, ampliar el voto puede terminar como un instrumento de manipulación, más que de empoderamiento infantil y juvenil.
- Las vulnerabilidades del régimen y la desigualdad social
La ciudadanía plena requiere autonomía personal, sin embargo, cuando existen grandes desigualdades —por clase, género, etnia, edad, nivel educativo o condición económica—, millones de personas carecen del tiempo, el interés o la capacidad para involucrarse en lo público.
Quien lucha por resolver su día a día, conseguir alimento, un empleo o un ingreso mínimo, que no se empareja con la canasta básica, como en México; difícilmente puede ejercer un voto libre, suficientemente informado y sobre todo consciente. En este contexto, ¿qué garantías habría de que los jóvenes de 16 años o menos, muchos de ellos aún en proceso de formación y en condiciones de dependencia, no se conviertan en objeto de manipulación política? ¿si es complejo para los adultos, será igual de complejo o más, que los jóvenes e infantes respondan a las consecuencias de su voto?
Análisis
Considerando estos supuestos, reducir la edad del voto en un régimen democrático con vulnerabilidades estructurales, justificándolo por el hecho de que trabajan -sea por voluntad, falta de acceso a oportunidades educativas, necesidad económica o por proyecto de vida-, o que pueden cambiar la realidad, no fortalece la democracia, la debilita; sin importar la edad, el voto sin ciudadanía plena es un mero número en las urnas, y el número sin conciencia cívica es terreno fértil para la manipulación, la simulación, la demagogia y la corrupción.
La verdadera tarea del Estado no es ampliar la edad de participación, sino garantizar que cada ciudadano, sea joven o adulto, pueda ejercer su derecho desde la libertad, la educación, la igualdad y la dignidad; para esto se requiere de información, sentido crítico, y conciencia de los actos y consecuencias, solo entonces la democracia será algo más que un ritual electoral: será un régimen capaz de generar bienestar y futuro.
A primera vista, reducir la edad del voto puede parecer una medida progresista: incorporar a los jóvenes e incluso a los infantes en el proceso democrático suena a inclusión, a participación ampliada y a reconocimiento de nuevas voces. Sin embargo, cuando se analizan con detenimiento las condiciones reales de nuestras democracias -por mencionar los estados y municipios-, al margen de grupos y élites, con desigualdades estructurales, con marco legal frágil, amplios niveles de corrupción, opacidad e ineficiencia, la propuesta no es un avance, sino un riesgo profundo, no, porque no deban participar o carezcan de voz, sino por la falta de conciencia ciudadana, de responsabilidad ante las consecuencias y de visión sobre su futuro, aclaro:
- Falta de conciencia ciudadana: La ciudadanía no se agota en tener un acta de nacimiento o una credencial para votar; es un proceso que requiere madurez, comprensión del entorno social, capacidad crítica para diferenciar entre propuestas, discursos y realidades, pero sobre todo para ejercer responsabilidades; en sociedades donde la educación cívica es débil y donde el acceso a la información está contaminado por la propaganda y la polarización, ampliar el voto a quienes aún no han desarrollado esa conciencia política convierte a los jóvenes en blanco fácil de la manipulación, la desinformación y la cooptación.
- Ausencia de responsabilidad ante consecuencias: Votar no es un acto aislado, es decidir el rumbo de la comunidad y asumir las consecuencias de esa decisión, en sectores donde la responsabilidad sobre la vida propia aún no es plena —porque se depende de la familia, del Estado, de tutores, o donde aún se carece de un proyecto de vida —, la capacidad de evaluar las implicaciones de un voto se diluye, esto convierte al voto en un mero gesto simbólico, pero vacío de contenido democrático real, es simulación y clientelismo.
- Visión limitada sobre el futuro: La democracia se proyecta hacia adelante, busca construir horizontes de desarrollo colectivo, donde los sujetos ejerzan una actividad con la que sirvan a su sociedad, mejorándose constantemente; para ello, se requiere una ciudadanía capaz de pensar más allá del corto plazo y de lo individual, los jóvenes, especialmente en edades tempranas, aún no han alcanzado esa visión amplia del porvenir y suelen estar expuestos a la influencia de quienes sí detentan poder político, económico, de quienes ejercen influencia y modas. En este escenario, el voto juvenil o infantil corre el riesgo de ser instrumentalizado para reforzar proyectos de poder, no para ampliar la calidad de la democracia y en consecuencia la calidad de vida de la gente que en ella vive.
Lo que si sucede con esta población, es decir, de 14 a 18 años, son grandes problemáticas:
- El 51% de los niños, niñas y adolescentes en México viven en pobreza, que afecta especialmente a la población indígena
- Tres de cada diez adolescentes de 15 a 17 años se encuentran fuera de la escuela, por falta de un ingreso familiar suficiente
- El suicidio es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años, 4 por cada 100, afectando especialmente a hombres
- Cada año nacen aproximadamente 340,000 bebés, de madres menores de 19 años
- Aproximadamente 1 de cada 16 adolescentes entre 12 y 17 años en México consume drogas
- 7 de cada 10 jóvenes de 15 a 19 años que trabajan, lo hacen en condiciones de informalidad, por lo que viven en la precariedad laboral, con salarios bajos, esfuerzos extenuantes, jornadas largas, sin seguridad laboral ni de salud
En este escenario México es un país vulnerable, donde la población juvenil corre los más amplios riesgos por falta de guía y de políticas que cobijen al sector, superando a los países miembros de la OCDE.
Aunque reducir la edad del voto parezca un gesto incluyente, en contextos donde la democracia es frágil y la educación cívica insuficiente, esta medida se vuelve perniciosa: no fortalece la ciudadanía, la debilita; no amplía derechos, amplía la manipulación; no proyecta el futuro ni mejora la democracia, la condiciona a los intereses inmediatos de quienes buscan perpetuar su poder.
La democracia necesita jóvenes participando, sí, pero participando de manera crítica, consciente, responsable, no solo sumando números a una urna que, en lugar de reflejar libertad, termine reflejando control.
No obstante, esto no significa que los jóvenes y los infantes deban permanecer al margen de la vida pública. Es necesario abrir canales de participación adaptados a su edad y capacidades, encuestas, sondeos, consultas populares y espacios de expresión pueden permitirles comunicar sus necesidades, aspiraciones, problemáticas y propuestas de solución, sin exponerlos a decisiones que exceden su capacidad de juicio.
Estas contribuciones, correctamente canalizadas, pueden y deben alimentar el diseño de políticas públicas, la creación de espacios públicos y la generación de oportunidades concretas para su desarrollo, ahora bien, algunas de estas medidas ya se hacen desde los 90´s, en forma intermitente, sin embargo no se ocupan como instrumentos para la elaboración de políticas públicas.
La voz de los jóvenes no es solo legítima, sino estratégica: reconocer sus perspectivas permite planificar la educación, la cultura, la recreación, la salud, el deporte y la participación ciudadana de manera que fortalezca la democracia desde la base.
Todos hemos pasado por esa edad, sabemos lo que significa vivir la incertidumbre, depender de otros, y al mismo tiempo soñar y proyectar ideas propias; por eso, no se trata de negarles la participación, sino de proteger su integridad, orientando y aprovechando como insumo lo que viven, para la toma de decisiones responsables, en lugar de convertirla en un mecanismo de manipulación política.
Así, la democracia se fortalece: los jóvenes participan, aprenden y se preparan para ejercer plenamente sus derechos cuando llegue el momento, y el régimen construye ciudadanía real, sólida y consciente, capaz de transformar la libertad formal en bienestar tangible. “Incluir sin manipular, escuchar sin exponer: así se debe preparar la democracia de hoy y del mañana”.
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